domingo, 15 de noviembre de 2009

Caos en el Hostel

Cuando llegué al Hostel del Río, vi un colectivo de dos pisos con patente uruguaya estacionado enfrente del edificio. Pensaba que, después de dos semanas de lleno completo, no iba a haber una tercera, y me equivoqué de medio a medio.
Había treinta y cinco pasajeros, treinta y dos con reserva y tres que intentaron meter de incógnito los turistas uruguayos. Por supuesto que fueron descubiertos, y tuvieron que pagar el alojamiento como cualquier otro inquilino. Pero si pensé que este grupo de uruguayos no eran del todo educados sólo por intentar colar gente, volví a equivocarme.
En un dormi había dos o tres muchachos que venían de Santa Fe. A uno de ellos no sólo le sacaron sus cosas de la cama que estaba ocupando, sino que le usurparon la misma cama. A parecer, fue otro muchacho del grupo de viaje de Uruguay (lo cual es extraño, ya que en casi medio año de trabajar aquí, es la primera vez que tenemos tantos problemas con un grupo de ese país) y cuando el legítimo ocupante llegó, empezaron a discutir. La cosa no pasó a mayores porque le dieron una habitación privada que se había desocupado la noche anterior, y el santafecino se fue a dormir rumiando su justificada bronca.
El caos absoluto llegó apenas puse un pie en el Hostel del Río. Los treinta y tres uruguayos se iban a las diez de la mañana, y como Silvia no estaba, tvimos que arreglárnoslas solos entre Jorge y yo. Lo peor de todo no fue tener que atender sola a más de treinta personas que te llamaban, te consultaban, te pedían y hasta demandaban que estuvieses para todos, ni el hacer el desayuno a todos, sino el escuchar a ciertas personas que murmuraban sobre lo malo que era el servicio. Incluso tuvimos que poner a desayunar a la gente en la mesa de afuera, ya que no había más lugar, y muchos tenían diversas exigencias: que ya no quiero té, que la leche está fría, que se acabó la mermelada, que este azúcar no es de buena calidad, que si no servíamos submarinos, que si no hay edulcorante y un larguísimo etc. Había una señora mayor que estuvo especialmente pesada, ya que cada cinco minutos pedía algo, y a veces me alegraba de tener tanto trabajo porque así tenía una excelente excusa para dejarla hablando sola.
A las dos horas se habían ido, algunos todavía protestando.
Jorge se ocupó de las cobranzas y me dio una enorme mano, ya que sin él lo más probable hubiese sido que me encerrase con llave en un baño para no explotar, esperando que cada uno se hiciese su desayuno y me dejasen en paz. Puedo con diez, o hasta veinte personas, pero treinta demandándote es demasiado.
Con el Hostel casi vacío y de nuevo en silencio, empecé a ordenar el desastre que había quedado: lavar platos, tazas y cubiertos, guardar lo que no había sido consumido, barrer, cambiar las sábanas, controlar baños, etc. Como se habían ido todos juntos, pude hacerlo todo en poco más de una hora y media.
Pero el drama no terminó allí.
A la una menos cuarto, se levantó el santafecino y le pregunté si una bolsa con zapatos y champú era suya (la habían dejado en el dormi). Me dijo que sí, y preguntó por un vaqero que había dejado en el dormi. Lo buscamos en todo el Hostel, pero el dichoso vaquero no aparecía. Descartadas otras opciones, tuvimos que aceptar que los uruguayos lo habían hecho desaparecer, ya fuese llevándoselo o escondiendolo de alguna otra forma. No encontramos ni rastro de la dichosa prenda, y el santafecino se fue a comer, enfurruñado (y con razón).
La paz que siguió en las horas qe restaban de mi turno fue bien recibida. Sólo tuve un par de llamadas para hacer reservas, y una de Silvia. Le dije que era muy, muy necesaria en el Hostel. Ella se rió.

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