Hoy hay elecciones, y se sienten.
Cuando fui a votar, a la salida del trabajo, había poca gente votando. En el hostel había una pareja joven con su hijo de cinco años, que estaba calculando a dónde tenían que irse para tener 500 kilómetros de distancia entre ellos y el lugar donde votaban. El fraude o los candidatos es lo de menos: la certeza que se ocultan datos sobre la gripe a es fuerte.
Los inquilinos se quedan un día más, y como eran los únicos, lo único que tuve que hacer fue tender sus camas y barrer tres veces la hojas del patio. Me la pasé la mayoría del tiempo frente a la PC, y nadie puede decir que desuidé mis obligaciones.
Creo que las semanas siguientes van a ser muuuuy tranquilas.
PD: un par de días después de las elecciones, salió a la luz que no había mil quinientos casos de infectados, sino más de trescientos mil. Antes decían que había cuerenta y cuatro muertos, ahora ni hablan. Por lo que por dos semanas se clausuran eventos que reunan a mucha gente en espacios cerrados.
domingo, 28 de junio de 2009
domingo, 21 de junio de 2009
Y todo por la leche
El grupo de españolas siguen en el hostel, pero al parecer algo les han dicho, ya que el desorden, si bien en grande, dista de ser lo que llegó a ser. Además, como todos los inquilinos restantes ya se retiraron (vinieron otras tres españolas, una pareja y otra muchacha que venía aparte, además de un muchacho de la capital de una provincia vecina) había poco por hacer hoy.
Pero, según me contó Silvia, el jueves transcurrió la siguiente escena entre ella y la española nueva:
Chica: ¿Dónde están mi pan y mi leche?
Silvia: ¿Dónde estaban?
C: En tal y tal lugar.
S: Esos no eran tu pan y tu leche. Son del hostel, y los usamos para preparar el desayuno.
C: ¡Son míos!
S: Acá contamos todo lo que tenemos y todo lo que nos falta. Y, desde que guardamos la leche en la heladera con candado y el pan en otro lugar, han dejado de desaparecer.
C: (Silencio)
Por otra parte, la pareja de españoles que vinieron son un mundo diferente. Quizás por ser de Zaragoza, quizás por ser más maduros que el grupo de chicas y chico de su mismo país (pero de Barcelona y Cataluña) han demostrado ser unos ejemplos de inquilinos. Lo que más noté fue que hablaban acentuando más la zeta que los de Barcelona o Cataluña, y que les gustaba el mate más que a los daneses.
En principio se iban a ir hoy, pero al final decidieron quedarse un día más. Fueron al supermercado que hay a un par de cuadras, y al volver prendieron un shaumerio en la cocina (el mismo que habían colocado en su dormitorio, según comprobé al cambiar las sábanas) y empezaron a cocinar entre los dos. Al poco rato ya estaban sentados a la mesa, tomando vino y hablando con una compatriota. Lavaron y secaron todo lo que utilizaron, y limpiaron la mesada. Después de comer, volvieron a la PC.
Por motivos que comprendo muy bien, cuando viene una persona de otro continente, se la pasan pegados a la PC. A veces no la dejan libre ni siquiera para comer, ya que algunos se sientan con la taza de café al lado, o se turnan. Con un grupo de españolas y español de veinticortos, es fácil imaginar lo que sucedería.
Por otro lado, al ir a tender la cama del chico de la provincia vecina, noté que era muy ordenado. Al descubrir una partitura sobre su mesa de luz confirmé lo que sospechaba: era músico. Tenía un aire de artista, pero no de pintor, sino que emanaba cierta aura conocida. Era tímido y amable, y se puso algo nervioso cuando le pregunté por las partituras. Es sencillo para mí imaginarme cómo fue este muchacho en su infancia y adolescencia, y por eso me agradó de entrada. Hasta dejó las sábanas usadas dobladitas, junto con las frazadas y el cubrecama.
Si todos los inquilinos fuesen como estos tres, nuestro trabajo sería una fiesta.
Pero, según me contó Silvia, el jueves transcurrió la siguiente escena entre ella y la española nueva:
Chica: ¿Dónde están mi pan y mi leche?
Silvia: ¿Dónde estaban?
C: En tal y tal lugar.
S: Esos no eran tu pan y tu leche. Son del hostel, y los usamos para preparar el desayuno.
C: ¡Son míos!
S: Acá contamos todo lo que tenemos y todo lo que nos falta. Y, desde que guardamos la leche en la heladera con candado y el pan en otro lugar, han dejado de desaparecer.
