domingo, 29 de noviembre de 2009

Dos potencias

En la República Argentina, dos provincias se destacan más que las otras: Buenos Aires y Córdoba. De ellas, la segunda es famosa por dos cosas dentro del país: se la considera la "capital cultural" y como la provincia que lleva la contra a las demás.
El tiempo me ha demostrado que los porteños están lejos de ser los desubicados que se cree que son, ya que los que más problemas han dado en el Hostel del Río son cordobeses. Temía el día en que tuviese el Hostel lleno con dos grandes grupos, uno de cada provincia, y pensé que sería el caos más grande de todos los que recordaría en mi historia laboral en el lugar.
Pero no.
Resultó que este domingo se habían hospedado un grupo familiar porteño y un equipo femenino cordobés. Rezándole a todas las deidades que conocía, empecé a preparar el desayuno, pensando en los problemas que iban a causar personas de semejantes potencias en un espacio tan reducido.
Pasaron las ocho, las nueve, las diez, levanté la mesa del desayuno que nadie había tomado, las once...
A las doce el equipo de las chicas, de no más de dieciséis años, se levantó y empezaron a hacer cola para los baños. Eran cerca de diez muchachas, contando a la entrenadora, y como parecía que no iban a terminar con sólo tres baños (los que están en la planta baja) les indiqué dónde estaba el baño de la escalera. De todos modos, me dije, nadie más lo estaba ocupando, y el grupo de porteños no mostraba señales de vida.
A los dos minutos, un integrante de dicho grupo golpeó la puerta del baño.
Una de las características de todo Hostel es que los baños son compartidos, por lo que no había problema en que se usase cualquiera dentro de las instalaciones. Pero el posible enfrentamiento entre una adolescente cordobesa y un adulto porteño me puso los pelos de punta. Gracias a la Diosa, no hubo incidentes y las chicas se tomaron tres remises para tomar su colectivo en la Terminal.
Como a las doce y media se levanta el grupo familiar, casi veinte personas contando los niños. Lo que realmente me molestó es que, pese a que les dije que si se demoraban tenía que cobrarles el uso diario, se tomaron su tiempo y pagaron de a tandas, preguntando a quién le faltaba pagar su parte. Un par de hombres, de treinta y largos, se puso a ver televisión cuando les dije que tenía que cobrarles el uso diario en cinco minutos. Dijeron algo así como "Uhh, bueno, ya vamos", lo que se traduce como "Tenemos fiaca, después vamos si tenemos ganas".
Una constante en casi todo grupo mixto que viaja, es que las que lavan los platos y organizan todo son las mujeres.
Este grupo no salió de esa regla.
Mientras veían tenis por la televisión, sus esposas arreglaban todo y organizaban el equipaje. Hace un tiempo tuve la idea de apagarles el cigarrillo a quienes fumaban en zonas prohibidas con un sifón. Pensé en cuánto me costaría sacar una botella de agua mineral y hacer algo parecido (y no hablo sólo del costo de la botella en sí) cuando el dúo de perezosos se movieron arrastrados por sus esposas hacia los autos que tenían en la cochera.
El resto del día transcurrió tranquilo, ya que si bien tuve que acomodar casi todo el Hostel, el hecho que un grupo se hubiese ido antes me dio el tiempo para arreglar una gran parte antes de abarcar la otra.
Y así fue como sobreviví al choque de dos potencias.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Un viejo conocido

Cuando llegué, me encontré con el Hostel a un tercio de su capacidad, y a todos durmiendo. Al parecer, habían salido algunas de un casamiento y otros de un boliche, por lo que no me sorprendí demasiado cuando llegaron las diez y nadie había despertado para desayunar. Las primeras señales de vida empezaron a las once y cuarto, cuando vi salir del dormi de hombres a un muchacho. Y entonce puse en práctica mis dotes de actriz.
Nunca tuve entrenamiento formal, pero sé disimular muchas cosas. Algunas porque sé que no deberían ser motivo para tratar distinto a una persona (como una discapacidad, por ejemplo, aunque a veces no es tan sencillo acostumbrarme a la primera) y, muy pocas veces, porque sé que es mucho mejor para mí.
