Como han de suponer, no tomé este trabajo por el dinero (ya que me pagan muchísimo menos que a una empleada doméstica), ni tampoco porque lo quisiese (al menos, no hasta escuchar a dos extranjeros hablando en otro idioma). Lo tomé, en parte, para conocer distintos tipos de personas, en parte, para tener experiencia laboral y, en parte, para saber cómo manejarme con muchas más personas de las que veo usualmente.
No esperaba encontrarme con problemas en el primer día, aunque temía meter la pata y causar un daño real a mi empleadora o a mi. Lo de los ninjas corbodeses fue una forma rara y fuerte de experimentarlo. Pero hoy, además de enfrentarme con un nuevo problema, encontré un nuevo tipo de huésped.
El Hostel estaba a poco menos que media capacidad, lo que quiere decir que había quince personas alojadas. Al llegar, los inquilinos no daban mi señales de despertarse, por lo que Silvia me enseñó algunas de las reglas oficiales de los hosteles. Por ejemplo, que un inquilino no puede estar más de seis o siete días alojado en un hostel. Y hete aquí que había un muchacho cordobés que llevaba dos semanas alojado, y se escabullía cada vez que veía a Silvia. Y como había tres autos en la cochera, las rejas estaban abiertas, ya que el tercero tenía media trompa fuera del portal. Así que este muchacho salió por ahí y no volvió sino hasta las dos de la tarde.
En ese momento estaba sola, ya que el resto de los inquilinos había salido a comer y aún no regresaban. Cuando le dije el monto que tenía que cobrarle, al muchacho le pareció excesivo. Por un segundo tení que se pusiese violento (en estos días es bastante común la violencia por nimiedades, o como una forma de librarte de una ley consensuada hace años), pero tal cosa no sucedió. Le expliqué que ése era el monto calculado por Silvia, y le mostré cómo se había llegado a tal resultado. Incluso usé el teléfono del Hostel del Río, que tiene llamadas gratis al teléfono de Silvia, para que lo hablase con ella. Entonces le dije que, si consideraba de verdad que el precio era excesivo,podía reclamar en defensa del consumidor, pero la idea no pareció gustarle. Al final, después de mucho decir que me iba a pagar, pero que el precio le parecía excesivo, pagó la totalidad de la cuenta y le hice la boleta. Suspiré aliviada después de cerrar la puerta de calle.
Pero mi estudio de la sociedad humana no había terminado.
A las cuatro de la tarde, una amiga me esperaba fuera dle Hostel para ir a un evento. El evento tenía hora acordada, y nos quedaba poco y nada de tiempo para llegar a horario, considerando que yo salgo a las cuatro de la tarde. Como las reglas del Hostel dicen que no pueden entrar extraños al edificio, pero no dice nada sobre la vereda o el porche, le dije a mi amiga que se sentase en el banco que tenemos bajo una de las ventanas que da a la calle, y le di algo de agua fría, ya que el calor era agobiante, y esperamos por Pedro, mi reemplazo.
Esperamos quince minutos, y Pedro no llegaba.
Algunas de las cosas que más admiro de los japoneses es su honestidad, su cultura del trabajo, el ahorro y el esfuerzo, y su respeto por los demás, demsotrado en, por ejemplo, su puntualidad. En un texto que leí, en el que se transcribía una conferencia dictada por un japonés, dicha persona mencionaba el respeto pro el tiempo de las demás personas. Ya sea porque ese tiempo podría utilizado en algo más productivo que en esperar a quien llegue tarde, o porque el tiempo es, en algunos casos, literalmente dinero. Como por ejemplo, cuando tu reemplazo no llega y cobra como si hubiese trabajado el tiempo en que tuviste que esperarlo (y, por consiguiente, trabajar más sin que te paguen, tiempo que le será pagado a otro como si hubiese trabajado, y sin que tú cobres un centavo de más pese a haber trabajado horas que no te correspondían)
Llamé a Silvia, le conté lo que pasó y que tenía que irme porque me esperaban otras personas, además de mi amiga, para ir al evento. Silvia subió rauda y veloz a su auto, y en cinco minutos estaba en el Hostel. Allí me contó que no era la primera vez que Pedro llegaba tarde, y que dudaba si seguir llamánolo para cubrir turnos o no.