C: (Silencio)
Por otra parte, la pareja de españoles que vinieron son un mundo diferente. Quizás por ser de Zaragoza, quizás por ser más maduros que el grupo de chicas y chico de su mismo país (pero de Barcelona y Cataluña) han demostrado ser unos ejemplos de inquilinos. Lo que más noté fue que hablaban acentuando más la zeta que los de Barcelona o Cataluña, y que les gustaba el mate más que a los daneses.
En principio se iban a ir hoy, pero al final decidieron quedarse un día más. Fueron al supermercado que hay a un par de cuadras, y al volver prendieron un shaumerio en la cocina (el mismo que habían colocado en su dormitorio, según comprobé al cambiar las sábanas) y empezaron a cocinar entre los dos. Al poco rato ya estaban sentados a la mesa, tomando vino y hablando con una compatriota. Lavaron y secaron todo lo que utilizaron, y limpiaron la mesada. Después de comer, volvieron a la PC.
Por motivos que comprendo muy bien, cuando viene una persona de otro continente, se la pasan pegados a la PC. A veces no la dejan libre ni siquiera para comer, ya que algunos se sientan con la taza de café al lado, o se turnan. Con un grupo de españolas y español de veinticortos, es fácil imaginar lo que sucedería.
Por otro lado, al ir a tender la cama del chico de la provincia vecina, noté que era muy ordenado. Al descubrir una partitura sobre su mesa de luz confirmé lo que sospechaba: era músico. Tenía un aire de artista, pero no de pintor, sino que emanaba cierta aura conocida. Era tímido y amable, y se puso algo nervioso cuando le pregunté por las partituras. Es sencillo para mí imaginarme cómo fue este muchacho en su infancia y adolescencia, y por eso me agradó de entrada. Hasta dejó las sábanas usadas dobladitas, junto con las frazadas y el cubrecama.
Si todos los inquilinos fuesen como estos tres, nuestro trabajo sería una fiesta.
domingo, 14 de junio de 2009
Nueve chicas españolas y un español
En los noventa y, en especial, después de la crisis del 2001, España fue unos de los destinos más codiciados por aquellos argentinos que buscaban un mejor futuro en otros países. Y si bien estoy lejos de ser de esa clase de personas, siempre me causó curiosidad el cómo era la gente de otros países, por ejemplo, España.
La semana pasada no tuvo nada en especial, por lo que no valía la pena una entrada: al ser fin de semana largo, la mayoría de los inquilimos durmieron toda la mañana y se despertaron a la tarde. Esta vez pasó lo mismo, pero condimentado por otras cositas.
Para empezar, como había gente que no salió de parranda, tuvimos que servir el desayuno varias veces. Y fue al abrir la heladera que Silvia (quien siempre viene a echar una mano para hacer el desayuno) se llevó una desagradable sorpresa. Y no es que esperáramos una heladera ordenada, con diez chicas (un chico incluido) españolas, ninguna mayor de veinticinco, pero hay ciertas reglas en los hosteles que hay que cumplir.
Como, por ejemplo, no consumir lo que no es tuyo.
La leche, la margarina y la mermelada son propiedad del hostel, ya que nosotras las compramos y con eso hacemos el desayuno, pero alguien había dispuesto de la leche como propia. Al descubrir un paquete de cacao en polvo en las estanterías donde se ponen los alimentos no perecederos, descubrimos parte del misterio. Así que, después de preparar el desayuno, Silvia guardó la leche en la heladera con candado, donde guardamos todos los alimentos para vender que tenemos en el hostel. Duro pero justo.
Luego del desayuno (en el que Silvia fue a comprar corriendo lo que faltaba) empezamos a limpiar la heladera: había unos puñados de arroz y fideos en boles grandísimos (quizás para no tener que lavarlos) que ya tenían una semana y pico.
Ah, las españolas se levantaron a las tres de la tarde, y llamaron por teléfono a Pedro, quien las había invitado a un partido de fútbol. Pero como no llegaba, las chicas lo llamaron, y ahí se enteraron de lo que pasó: al aprecer, la noche anterior había salidod e fiesta, y seis borrachos lo agarraron a trompadas y patadas. Terminó en el hospital con diez puntos en la cabeza, pero al menos está estable.
La semana pasada no tuvo nada en especial, por lo que no valía la pena una entrada: al ser fin de semana largo, la mayoría de los inquilimos durmieron toda la mañana y se despertaron a la tarde. Esta vez pasó lo mismo, pero condimentado por otras cositas.
