El grupo de españolas siguen en el hostel, pero al parecer algo les han dicho, ya que el desorden, si bien en grande, dista de ser lo que llegó a ser. Además, como todos los inquilinos restantes ya se retiraron (vinieron otras tres españolas, una pareja y otra muchacha que venía aparte, además de un muchacho de la capital de una provincia vecina) había poco por hacer hoy.
Pero, según me contó Silvia, el jueves transcurrió la siguiente escena entre ella y la española nueva:
Chica: ¿Dónde están mi pan y mi leche?
Silvia: ¿Dónde estaban?
C: En tal y tal lugar.
S: Esos no eran tu pan y tu leche. Son del hostel, y los usamos para preparar el desayuno.
C: ¡Son míos!
S: Acá contamos todo lo que tenemos y todo lo que nos falta. Y, desde que guardamos la leche en la heladera con candado y el pan en otro lugar, han dejado de desaparecer.
C: (Silencio)
Por otra parte, la pareja de españoles que vinieron son un mundo diferente. Quizás por ser de Zaragoza, quizás por ser más maduros que el grupo de chicas y chico de su mismo país (pero de Barcelona y Cataluña) han demostrado ser unos ejemplos de inquilinos. Lo que más noté fue que hablaban acentuando más la zeta que los de Barcelona o Cataluña, y que les gustaba el mate más que a los daneses.
En principio se iban a ir hoy, pero al final decidieron quedarse un día más. Fueron al supermercado que hay a un par de cuadras, y al volver prendieron un shaumerio en la cocina (el mismo que habían colocado en su dormitorio, según comprobé al cambiar las sábanas) y empezaron a cocinar entre los dos. Al poco rato ya estaban sentados a la mesa, tomando vino y hablando con una compatriota. Lavaron y secaron todo lo que utilizaron, y limpiaron la mesada. Después de comer, volvieron a la PC.
Por motivos que comprendo muy bien, cuando viene una persona de otro continente, se la pasan pegados a la PC. A veces no la dejan libre ni siquiera para comer, ya que algunos se sientan con la taza de café al lado, o se turnan. Con un grupo de españolas y español de veinticortos, es fácil imaginar lo que sucedería.
Por otro lado, al ir a tender la cama del chico de la provincia vecina, noté que era muy ordenado. Al descubrir una partitura sobre su mesa de luz confirmé lo que sospechaba: era músico. Tenía un aire de artista, pero no de pintor, sino que emanaba cierta aura conocida. Era tímido y amable, y se puso algo nervioso cuando le pregunté por las partituras. Es sencillo para mí imaginarme cómo fue este muchacho en su infancia y adolescencia, y por eso me agradó de entrada. Hasta dejó las sábanas usadas dobladitas, junto con las frazadas y el cubrecama.
Si todos los inquilinos fuesen como estos tres, nuestro trabajo sería una fiesta.
domingo, 21 de junio de 2009
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