Algunas personas olvidan a sus compañeros de clase, pero yo tengo muy presentes las caras, y muchas veces los nombres completos, de muchos de los imbéciles a los que me vi forzada a llamar "compañeros de clase" sólo porque estaban en la misma aula que yo. Había uno especialmente molesto, que esperaba a que yo dijese la respuesta correcta de una pregunta para gritarla más fuerte, y luego decir que él había sido el primero, y que dejase de mentir. Terminó de usar ese método cuando dije una burrada tan grande que sólo él lo diría, ganándose una risa general en el aula y el reto de la maestra, y desde ese momento me dejó en paz. También recuerdo, esta vez con tristeza, a las buenas chicas que me acompañaron durante mi educación escolar, a las que les veía poco futuro, cayendo en las trampas de los imbéciles de los compañeros de clase varones, que de seguro iban a embarazarlas y abandonarlas apenas se aburriesen. Me enteré que muchas siguieron este camino. Y no me sorprendió para nada enterarme que la inmensa mayoría de ellas eran de las que se oponían a que se enseñase salud sexual y reproductiva, por doctores que no fuesen objetores de conciencia. La excusa, por supuesto, era que fomentaba la promiscuidad (todas católicas seguidoras del Papa y que habían tomado comunión y confirmación, por supuesto)
No necesité leer la ficha para reconocer a ese molesto muchacho que tuve que soportar toda la primaria. Pero ni en las más malignas de mis predicciones esperé verlo, a los veintipocos, tan feo, tan estúpido, tan pelado, tan gordo y tan pobre como lo vi.
Parecía un hombre de cuarenta años mal llevados, con el estómago hinchado de cerveza y mala comida, la pelada prematura y el poco pelo que le quedaba empezaba a llenarse de canas. Era un milagro que la ropa que llevaba no se desgarrase por el simple peso de la tela, y como todo equipaje llevaba una bolsa de una de las tiendas de ropa de ese pueblo, llena hasta el tope y a punto de romperse. Hablaba como si no hubiese aprobado tercer grado, tenía varios dientes menos, no sabía sumar bien y, lo mejor de todo, ni siquiera me reconoció. Gracias a la Diosa que mi acento cambió , y mi aspecto también (como muestra, desde que llegué aquí sólo me enfermé una vez en seis años, mientras que en ese pueblo me enfermaba una o dos veces al año, así de feliz estoy en la Ciudad del Río), y ni hablar de la ropa y el pelo. Por un momento me sentí como una de esas modelos que posan desde un poster en una vidriera, frente a un indigente que la mira desde el otro lado del vidrio.
Sentí lástima por él.
Pero igual cumplí con mis obligaciones, y sólo después que cerré la puerta de calle tras él me sentí algo culpable. No porque pensase que no se merecía lo que le había pasado: simplemente siguió el proceso lógico que él mismo se estaba trazando, ayudado en gran parte por su familia. No era mi culpa que estuviese así, pero por lo que había escuchado de su propia boca, había embarazado a dos de mis ex-compañeras, dos chicas buenas y estudiosas que iban a quedar ancladas en ese pueblo por culpa de ese imbécil. Sentí culpa por no haber hecho más por ellas, para hacer que no arruinasen su futuro, repitiendo la misma historia que sus madres y abuelas, hace décadas, en ese pueblo.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Caos en el Hostel

Cuando llegué al Hostel del Río, vi un colectivo de dos pisos con patente uruguaya estacionado enfrente del edificio. Pensaba que, después de dos semanas de lleno completo, no iba a haber una tercera, y me equivoqué de medio a medio.
Había treinta y cinco pasajeros, treinta y dos con reserva y tres que intentaron meter de incógnito los turistas uruguayos. Por supuesto que fueron descubiertos, y tuvieron que pagar el alojamiento como cualquier otro inquilino. Pero si pensé que este grupo de uruguayos no eran del todo educados sólo por intentar colar gente, volví a equivocarme.
En un dormi había dos o tres muchachos que venían de Santa Fe. A uno de ellos no sólo le sacaron sus cosas de la cama que estaba ocupando, sino que le usurparon la misma cama. A parecer, fue otro muchacho del grupo de viaje de Uruguay (lo cual es extraño, ya que en casi medio año de trabajar aquí, es la primera vez que tenemos tantos problemas con un grupo de ese país) y cuando el legítimo ocupante llegó, empezaron a discutir. La cosa no pasó a mayores porque le dieron una habitación privada que se había desocupado la noche anterior, y el santafecino se fue a dormir rumiando su justificada bronca.