Para empezar, como había gente que no salió de parranda, tuvimos que servir el desayuno varias veces. Y fue al abrir la heladera que Silvia (quien siempre viene a echar una mano para hacer el desayuno) se llevó una desagradable sorpresa. Y no es que esperáramos una heladera ordenada, con diez chicas (un chico incluido) españolas, ninguna mayor de veinticinco, pero hay ciertas reglas en los hosteles que hay que cumplir.
Como, por ejemplo, no consumir lo que no es tuyo.
La leche, la margarina y la mermelada son propiedad del hostel, ya que nosotras las compramos y con eso hacemos el desayuno, pero alguien había dispuesto de la leche como propia. Al descubrir un paquete de cacao en polvo en las estanterías donde se ponen los alimentos no perecederos, descubrimos parte del misterio. Así que, después de preparar el desayuno, Silvia guardó la leche en la heladera con candado, donde guardamos todos los alimentos para vender que tenemos en el hostel. Duro pero justo.
Luego del desayuno (en el que Silvia fue a comprar corriendo lo que faltaba) empezamos a limpiar la heladera: había unos puñados de arroz y fideos en boles grandísimos (quizás para no tener que lavarlos) que ya tenían una semana y pico.
Ah, las españolas se levantaron a las tres de la tarde, y llamaron por teléfono a Pedro, quien las había invitado a un partido de fútbol. Pero como no llegaba, las chicas lo llamaron, y ahí se enteraron de lo que pasó: al aprecer, la noche anterior había salidod e fiesta, y seis borrachos lo agarraron a trompadas y patadas. Terminó en el hospital con diez puntos en la cabeza, pero al menos está estable.
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Chicos del hostel,
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Pedro
domingo, 7 de junio de 2009
El sábado pasó sin pena ni gloria.
Hasta la hora de mi salida.
De golpe y porrazo, aparecieron dos neozelandeses (una chica y un chico) en el hostel. Yo ya me iba, pero igual me quedé a hacerles las fichas. Hablaban inglés y, como soy la que mejor lo habla de todo el hostel, les indiqué cómo funcionaba el lugar.
Tomé el colectivo tarde, pero valió la pena.
A la mañana siguiente, cerca de treinta personas se sentaron, en tres tandas, a desayunar. Además de los neozelandeses había una delegación de mayores fanáticos del modelismo en miniatura, por lo que fue uno de los días más agitados en el desayuno. Todos se reían y flotaba en el aire la alegría general. Fue una pena que la mayoría se fuese después, ya que el resto del día transcurrió tan aburrido como el anterior.
De nuevo, hasta la hora de mi salida.
Los neozelandeses hablaban en inglés, por lo que no tuve problemas en comunicarme con ellos, y llegaron sin aviso dos daneses. Escucharlos hablar en su lengua natal era como estar viendo una película en Europa Europa o Eurochannel, pero sin los subtítulos. Eran dos rubios albinos altísimos, a los que no vi sonreír ni una vez, pese a que se estaban dando una vuelta por Europa, Asia y Sudamérica. Y no pisaron Japón, por desgracia.
Me fui encantada a casa.
Hasta la hora de mi salida.
De golpe y porrazo, aparecieron dos neozelandeses (una chica y un chico) en el hostel. Yo ya me iba, pero igual me quedé a hacerles las fichas. Hablaban inglés y, como soy la que mejor lo habla de todo el hostel, les indiqué cómo funcionaba el lugar.
Tomé el colectivo tarde, pero valió la pena.
A la mañana siguiente, cerca de treinta personas se sentaron, en tres tandas, a desayunar. Además de los neozelandeses había una delegación de mayores fanáticos del modelismo en miniatura, por lo que fue uno de los días más agitados en el desayuno. Todos se reían y flotaba en el aire la alegría general. Fue una pena que la mayoría se fuese después, ya que el resto del día transcurrió tan aburrido como el anterior.
De nuevo, hasta la hora de mi salida.
Los neozelandeses hablaban en inglés, por lo que no tuve problemas en comunicarme con ellos, y llegaron sin aviso dos daneses. Escucharlos hablar en su lengua natal era como estar viendo una película en Europa Europa o Eurochannel, pero sin los subtítulos. Eran dos rubios albinos altísimos, a los que no vi sonreír ni una vez, pese a que se estaban dando una vuelta por Europa, Asia y Sudamérica. Y no pisaron Japón, por desgracia.
Me fui encantada a casa.
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