domingo, 12 de julio de 2009

De a poco

La paranoia empezó, de a poco, a ceder paso al sentido común. Prueba de ello es que hoy hubo dos personas de Tucumán en el hostel, y dos muchachas llamaron pidiendo reservas.
La parejita de tucumanos era tranquila, desayunaron sin prisas y se fueron a visitar a unos familiares, dejando el equipaje en la cochera (el equipaje lo pueden dejar sin costo).
El mcuhacho era tranquilo al punto que tuve que mirar si todavía estaba sentado a la mesa donde tomaban el desayuno (dicho mueble está a cinco metros, sin obstáculos pra la vista). Se quedó muy quieto por más de medio minuto, y entonces volvió a moverse, como si se acordase que podía. Me dio la impresión de un cura novato, de ésos que creen que la iglesia es tan santa como quieren hacernos creer. Me cayó simpático de entrada, aunque sólo intercambiamos diez palabras.
La muchacha, en cambio, sonreía más (además de ser más de veinte centímetros más baja que su pareja) y parecía tener algo de artista. Pidió que le hiciese la factura a su nombre y salieron poco después.
Limpié y preparé la habitación, repasé la cocina y el comedor, y entonces esperé.
Pasaron horas y horas, pasó mi almuerzo, pasé la escoba por el patio (justo cuando barría la última hojita un viento traidor dejó caer las hojas de ficus que faltaban, así que barrí de nuevo), y pasó el gato del hostel.
Este gato, si bien no es "oficialmente" del hostel, se ha pasado varias veces por la puerta ventanal que da al solar, a la parrilla y al patio trasero. La primera vez que lo ví me gustó, por lo que siempre que aparece le doy pan o lo que tenga a mano (hoy, además, se comió unas tostadas) No hay ni rastros de collar, y con ver su pelaje se nota que es un gato de la calle. A veces se pasea frente a la puerta ventanal, del lado de afuera, mientras estoy en la PC, y le doy algo de comida.
Hoy me dio un susto. Acababa de barrer por segunda vez las hojas del ficus y del gomero, cuando escucho unos ladridos y un maullido, seguido de una conmoción que hace caer hojas del gomero y mueve varias ramas. Al salir, escoba en mano, veo al gato subido al gomero, a diez metros de altura. Por supuesto, no me respondió que hacía por ahí, pero al verlo sano y salvo me alivié.
Al volver a entrar sonó el teléfono, pero no el fijo, sino el celular. Y no era una llamada, sino un mensaje: unas chicas de Formosa se vienen a la tarde. Después llamó otra muchacha diciendo que iba a quedarse un buen tiempo, y que tenía un trato especial con Silvia. Le dije que ella no estaba, y como no quiso dejar un mensaje, le sugerí que la llamase a su celular, después de las cinco.
De a poco, de a poco, la vida continúa.

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