El caos absoluto llegó apenas puse un pie en el Hostel del Río. Los treinta y tres uruguayos se iban a las diez de la mañana, y como Silvia no estaba, tvimos que arreglárnoslas solos entre Jorge y yo. Lo peor de todo no fue tener que atender sola a más de treinta personas que te llamaban, te consultaban, te pedían y hasta demandaban que estuvieses para todos, ni el hacer el desayuno a todos, sino el escuchar a ciertas personas que murmuraban sobre lo malo que era el servicio. Incluso tuvimos que poner a desayunar a la gente en la mesa de afuera, ya que no había más lugar, y muchos tenían diversas exigencias: que ya no quiero té, que la leche está fría, que se acabó la mermelada, que este azúcar no es de buena calidad, que si no servíamos submarinos, que si no hay edulcorante y un larguísimo etc. Había una señora mayor que estuvo especialmente pesada, ya que cada cinco minutos pedía algo, y a veces me alegraba de tener tanto trabajo porque así tenía una excelente excusa para dejarla hablando sola.
A las dos horas se habían ido, algunos todavía protestando.
Jorge se ocupó de las cobranzas y me dio una enorme mano, ya que sin él lo más probable hubiese sido que me encerrase con llave en un baño para no explotar, esperando que cada uno se hiciese su desayuno y me dejasen en paz. Puedo con diez, o hasta veinte personas, pero treinta demandándote es demasiado.
Con el Hostel casi vacío y de nuevo en silencio, empecé a ordenar el desastre que había quedado: lavar platos, tazas y cubiertos, guardar lo que no había sido consumido, barrer, cambiar las sábanas, controlar baños, etc. Como se habían ido todos juntos, pude hacerlo todo en poco más de una hora y media.
Pero el drama no terminó allí.
A la una menos cuarto, se levantó el santafecino y le pregunté si una bolsa con zapatos y champú era suya (la habían dejado en el dormi). Me dijo que sí, y preguntó por un vaqero que había dejado en el dormi. Lo buscamos en todo el Hostel, pero el dichoso vaquero no aparecía. Descartadas otras opciones, tuvimos que aceptar que los uruguayos lo habían hecho desaparecer, ya fuese llevándoselo o escondiendolo de alguna otra forma. No encontramos ni rastro de la dichosa prenda, y el santafecino se fue a comer, enfurruñado (y con razón).
La paz que siguió en las horas qe restaban de mi turno fue bien recibida. Sólo tuve un par de llamadas para hacer reservas, y una de Silvia. Le dije que era muy, muy necesaria en el Hostel. Ella se rió.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Reglas de Hostel

No es lo mismo alojarse en un hotel que en un hostel.
Y no me refiero a diferencia de precios, de servicios, de relaciones entre inquilinos, de baños privados o de tamaño de las habitaciones. Me refiero a cierta cultura implícita en los hosteles, y que se espera que toda persona que se aloje en establecimientos de ese tipo respete.
Por ejemplo, los baños; en los hoteles, por lo general, se tienen baños privados, pero en un hostel se comparten. Eso quiere decir que, si hay varios inquilinos, no tenés derecho a quedarte tres horas en el baño. Otro ejemplo es la heladera: todos los inquilinos ponen sus alimentos perecederos allí, por lo que se espera que el resto respete las pertenencias de los demás.
Cuando llegué al Hostel del Río, con todas las plazas ocupadas, se estaban alojando allí un grupo de rugbiers cordobeses, un chica colombiana, y un grupo de viaje uruguayo. Los deportistes (todos de treinta y cortos) se despertaron muy sobre la hora, y de los diez que eran, sólo alcanzaron a desayunar tres. Luego, al despertarse cerca de las diez y media, preguntaron si no podía hacerles el desayuno, incluso después de que les habíamos dicho que era hasta las diez de la mañana. Enseguida se hizo evidente que estaban en plan de levante, ya que era la chica más joven (en edad legal) de todas las que estaban bajo el techo del hostel. En un momento, uno de los rugbiers me pregunta qué es un "locker", y le expliqué que son los casilleros donde los huéspedes pueden poner sus pertenencias bajo candado, si quieren. Debí sospechar de inmediato cuando me preguntó si la heladera era un "locker", a lo que le contesté que el respetar las cosas de los demás estaba en la buena voluntad de cada quien, pero como estaba demasiado ocupada ordenando, limpiando y sirviendo, no le di importancia.