Al evento llegamos a tiempo.
domingo, 25 de octubre de 2009
lunes, 19 de octubre de 2009
Igualdad de acceso
Silvia me dijo que, en el Hostel, los viernes, sábados y domingos eran los días más movidos de todos. A veces, los jueves también. Por eso, este lunes fue el más tranquilo de todos los días que me han tocado, ya que sólo había un inquilino que se fue cerca de la una.
Lo que sí fue más movido fueron las reservas: hay un evento cultural y otro deportivo el último fin de semana de Octubre, por lo que ya estaba lleno un mes atrás. Llamaron no menos de cinco veces pidiendo lugares para esas fechas, y no eran una o dos por vez, ya que una quería lugar para diez y otra para quince personas. Tuve que rechazarlas a todas, ya que no había lugar ni para un alfiler (incluso con la gente que había aceptado dormir en colchones en el piso, ya que quería venir como fuese) Revisé los días anteriores y posteriores, y no me sorprendí de encontrar casi todos los días de semana vacíos.
Después, a media mañana, cuando Silvia pasaba para ver cómo iba todo, llamó una persona por teléfono, y atendió ella. El diálogo fue algo más o menos así:
Silvia: Hostel del Rio, buenos días (...) ¿Para qué días quisieran?Ajá (...) Sí, tenemos lugar para esos días (...) Lamentablemente no, tenemos escalera, perot ambién hay habitaciones en el piso de abajo (...) En ese caso no va a poder acceder a los baños, tienen puertas angustas (...) Lo siento mucho, entonces.
Ahí caí en la cuenta que el Hostel del Río no tenía facilidades para personas en sillas de ruedas.
Lo que sí fue más movido fueron las reservas: hay un evento cultural y otro deportivo el último fin de semana de Octubre, por lo que ya estaba lleno un mes atrás. Llamaron no menos de cinco veces pidiendo lugares para esas fechas, y no eran una o dos por vez, ya que una quería lugar para diez y otra para quince personas. Tuve que rechazarlas a todas, ya que no había lugar ni para un alfiler (incluso con la gente que había aceptado dormir en colchones en el piso, ya que quería venir como fuese) Revisé los días anteriores y posteriores, y no me sorprendí de encontrar casi todos los días de semana vacíos.
Después, a media mañana, cuando Silvia pasaba para ver cómo iba todo, llamó una persona por teléfono, y atendió ella. El diálogo fue algo más o menos así:
Silvia: Hostel del Rio, buenos días (...) ¿Para qué días quisieran?Ajá (...) Sí, tenemos lugar para esos días (...) Lamentablemente no, tenemos escalera, perot ambién hay habitaciones en el piso de abajo (...) En ese caso no va a poder acceder a los baños, tienen puertas angustas (...) Lo siento mucho, entonces.
Ahí caí en la cuenta que el Hostel del Río no tenía facilidades para personas en sillas de ruedas.
domingo, 18 de octubre de 2009
Día de chicas
Hoy salí al mediodía, en vez de a las cuatro de la tarde, ya que Silvia iba a festejar el día de la Madre en el Hostel del Río e iba a usar la parrilla. Vino a las ocho de la mañana, cuando estábamos haciendo la caja y el inventario, y ayudó a preparar el desayuno.
Había seis chicas de Rosario en el dormi de mujeres, y todas se despertaron a tiempo para desayunar. De veintimedios a veintilargos, las chcias demostraorn que no sólo los varones de su ciudad pueden tirar flores, aunque ellas se limitaban a palabras amables en vez de intentos sutiles de conquista. O, quizás, no tuvieron buenas experiencias antes en otras hospederías. Se fueron después del desayuno, y dejaron sus bolsos en el garage, junto con las bicicletas que alquilamos (y que nunca supe que alguien alquilase alguna), los cajones de botellas de cerveza y cachivaches varios, ya que su colectivo salía a las seis de la tarde.
Eran de formas variadas: una rubia tenía la cara larga y me hizo acordar a un caballo, además de parecerse mucho a una ex-compañera de escuela de un grado superior. Otra, de pelo corto, negro y de aspecto algo aniñado, habría estado en sua mbiente con un vestido de lolita gótica. Y una tercera era muda, así que tuve que pedirle que me señalase lo que quería desayunar.
