domingo, 28 de febrero de 2010

Comité de despedida

Hoy el Hostel rebosaba de extranjeros.
Una pareja de australianos, un inglés, dos chicas uruguayas, una chica francesa y una pareja de paraguayos se mezclaban en la mesa del desayuno, junto con las cinco personas argentinas que se habían levantado para desayunar. Amé estar entre tanta gente distinta, entre tantos acentos e idiomas dispares, sintiendo que todos se dedicaban en armonía a la noble rutina de desayunar. Fue una lástima que todos se fuesen después a pasear, o a dormir a sus habitaciones (entre ellos, una pareja argentina con su hijo chiquito) ya que quería disfrutar el escucharlos unos momentos más.
Durante todos estos meses, he estado disfrutando de un trabajo que me gusta, no sólo por el ambiente y las tareas que realizo, sino por le gente (inquilinos y compañeras de trabajo) al punto de cobrar menos que una doméstica y levantarme un domingo a la mañana (pese a que los cristianos dicen que hay que matar a quien trabaja en domingo). Pero mi prioridad ahora es la facultad, y empiezo el mes que viene. Me hubiese gustado muchísimo seguir en el Hostel dle Río, pero mi título va primero. Y quiero uno para poder tener un trabajo para poder vivir.
Le dije a Silvia, hace una semana, que no podía venir más a trabajar. Le propuse a una amiga que buscaba un trabajo, y al parecer se cayeron bien la una a la otra. De ahora en más, Julia va a tener el turno de mañana de los domingos.
Lo único que lamento es no haberme encontrado a un francés, pero bueno, de seguro mi futuro será brillante.
Muchas gracias a todas.
Alicia Castro.

domingo, 21 de febrero de 2010

Las invasiones inglesas

Lo bueno de trabajar en un Hostel, además de la gran diversidad de gente con la que se interactúa, es la edad de quienes se alojan. La mayoría, a excepción de familias, son jóvenes que no pasan de treinta y pocos años, como mucho. Es un deleite para la vista ver tantas personas jóvenes interactuando en espacios comunes, siendo la más clásica de todas la mesa del desayuno.
Hoy había dieciocho personas en el Hostel del Río, seis de los cuales eran ingleses. Altos, jovencitos y agradables a la vista, hablaban poco y nada de castellano, por lo que les tuve que hablar en todo momento en inglés. Eran delgados y tenían un acento encantador.
El resto de los inquilinos eran argentinos; una mezcla de tucumanos, jujeños, un grupo de chicas santafesinas y una pareja de la Ciudad del Río. El que más destacaba era el señor de Tucumán, bajo, algo regordete, de pelo y ojos negros y piel algo oscura, como el café cuando se le pone una cucharadita de leche. Tenía algo en su acento que no pude distinguir, y como el resto de las demás personas que se alojaban en el Hostel, se retiraron a la hora del almuerzo y no volvieorn en toda la tarde.
Seba llegó tarde otra vez. Y otra ves le cobré el tiempo.
Espero que la próxima semana lo haga mejor.

domingo, 14 de febrero de 2010

Haciéndome la película

A veces, cuando quienes se hospedadn no se despiertan, empiezo a hacerme la película.
Frente a una de las habitaciones, el piso se está levantando, lo que causa que los azulejos sobre dicho lugar empiezen a quebrarse. A veces creo que debajo hay zombis y que de un momento a otro van a salir del piso y a comerse toda cosa viva que encuentren.
O que, por otro lado, entró un asesino y mató a las personas que dormían, dejándome sola con habitaciones llenas de cadáveres. O que espera apra clavarme el cuchillo de parrilla que tenemos en la cocina.
Entonces, cuando empiezo a pensar en ir a revisar, alguien abre una puerta y yo salto en mi lugar.
Esta vez era el porteño que preguntó si se podía desayunar.

domingo, 7 de febrero de 2010

Tranqui...

Hay días en que el Hostel explota, y en el que se necesita más de una persona para mantener la situación bajo control (en especial, durante el desayuno). Y hay otros en que hay poca gente, o están tan dormidos que nadie asoma ni la nariz.
El día parecía tranquilo. Diez inquilinos, todos argentinos, aunque vinieron un par de mujeres (una de Puerto Rico y la otra de Inglaterra) que estaban de visita y se iban a ir en unos días a Córdoba. Contenta, serví el desayuno a las cuatro chcias que se despertaron, y arreglé las habitaciones de las tres que se fueron del Hostel. Un par de llamados pidiendo reservas, como casi todos los domingos.
Entonces, volvieron las dos mujeres.
Habían ido a la costanera, que estaba inundada por las lluvias torrenciales de los dos días pasados. Negocios cerrados, playas desaparecidas, pocas cosas que hacer y muy poco alentador. Decidieron irse a Córdoba, así que tomaron sus mochilas y siguieron viaje.
El resto del día pasó lento y tranquilo. Al menos, vi a dos porteñas que parecían francesas.
Seba llegó diez minutos antes de las cuatro.