El grupo de uruguayos, en cambio, se portó tan bien como siempre. Eran parejas jóvenes con hijos pequeños, pero no hubo ni un llanto, aunque hubo algo de caos cuando estaban los padres calentando mamaderas mientras preparábamos el desayuno (Silvia es una inestimable ayuda cuando tenemos que hacer el desayuno con el hostel lleno), pero nada más. Me pregunté si la colombiana ya había bajado, cuando vi descender por las escaleras a una hermosa morena. Le dije que estábamos sirviendo el desayuno (como los uruguayos, había bajado a horario) y le pregunté que prefería (té, café, mate cocido). Además de tener la piel color chocolate puro con un toque de negro ónice, tenía el pelo negro atado en trencitas, y una vincha de tela mantenía su pelo alejado de su cara. Usaba ropa suelta y cómoda, y al terminar de desayunar fue a lavar su taza, como casi todos los miembros del grupo uruguayo.
Al mediodía se habían ido casi todos, salvo un par de chicas que estaban en una de las habitaciones privadas. Con todo el trabajo que había que hacer, sólo pude sentarme a comer a la una y media, y fue allí cuando descubrí lo que había pasado. No fue mala idea haber llevado ensalada de frutas como postre, pero sí lo fue el llevarla ese día. Porque cuando abrí al heladera, tanto el mini-tupper como la ensalada de frutas habían desaparecido.
Me sentí tan indignada que le mandé un mensaje de texto a Silvia, informándole del agravio. Cuando terminé de comer, tuve que conformarme con algunos caramelos que tenía en mi bolso, y luego volví a revisar habitaciones y baños (el dormi donde estaban los rugbiers cordobeses estaba hecho un asco, ya que habían llevado bebidas a la habitación -que está prohibido- y habían volcado mucho en el piso, por lo que tuvimos que limpiar el piso además de barrerlo). Cuando pensé que no iba a venir nadie más, llegó una muchacha que había dicho (a la mañana, por teléfono) que iba a llegar a la siesta. Le mostré el dormi y le dije que eligiese la cama que más le gustase, ya que no había nadie más en el dormi de mujeres en ese momento.No aguanté y le conté lo del robo de la ensalada de frutas, y la chica me dijo que, sin duda, esos tipos no tenían el mas mínimo respeto por la cultura de los hosteles.
Me gustaría que viniese, para variar, un grupo de cordobeses honesto.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Siempre con pruebas

Como todos los que trabajen en cualquier cosa relacionada con el turismo saben, hay temporadas altas y bajas. Pero, también, a veces hay circunstancias bajo las cuales se reune mucha gente en detemrinado lugar, sin que sea necesariamente temporada alta.
Por ejemplo, este domingo se juntaron un torneo de fútbol infantil, un concurso de baile provincial y un grupo de viaje. El primer grupo era de varones y el coordinador, mas unas parejas de padres con hijos, cordobeses, el segundo eran en su mayoría chicas con un par de maestras, porteñas, y el tercero eran varias familias, un grupo de viaje de uruguayos.
El Hostel del Río estaba lleno a rebosar.
Desde hace casi un mes, hemos tenido que rechazar gente que pedían hospedarse en esos días, ya que no había más lugar ni para poner colchones en el piso (además, el grupo de viaje era cerrado) y las reservas confirmadas tienen prioridad. Por lo que el desayuno fue una romería de turnos para poder acomodar a treinta y cinco personas en una mesa donde caben diez, más algunas que temrinaron en la mesita ratona que está frente a la televisón gigante de pantalla plana, junto a los sillones y el sofá. Silvia, que estaba allí para que el barco no naufragase entre tanto caos, me comentó que había vuelto a pasar.
Habían vuelto a meter colados.
De nuevo tres niños, hijos de quienes habían reservado, y por lo que pude ver (ya que estuve toda la mañana sirviendo desayunos, mientras Silvia hacía otras tareas) comían como desesperados. No parecían, ni de lejos, gente necesitada, y decidí recurrir a un método de investigación que utilizo desde hace tiempo.
Me fijé en sus fichas.