También habían venido una familia compuesta por los padres y los tres hijos (una joven, un adoelscente prematuro y una nena) que se habían repartido en dos habitaciones. Cuando fui a ponerlas en condiciones, me di cuenta que no había fundas para el colchón de la más grande (del tamaño King), así que le puse el cubrecama y volví sin tenderla, avisándole a Silvia lo que había pasado.
En el medio del desayuno, Silvia me contó de lo que me perdí la semana anterior. Al parecer, habían venido dos delegaciones de jugadores de volei, quienes habían reservado casi todo el Hostel del Rio. En principio vino una tanda, y luego la otra, y el primer día (viernes) pasó sin problemas, pese a que ya le habían avisado desde la asociación hotelera (o una entidad con nombre similar) le habían advertido que este equipo porteño tenía fama de causar problemas.
Y los problemas no tardaron en llegar.
Cuando amaneció el sábado, los equipos tenían un partido en un club que estaba algo lejos, por lo que se iban a ir en combi. En ese momento estaba Silvia, quien, si bien no tiene memoria fotográfica, sabe bien quiénes están alojados y quiénes no en el Hostel. Mientras servía el desayuno, apareció sentada a la mesa una mujer con una nena de unos tres años, que se asustó al ver a Silvia. Enseguida notó que ella y la nena no estaba alojados en el Hostel, por lo que no les correspondía el desayuno, y cuando la coordinadora vino a reclamar, Silvia le preguntó cuántas personas venían en total. La coordinadora fue vaga, pero Silvia puso ene videncia que habían dejado entrar a personas ajenas al Hostel, para las cuales no había lugar ni drecho de usar las instalaciones. La coordinadora no sólo lo negó, sino que se ofendió y dijo que no correspondía pagar más de lo que ya había pagado (cuando se hace una reserva, se adelanta la mitad) Dejaorn los bolsos en el garage y se fueron. Silvia les retuvo el equipaje hasta que pagaron lo que debían, y se fueron bufando a sus maridos, contándole la historia desde su punto de vista.
Al parecer, pretendían irse sin pagar por la mujer, la nena y otra persona más que se había colado. Y no era un equipo de adolescentes quienes hicieron esto, sino mujeres de cuarenta y más años, algunas de ellas con sus hijos alojados en el mismo Hostel del Río. Eso fue lo que más me sorprendió, más que nada porque le estaban dando un terrible ejemplo a sus hijos. La Diosa quiera que encuentren mejores antes que sea demasiado tarde.
Había seis chicas de Rosario en el dormi de mujeres, y todas se despertaron a tiempo para desayunar. De veintimedios a veintilargos, las chcias demostraorn que no sólo los varones de su ciudad pueden tirar flores, aunque ellas se limitaban a palabras amables en vez de intentos sutiles de conquista. O, quizás, no tuvieron buenas experiencias antes en otras hospederías. Se fueron después del desayuno, y dejaron sus bolsos en el garage, junto con las bicicletas que alquilamos (y que nunca supe que alguien alquilase alguna), los cajones de botellas de cerveza y cachivaches varios, ya que su colectivo salía a las seis de la tarde.
Eran de formas variadas: una rubia tenía la cara larga y me hizo acordar a un caballo, además de parecerse mucho a una ex-compañera de escuela de un grado superior. Otra, de pelo corto, negro y de aspecto algo aniñado, habría estado en sua mbiente con un vestido de lolita gótica. Y una tercera era muda, así que tuve que pedirle que me señalase lo que quería desayunar.
También habían venido una familia compuesta por los padres y los tres hijos (una joven, un adoelscente prematuro y una nena) que se habían repartido en dos habitaciones. Cuando fui a ponerlas en condiciones, me di cuenta que no había fundas para el colchón de la más grande (del tamaño King), así que le puse el cubrecama y volví sin tenderla, avisándole a Silvia lo que había pasado.
En el medio del desayuno, Silvia me contó de lo que me perdí la semana anterior. Al parecer, habían venido dos delegaciones de jugadores de volei, quienes habían reservado casi todo el Hostel del Rio. En principio vino una tanda, y luego la otra, y el primer día (viernes) pasó sin problemas, pese a que ya le habían avisado desde la asociación hotelera (o una entidad con nombre similar) le habían advertido que este equipo porteño tenía fama de causar problemas.
Y los problemas no tardaron en llegar.