domingo, 31 de enero de 2010

Fin de la sequía

Esta vez, de veinte inquilinos, cuatro eran extranjeros.
Feliz, pude escuchar como un plomero aleman jubilado hablaba en inglés con un par de señoras mayores de Jujuy, y a la mujer mejicana con su hija charlando con el chileno.
Comprobé lo que había sospechado. Los alemanes comen mucho.
Como fuese, esa mañana se fueron la mayoría de las personas alojadas en el Hostel del río (y eso que no pude decirles ni hola a la familia peruana que se habia venido en combi y se fueron antes que yo llegase) pero quedó el chileno y un par de personas mas. Como se fueron en grupos, no fue tan pesada la tarea de arreglar las habitaciones.
Resultó que el chileno se había venido de su país en bicicleta, cruce de los Andes incluidos. Le comenté que había bicicendas en la costanera, y fue entonces que me enteré que en Chile las llamas "ciclosendas".
Nos quedamos hablando un rato más, hasta que se fue a almorzar, y después que yo comiese y limpiase todo, empecé a revisar el Hostel.
Hasta ese momento, todo iba perfecto.
Y fue entonces cuando me fije en las cartas que Silvia habia mencionado, en el corcho del Hostel. Había una carta, dijo, en la que nos agradecían por nuestras atenciones, a mí incluida. Y allí estaba, en efecto, la carta, pero me extraño que estuviese doblada, de forma que tapase parte del texto. Al desdoblarla (la cinta adhesiva estaba vieja) me encontré con una carta que halagaba a todos los miembros del Hostel, pero que decía que no habian percibido hospitalidad de mi parte, que era muy rigida y que mi servicio dejaba mucho que desear.
Al pie estaban los nombres de dos porteñas que yo recordaba muy bien. Hace unos meses, me preguntaron si podían entrar un par de chicos con ellas, y yo les expliqué que el reglamento del Hostel lo prohibía. Cuando se fueron encontré entre lo que habían dejado una cajita de fosforos de un conocido telo de la ciudad, especializado en turistas. Después de eso, pusieron música fuerte cuando había otros inquilinos durmiendo, entre ellos gente grande, y les pedí que bajasen el volumen. Lo subieron, y entonces recurrí a un truco que me enseñó Silvia.
Corté la luz.
Les dije a las chicas que a veces, en las horas de más calor, pasaba eso, y con disimulo desenchufé el grabador cuando no miraban y lo puse en apagado. Dejaban las tazas sucias y la mesa hecha un asco, pese a que les dije, con toda la diplomacia posible, que cada una se lavaba sus cosas. Pidieron descuento y que no les cobrase cosas que habian usado, a lo que me negué. Se fueron ofuscadas, y reaccionaron así. La primera carta con mi nombre como trabajadora del Hostel era una muy mala, escrita por dos maleducadas que pretendían un servicio de cinco estrellas exclusivo por el precio de un Hostel.
Algo que me molesta en Argentina es el *así nomas*. La mitad de quienes trabajan son inoperantes, y les dan mala fama a quienes de verdad trabajan. Esa cultura de la pereza y la falta de respeto se ha extendido al punto que, si alguien comete un error y te cobra de más, o hace algo mal y no lo quiere admitir, esta misma persona se siente ofendida si le reclamas que haga bien el trabajo o que cobre lo que es justo. Estas dos chicas eran de esa clase. Con turistas como esas, la mala fama que tenemos en el exterior tiene fundamento.
Ah, y Seba llegó a tiempo.

domingo, 24 de enero de 2010

Educando al muchachito

Cuatro y cuarto de la tarde.
Yo, al teléfono -Hola, Seba, ¿te falta mucho para llegar?
Seba -No, ya llego-
Yo -¿Te acordás lo que te dije la semana pasada?
Seba -No-
Yo -Que si volvías a llegar tarde iba a cobrar de tu sueldo el tiempo extra que yo estuviese trabajando por tu tardanza-
Seba -Ah, sí, bueno, ya llego-
Cuatro y media.
Yo, al teléfono -Hola, ¿Silvia? Disculpá que te moleste. Resulta que Seba volvió a llegar tarde, y le dije que iba a cobrar de su sueldo el tiempo extra que yo tuviese que trabajar por eso. ¿Vos estás de acuerdo? Bien. Lo voy a hacer ahora. ¿Te parece bien? Bárbaro.Nos vemos después, Silvia-
Al minuto llegó Seba.
Seba, sonriendo -Disculpá la tardanza, es que tenía que hacer unos trámites-
Yo -¿Un domingo a la siesta?
Seba, sonriendo -Sí-
Yo -Mirá, entiendo que tengas una vida más allá del trabajo, y espero que entiendas que yo también la tengo-
Seba, sonriendo -Sí, sí, perdón-
Yo -En esa media hora que demoraste, yo ya podría estar en casa, haciendo un montón de cosas que tengo que hacer, y no pude porque, por segunda vez, llegaste tarde-
Seba -Sí, perdoná-
Yo -Llamé a Silvia y ella está de acuerdo en que cobre de tu sueldo lo que demoraste en venir-
Seba -Uy, sí, ya te pago-
Yo -No. Voy a sacarlo de la caja y voy a anotar por qué lo saqué-
Seba -¡Pero mirá, acá te pago!-
Yo -No. Quiero que quede asentado, y Silvia está al tanto de por qué. Así que decime, ¿cuántas horas trabajás? ¿Cuánto te pagan por eso?-
A Seba se le apagó la sonrisa, y me dijo cuánto y por cuántas horas le pagaban.
Debo confesar que nuca antes pensé que unos pocos pesos pudiesen ser tan dulces.