Siempre que afirmo algo, intento tener, al menos, pruebas sólidas para dar fundamento a lo que digo. Ya comenté que tanto el grupo de hombres que hicieron un desastre de los grandes en el dormi de hombres, como el grupo anterior de personas que colaron niños, eran de Córdoba. Y, en las fichas de esta pareja que coló a tres hijos, en la provincia de origen brillaba con tinta azul de la Bic: "Córdoba".
Me alegré de no estar en la piel deSilvia.
No sé cómo hace esa mujer para mantener su casa, la agencia de viajes al lado del Hostel, y el Hostel del Río sin explotar. Parece una de esas Mujeres Maravillas de lo noventa, que hace todo y no muere antes de los cuarenta y cinco. Porque sé que yo no tengo ni el carácter ni la experiencia ni la astucia ni la diplomacia para lidiar con gente que cola nenes, se quiere ir sin pagar y discute hasta el precio de las camas más baratas de toda la ciudad.
El coordinados del equipo de fútbol había pedido un par de camas para los dos choferes, uno de los cuales parecía compartir nuestra odisea de lidiar con pasajeros desubicados. Confirmó algunas de nuestras afirmaciones y añadió otras, y luego se fue a dormir la siesta, ya que a la noche tenía que volver a su provincia con diez adolescentes y un adolescente tardío que resultó ser más molesto que cualquiera de los chicos a los que, en teoría, coordinaba. A las once y media la mayoría se fue a buscar un lugar donde comer, y el chofer pensó que iba a poder dormir tranquilo. Este buen hombre me dio la razón para terminar con un dolor de cabeza.
Quien tenga la mala suerte de saber lo que es estar al frente de un grupo de adolescentes en plena edad del pavo, sabe bien lo ruidosos que son. Cuando volvieron de comer, a las tres de la tarde, se sentaron en el solar a fumar, escuchar música a volumen alto y hablaban a los gritos. Entonces, com mi mejor sonrisa les pedí que por favor no hiciesen tanto ruido, ya que su chofer estaba durmiendo y, visto y considerando que iban a poner su seguridad en las manos de ese hombre por varias horas, iba a ser mucho mejor para ellos el que ese señor estuviese bien descansado.
El ruido bajó cincuenta decibeles.
Después armaron los bolsos y se fueron, ya que volvían a su Buenos Aires querido en pocas horas y querían recorrer la ciudad. Dejaron su equipaje en la cochera y, después de arreglar todas las camas y habitaciones que quedaron vacías, comprobar que no faltase papel highiénico ni toallas secas en los baños, y de revisar otros detalles, me senté a esperar a Mariana, mi reemplazo.
Cuando llegó, después que la puse al corriente de todo lo que pasaba por el Hostel, siguió un diálogo más o menos así:
-Mariana, no sabés cuánto agradezco que estés de vuelta- empecé.
-¿Ah sí?- me miró -¿Por qué?-
-Porque el domingo anterior me tocaba esperar a Pedro, y el muy desgraciado no vino. Tuve que llamar a Silvia al final porque tenía que irme y me estaba esperando una amiga en la puerta para irnos, y teníamos un horario-
-Ah, ese-
Algo en su tono me dijo que no era la única a la que le había hecho eso.
-¿Qué pasó con Padro?-
-Ese tipo demora siempre. Fijate que hace unos días me tocaba el turno tarde, y como a las once tenía que venir él y no venía, me tuve que quedar a esperarlo. El muy caradura vino a la una y media de la noche, diciendome que lo disculpase y que ya me podía ir-
-¿Y qué pasó entonces?- pregunté, alucinada por semejante desfachatez. Pero luego agregué -¿Sufrió un imprevisto? ¿Al menos te dijo por qué se había demorado?-
-Le dije que se fuera, que ya me había quedado más de dos horas y media y que ya me quedaba. No le iba regalar laplata de las horas que trabajé cuando él debía haber estado. Y, por lo que le pude oler en el aliento, tenía varias cervezas encima y no aprecía ni arrepentido ni preocupado-
Silencio.
Nos miramos la una a la otra, ella tras el escritorio con la caja revisada en una mano y el cuaderno donde anotamos el dinero que hay en dicha caja al comienzo de cada turno en la otra, y yo parada, con el bolsito listo para irme.
-Creo que es hora de emplear a alguien que cuide mejor su trabajo- dije al fin, y entonces nos despedimos.