Cuando amaneció el sábado, los equipos tenían un partido en un club que estaba algo lejos, por lo que se iban a ir en combi. En ese momento estaba Silvia, quien, si bien no tiene memoria fotográfica, sabe bien quiénes están alojados y quiénes no en el Hostel. Mientras servía el desayuno, apareció sentada a la mesa una mujer con una nena de unos tres años, que se asustó al ver a Silvia. Enseguida notó que ella y la nena no estaba alojados en el Hostel, por lo que no les correspondía el desayuno, y cuando la coordinadora vino a reclamar, Silvia le preguntó cuántas personas venían en total. La coordinadora fue vaga, pero Silvia puso ene videncia que habían dejado entrar a personas ajenas al Hostel, para las cuales no había lugar ni drecho de usar las instalaciones. La coordinadora no sólo lo negó, sino que se ofendió y dijo que no correspondía pagar más de lo que ya había pagado (cuando se hace una reserva, se adelanta la mitad) Dejaorn los bolsos en el garage y se fueron. Silvia les retuvo el equipaje hasta que pagaron lo que debían, y se fueron bufando a sus maridos, contándole la historia desde su punto de vista.
Al parecer, pretendían irse sin pagar por la mujer, la nena y otra persona más que se había colado. Y no era un equipo de adolescentes quienes hicieron esto, sino mujeres de cuarenta y más años, algunas de ellas con sus hijos alojados en el mismo Hostel del Río. Eso fue lo que más me sorprendió, más que nada porque le estaban dando un terrible ejemplo a sus hijos. La Diosa quiera que encuentren mejores antes que sea demasiado tarde.
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Silvia
sábado, 17 de octubre de 2009
Una salvada (por ahora)
Este sábado fue bastante más movido que el viernes.
Para empezar, vino una alemana que estudia español. Rubia y con acento característico, dijo que prefería hablar en castellano, cuando le dije en inglés que podía hablarle en esa lengua. Tuve que servirle el desayuno en la mesa del solar, ya que estaban limpiando el piso adentro y la muchacha estaba muy por sobre la hora. De veintimedios años, la alemana era simpática y salió poco después de desayunar, contenta que le hubiese confesado que, excepto por algún que otro detalle menor y el acento, hablaba el castellano a la perfección.
Entonces empezaron a salir los demás huéspedes. Un muchacho de Neuquén buscaba alojamiento en la ciudad, pero le aconsejé una localida cercana, a la que se podía llegar en colectivo urbano. Al parecer, venía de Neuquén en busca de trabajo de guardavidas, y parecía haber pasaod por mucho en sus treinta años (aunque podría ser más joven y haber pasado por más de lo que pensé)
También había una pareja extraña; ella era una abogada de Córdoba, pero él era un muchacho de Concordia, en el interior de Entre Ríos. El primero en llegar fue él, y le entregué la llave correspondiente a su habitación privada. Después llegó ella, al parecer de un curso para abogados, y ambos se llevaron la comida a la habitación (pese a que no se permite hacerlo, y se lo dije con sutileza) Luego ella se volvió a ir, y el muchacho se fue una hora después.
Poco después se fue la muchacha de "ese lugar". Resultó que había estado sólo un año allí, por lo que aún no había adaptado esas características tan detestables, aún está a tiempo de salvarse. Muestra de ello es que no conocía ni mi apellido ni a mí, por lo que me guardé mis planes y me senté a esperar.
A los cinco minutos llamaron veinte personas para reservar lugar para fin de mes. Va a ser un fin de semana movidito.
Para empezar, vino una alemana que estudia español. Rubia y con acento característico, dijo que prefería hablar en castellano, cuando le dije en inglés que podía hablarle en esa lengua. Tuve que servirle el desayuno en la mesa del solar, ya que estaban limpiando el piso adentro y la muchacha estaba muy por sobre la hora. De veintimedios años, la alemana era simpática y salió poco después de desayunar, contenta que le hubiese confesado que, excepto por algún que otro detalle menor y el acento, hablaba el castellano a la perfección.
