Hoy el Hostel rebosaba de extranjeros.
Una pareja de australianos, un inglés, dos chicas uruguayas, una chica francesa y una pareja de paraguayos se mezclaban en la mesa del desayuno, junto con las cinco personas argentinas que se habían levantado para desayunar. Amé estar entre tanta gente distinta, entre tantos acentos e idiomas dispares, sintiendo que todos se dedicaban en armonía a la noble rutina de desayunar. Fue una lástima que todos se fuesen después a pasear, o a dormir a sus habitaciones (entre ellos, una pareja argentina con su hijo chiquito) ya que quería disfrutar el escucharlos unos momentos más.
Durante todos estos meses, he estado disfrutando de un trabajo que me gusta, no sólo por el ambiente y las tareas que realizo, sino por le gente (inquilinos y compañeras de trabajo) al punto de cobrar menos que una doméstica y levantarme un domingo a la mañana (pese a que los cristianos dicen que hay que matar a quien trabaja en domingo). Pero mi prioridad ahora es la facultad, y empiezo el mes que viene. Me hubiese gustado muchísimo seguir en el Hostel dle Río, pero mi título va primero. Y quiero uno para poder tener un trabajo para poder vivir.
Le dije a Silvia, hace una semana, que no podía venir más a trabajar. Le propuse a una amiga que buscaba un trabajo, y al parecer se cayeron bien la una a la otra. De ahora en más, Julia va a tener el turno de mañana de los domingos.
Lo único que lamento es no haberme encontrado a un francés, pero bueno, de seguro mi futuro será brillante.
Muchas gracias a todas.
Alicia Castro.
domingo, 28 de febrero de 2010
domingo, 21 de febrero de 2010
Las invasiones inglesas
Lo bueno de trabajar en un Hostel, además de la gran diversidad de gente con la que se interactúa, es la edad de quienes se alojan. La mayoría, a excepción de familias, son jóvenes que no pasan de treinta y pocos años, como mucho. Es un deleite para la vista ver tantas personas jóvenes interactuando en espacios comunes, siendo la más clásica de todas la mesa del desayuno.
Hoy había dieciocho personas en el Hostel del Río, seis de los cuales eran ingleses. Altos, jovencitos y agradables a la vista, hablaban poco y nada de castellano, por lo que les tuve que hablar en todo momento en inglés. Eran delgados y tenían un acento encantador.
El resto de los inquilinos eran argentinos; una mezcla de tucumanos, jujeños, un grupo de chicas santafesinas y una pareja de la Ciudad del Río. El que más destacaba era el señor de Tucumán, bajo, algo regordete, de pelo y ojos negros y piel algo oscura, como el café cuando se le pone una cucharadita de leche. Tenía algo en su acento que no pude distinguir, y como el resto de las demás personas que se alojaban en el Hostel, se retiraron a la hora del almuerzo y no volvieorn en toda la tarde.
Seba llegó tarde otra vez. Y otra ves le cobré el tiempo.
Espero que la próxima semana lo haga mejor.
Hoy había dieciocho personas en el Hostel del Río, seis de los cuales eran ingleses. Altos, jovencitos y agradables a la vista, hablaban poco y nada de castellano, por lo que les tuve que hablar en todo momento en inglés. Eran delgados y tenían un acento encantador.
El resto de los inquilinos eran argentinos; una mezcla de tucumanos, jujeños, un grupo de chicas santafesinas y una pareja de la Ciudad del Río. El que más destacaba era el señor de Tucumán, bajo, algo regordete, de pelo y ojos negros y piel algo oscura, como el café cuando se le pone una cucharadita de leche. Tenía algo en su acento que no pude distinguir, y como el resto de las demás personas que se alojaban en el Hostel, se retiraron a la hora del almuerzo y no volvieorn en toda la tarde.
Seba llegó tarde otra vez. Y otra ves le cobré el tiempo.
Espero que la próxima semana lo haga mejor.
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Seba
domingo, 14 de febrero de 2010
Haciéndome la película
A veces, cuando quienes se hospedadn no se despiertan, empiezo a hacerme la película.
Frente a una de las habitaciones, el piso se está levantando, lo que causa que los azulejos sobre dicho lugar empiezen a quebrarse. A veces creo que debajo hay zombis y que de un momento a otro van a salir del piso y a comerse toda cosa viva que encuentren.
O que, por otro lado, entró un asesino y mató a las personas que dormían, dejándome sola con habitaciones llenas de cadáveres. O que espera apra clavarme el cuchillo de parrilla que tenemos en la cocina.
Entonces, cuando empiezo a pensar en ir a revisar, alguien abre una puerta y yo salto en mi lugar.
Esta vez era el porteño que preguntó si se podía desayunar.
Frente a una de las habitaciones, el piso se está levantando, lo que causa que los azulejos sobre dicho lugar empiezen a quebrarse. A veces creo que debajo hay zombis y que de un momento a otro van a salir del piso y a comerse toda cosa viva que encuentren.
O que, por otro lado, entró un asesino y mató a las personas que dormían, dejándome sola con habitaciones llenas de cadáveres. O que espera apra clavarme el cuchillo de parrilla que tenemos en la cocina.
Entonces, cuando empiezo a pensar en ir a revisar, alguien abre una puerta y yo salto en mi lugar.
Esta vez era el porteño que preguntó si se podía desayunar.
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Hostel del río
domingo, 7 de febrero de 2010
Tranqui...
Hay días en que el Hostel explota, y en el que se necesita más de una persona para mantener la situación bajo control (en especial, durante el desayuno). Y hay otros en que hay poca gente, o están tan dormidos que nadie asoma ni la nariz.
El día parecía tranquilo. Diez inquilinos, todos argentinos, aunque vinieron un par de mujeres (una de Puerto Rico y la otra de Inglaterra) que estaban de visita y se iban a ir en unos días a Córdoba. Contenta, serví el desayuno a las cuatro chcias que se despertaron, y arreglé las habitaciones de las tres que se fueron del Hostel. Un par de llamados pidiendo reservas, como casi todos los domingos.
Entonces, volvieron las dos mujeres.
Habían ido a la costanera, que estaba inundada por las lluvias torrenciales de los dos días pasados. Negocios cerrados, playas desaparecidas, pocas cosas que hacer y muy poco alentador. Decidieron irse a Córdoba, así que tomaron sus mochilas y siguieron viaje.
El resto del día pasó lento y tranquilo. Al menos, vi a dos porteñas que parecían francesas.
Seba llegó diez minutos antes de las cuatro.
El día parecía tranquilo. Diez inquilinos, todos argentinos, aunque vinieron un par de mujeres (una de Puerto Rico y la otra de Inglaterra) que estaban de visita y se iban a ir en unos días a Córdoba. Contenta, serví el desayuno a las cuatro chcias que se despertaron, y arreglé las habitaciones de las tres que se fueron del Hostel. Un par de llamados pidiendo reservas, como casi todos los domingos.
Entonces, volvieron las dos mujeres.
Habían ido a la costanera, que estaba inundada por las lluvias torrenciales de los dos días pasados. Negocios cerrados, playas desaparecidas, pocas cosas que hacer y muy poco alentador. Decidieron irse a Córdoba, así que tomaron sus mochilas y siguieron viaje.
El resto del día pasó lento y tranquilo. Al menos, vi a dos porteñas que parecían francesas.
Seba llegó diez minutos antes de las cuatro.
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