domingo, 17 de enero de 2010

Chicas y chicos

Una piel oscura está mejor adaptada a los climas cálidos, y una piel mas pálida esta mejor adaptada a climas fríos. Y la inmigración existe. Si bien sé esto desde hace años, hasta el día de la fecha no he visto a nadie que venga de un país nórdico que no sea blanco y de ojos claros, y más de la mitad tiene pelo rubio.
¿Es que en Suiza no hay extranjeros? No es que me queje, es que no comprendo cómo voy a empezar a derribar prejuicios si sólo vienen blancos de ojos claros de países nórdicos. Se aprecia que alegren la vista, claro, pero han venido personas con otros colores de piel que han cumplido en ese aspecto.
O, quizás, los inmigrantes de dichos países no viajen tanto a la Argentina.
Hoy fue un día tranquilo, pese a que había casi veinte inquilinos. Un grupo de chicas cordobesas se fueron a las nueve, después de cambiarse los vestidos de fiesta. A los cinco minutos, amanece un grupo de rosarinos, quienes preguntan por las chicas. Se decepcionaron al saber que se habían ido minutos antes, y fui a arreglar las habitaciones de arriba.
Debo confesar que siento curiosidad por lo que dicen y piensas otras personas. Pero no por eso voy a ponerme a espiarlas. Por lo que no sentí culpa cuando, mientras arreglaba una habitación del piso de arriba, escuché algunas filosóficas conversaciones del grupo de rosarinos, que estaban en el solar de abajo. Que las mujeres, que el fútbol, que el asado de anoche y así.
Después del mediodía, llegaron dos Suizos que hablaban con un acento extraño. Enseguida me llamaron la atención. La mujer era rubia, y el hombre también, pero el último se había rapado la cabeza. Para variar, ambos tenían piel y ojos claros, lo cual no me molestó en lo más mínimo. Hablaban más o menos el castellano, por lo que al final intercambiamos unas frases en inglés y se fueron a su habitación.
El resto del día transcurrió tranquilo, y llegaron las cuatro de la tarde. Y pasaron. Y se hicieron las cuatro y cuarto, y entonces llegó mi reemplazo, con la remera al revés y dada vuelta, diciendo que había perdido el colectivo. Le dije, tranquila, que no era justo que yo trabajase el tiempo que le correspondía a él, y que la próxima yo iba a cobrar de su plata el tiempo que demorase en llegar después de su hora.
Se rió.
De ahora en más va a venir a tiempo.

domingo, 10 de enero de 2010

Abnegada abuela

A veces, me encuentro en el Hostel del Río con personas y personajes raros, de esos que hacen que ir a trabajar los domingos a la mañana valga la pena. Otras veces, me encuentro con personas comunes, de esas que veo todos los días. Y también están las otras, que no son ni tan tan ni muy muy, como una abuela con sus dos nietas.
Resulta que había seis personas en el Hostel, y todas tenían planeado quedarse unos días más, por lo que no tuve que hacer ninguna cama. Pocos bajaron a desayunar, y se fueron después de las once de la mañana para desaparecer hasta las cuatro menos diez. Pero había una mujer mayor con dos nenas, con demasiada diferencia de edad para que fuesen madre e hijas.
La abuela se tomó un café y las nenas tomaron sólo leche, por lo que tuve poco que arreglar cuando llegaron las diez. Después salieron al centro (como el resto de los inquilinos) y me quedé sola en el Hostel hasta las dos de la tarde, cuando volvió el trío. Las nenas empezaron a hacer ruido, y les dije que no había nadie más en el Hostel, así que no había problema. Cinco minutos después, se cansaron de los chifles y se pusieron a ver la televisión. A los quince minutos ya estaba comiendo unos ravioles que su abuela había preparado. A la media hora estaban lavando los platos. A la hora se habían vuelto a ir, probablemente a la heladería.
A las cuatro vino mi reemplazo y me fui a casa.

domingo, 3 de enero de 2010

La nota de color

A veces, en los días más aburridos, una simple nota de color puede hacer el día más interesante. Como hoy sólo había siete personas (y seis ni siquiera salieron de sus habitaciones) me encontré conque tenía poco y nada que hacer después de realizar mi revisión de rutina.
La nota de color fue el rojo.
O, mejor dicho, la remera roja de la National Geograpic que un santafesino entrado en años traía puesta. Se levantó a las once y media, salió a las doce, y no volvió en mi turno.
A ver qué me depara el domingo siguiente.
PD: Al final, fue Silvia quien se quedó la mañana del primero de Enero.