Entonces empezaron a salir los demás huéspedes. Un muchacho de Neuquén buscaba alojamiento en la ciudad, pero le aconsejé una localida cercana, a la que se podía llegar en colectivo urbano. Al parecer, venía de Neuquén en busca de trabajo de guardavidas, y parecía haber pasaod por mucho en sus treinta años (aunque podría ser más joven y haber pasado por más de lo que pensé)
También había una pareja extraña; ella era una abogada de Córdoba, pero él era un muchacho de Concordia, en el interior de Entre Ríos. El primero en llegar fue él, y le entregué la llave correspondiente a su habitación privada. Después llegó ella, al parecer de un curso para abogados, y ambos se llevaron la comida a la habitación (pese a que no se permite hacerlo, y se lo dije con sutileza) Luego ella se volvió a ir, y el muchacho se fue una hora después.
Poco después se fue la muchacha de "ese lugar". Resultó que había estado sólo un año allí, por lo que aún no había adaptado esas características tan detestables, aún está a tiempo de salvarse. Muestra de ello es que no conocía ni mi apellido ni a mí, por lo que me guardé mis planes y me senté a esperar.
A los cinco minutos llamaron veinte personas para reservar lugar para fin de mes. Va a ser un fin de semana movidito.
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De Neuquén,
Ese pueblo
viernes, 16 de octubre de 2009
Del viejo pueblo
Yo no viví toda mi vida en la ciudad del Río.
Nací aquí, pero por diversas circunstancias del destino terminé cursando desde el jardín de infantes hasta la secundaria en un pueblo de la misma provincia. En ese pueblo viví rodeada de gente que veía la diversidad, la originalidad y el pensamiento propio como un pecado mortal, y cuando dejé atrás la infancia y empecé a pensar por mí misma, me di cuenta que ese lugar no me gustaba. Ayudó mucho el constante rechazo a mis ideas, y a cualquiera que saliese de la mediocridad general, por ejemplo el resto de mi familia. Cada vez que venía a la Ciudad del Río, soñaba con vivir aquí, donde sabía que había seres de mi "especie". Y fue esa una de las razones por las que trabajo en el Hostel del Río: para ver diversidad.
El domingo pasado pedí el día franco, ya que había un evento muy importante para uno de mis abuelos, y quería que toda su familia estuviese presente. Esta semana, la chica que viene los viernes, el sábado y el lunes se fue de viaje, por lo que me dieron el turno a mí. Más trabajo, pero también más dinero y un acercamiento a una semana laboral de cinco días de ocho horas (o sea, iba a tener una idea de lo que es una semana laboral en serio). Casi a mi salida llegó una mujer de la misma profesión de mis padres, del pueblo que tantos malos recuerdos me dio.
Mañana le pregunto si se acuerda de nosotros.
Y, sabiendo lo chusmas que son las personas en los pueblos chicos, le voy a poner al corriente de todos mis progresos. Las desgracias de quienes me hicieron la vida miserable ya las conozco, y voy a saber cómo siguen sus patéticas vidas.
Dulce venganza japonesa...
Nací aquí, pero por diversas circunstancias del destino terminé cursando desde el jardín de infantes hasta la secundaria en un pueblo de la misma provincia. En ese pueblo viví rodeada de gente que veía la diversidad, la originalidad y el pensamiento propio como un pecado mortal, y cuando dejé atrás la infancia y empecé a pensar por mí misma, me di cuenta que ese lugar no me gustaba. Ayudó mucho el constante rechazo a mis ideas, y a cualquiera que saliese de la mediocridad general, por ejemplo el resto de mi familia. Cada vez que venía a la Ciudad del Río, soñaba con vivir aquí, donde sabía que había seres de mi "especie". Y fue esa una de las razones por las que trabajo en el Hostel del Río: para ver diversidad.
El domingo pasado pedí el día franco, ya que había un evento muy importante para uno de mis abuelos, y quería que toda su familia estuviese presente. Esta semana, la chica que viene los viernes, el sábado y el lunes se fue de viaje, por lo que me dieron el turno a mí. Más trabajo, pero también más dinero y un acercamiento a una semana laboral de cinco días de ocho horas (o sea, iba a tener una idea de lo que es una semana laboral en serio). Casi a mi salida llegó una mujer de la misma profesión de mis padres, del pueblo que tantos malos recuerdos me dio.
Mañana le pregunto si se acuerda de nosotros.
Y, sabiendo lo chusmas que son las personas en los pueblos chicos, le voy a poner al corriente de todos mis progresos. Las desgracias de quienes me hicieron la vida miserable ya las conozco, y voy a saber cómo siguen sus patéticas vidas.
Dulce venganza japonesa...
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