Pesqué un resfriado.
No fui al trabajo.
Silvia me dijo que vinieron al Hostel una china y un japonés.
¡¡¡Maldito resfriado!!!
domingo, 31 de mayo de 2009
lunes, 25 de mayo de 2009
El español, la francesa, y la novia hippie de Fito Páez
Una de las cosas por las que tomé este trabajo es por la cantidad de gente variada que viene al hostel. No un montón de gente de un grupo determinado, sino un popurri de personas. De otras provincias y, en especial, de otros países.
Uno de los requisitos para trabajar en un hostel es dominar el inglés. Y hoy, al enterarme que entre los huéspedes teníamos a un español y una francesa que venían viajando juntos, me emocioné. Después del desayuno me puse a hablar con ellos, y como la chica no hababa bien el castellano y yo con suerte sé unas dos palabras en francés, hablamos e inglés.
Resulta que esta muchacha se vino a la Argentina porque en su Francia natal no encontraba trabajo, así que se dijo "¿Por qué no?" y se subió al avión. Al parecer, mal no le fue, ya que en este país los inmigrantes europeos son bienvenidos, y más si vienen de países como España, Francia, Italia, Alemania o Inglaterra.
La chica debía tener unos veintilargos, como el español, pero a diferencia de él, no era una estudiante de ingeniería acústica. El muchacho me dijo que estudiaba esa carrera, y que sus conocimientos se utilizaban en los cines, teatros y boliches (para dar uns ejemplos) para aprovechar al máximo la potencia del sonido.
Ambos parecían muy simpáticos y querían seguir viaje a una ciudad vecina, en otra provincia, separada por el río que le da nombre al hostel. Preguntaron cómo podían ir a la terminal, pero yo les avisé que a una cuadra y media había una parada del colectivo que iba a dicha ciudad. Salieron a dar una última vueltita por la ciudad (el muchacho me dijo que, si apareciese allí de repente, pensaría que estaba en España, ya que la arquitectura es muy española) y, una media hora después, acalorados por el veranito que nos perseguía aún a un mes del invierno, volvieron al hostel, diciéndome que estaba todo cerrado. Creo que nadie les había avisado que era feriado nacional (veinticinco de Mayo), por lo que había poco y nada abierto. Fue una suerte que la noche anterior unos cordobeses hubiesen dejado varias botellas de gaseosa en el hostel (si no se las llevaban quedaban para el personal) y que yo ya hubiese vaciado mi botellita de jugo de mi almuerzo. Les llené la botellita con gaseosa fría y se fueron contentos.
Los que no se fueron contentos fue una pareja joven. No averigüé sus nombres, pero el muchacho era la viva imagen de Fito Páez, y la chica era una hippie declarada. Según me contó Silvia (y algo escuché mientras cambiaba las sábanas) no tenían plata para pagar el último día que se habían quedado, por lo que dejaron el documento de la chica y prometieorn volver después con la plata. No me extrañó que no fuese el del muchacho, ya que me enteré que distaba de ser una persona considerada: ni siquiera agradecía cuando se le abría la puerta (con llave) y hasta manipuló el módem con el que nos conectamos a Internet. Servicio incluido en el precio de la estadía, pero no al punto de poder ser manipulado por un huésped de esa forma, trabaja en Internet o no. Por medio día no tuvimos servicio, y eso fue la punta del témpano, según supe después.
Al poco tiempo, llegaron unos cinco o seis chicos de catorce años con un mayor. Eran un equipo de hockey con su entrenador que venían a disputar un partido. Se quedaban cinco días, más si ganaban, pero yo supe que no iban a llegar muy lejos.
En el equipo había un chico de procedencia española, y lo molestaban mucho. Me recordó a cierta muchachita que soñaba con el día que proyectasen en su pueblo natal la versión cinematográfica de una de sus obras, y recordé la película "Bang, bang, hombre muerto". Si tenían esa unidad de equipo, ¿cómo iban a ganar? Casi se lo digo cuando se subieron a la camioneta que los llevaba al partido, pero el muchacho que venía a relevarme me advirtió que eso les entra por un oído y les sale por el otro. No me extrañó.
Silvia me dijo que no voy a tener un día más ocupado que ayer.
Menos mal, porque nos la pasamos a los saltos contrarreloj.
Uno de los requisitos para trabajar en un hostel es dominar el inglés. Y hoy, al enterarme que entre los huéspedes teníamos a un español y una francesa que venían viajando juntos, me emocioné. Después del desayuno me puse a hablar con ellos, y como la chica no hababa bien el castellano y yo con suerte sé unas dos palabras en francés, hablamos e inglés.
Resulta que esta muchacha se vino a la Argentina porque en su Francia natal no encontraba trabajo, así que se dijo "¿Por qué no?" y se subió al avión. Al parecer, mal no le fue, ya que en este país los inmigrantes europeos son bienvenidos, y más si vienen de países como España, Francia, Italia, Alemania o Inglaterra.
La chica debía tener unos veintilargos, como el español, pero a diferencia de él, no era una estudiante de ingeniería acústica. El muchacho me dijo que estudiaba esa carrera, y que sus conocimientos se utilizaban en los cines, teatros y boliches (para dar uns ejemplos) para aprovechar al máximo la potencia del sonido.
Ambos parecían muy simpáticos y querían seguir viaje a una ciudad vecina, en otra provincia, separada por el río que le da nombre al hostel. Preguntaron cómo podían ir a la terminal, pero yo les avisé que a una cuadra y media había una parada del colectivo que iba a dicha ciudad. Salieron a dar una última vueltita por la ciudad (el muchacho me dijo que, si apareciese allí de repente, pensaría que estaba en España, ya que la arquitectura es muy española) y, una media hora después, acalorados por el veranito que nos perseguía aún a un mes del invierno, volvieron al hostel, diciéndome que estaba todo cerrado. Creo que nadie les había avisado que era feriado nacional (veinticinco de Mayo), por lo que había poco y nada abierto. Fue una suerte que la noche anterior unos cordobeses hubiesen dejado varias botellas de gaseosa en el hostel (si no se las llevaban quedaban para el personal) y que yo ya hubiese vaciado mi botellita de jugo de mi almuerzo. Les llené la botellita con gaseosa fría y se fueron contentos.
Los que no se fueron contentos fue una pareja joven. No averigüé sus nombres, pero el muchacho era la viva imagen de Fito Páez, y la chica era una hippie declarada. Según me contó Silvia (y algo escuché mientras cambiaba las sábanas) no tenían plata para pagar el último día que se habían quedado, por lo que dejaron el documento de la chica y prometieorn volver después con la plata. No me extrañó que no fuese el del muchacho, ya que me enteré que distaba de ser una persona considerada: ni siquiera agradecía cuando se le abría la puerta (con llave) y hasta manipuló el módem con el que nos conectamos a Internet. Servicio incluido en el precio de la estadía, pero no al punto de poder ser manipulado por un huésped de esa forma, trabaja en Internet o no. Por medio día no tuvimos servicio, y eso fue la punta del témpano, según supe después.
Al poco tiempo, llegaron unos cinco o seis chicos de catorce años con un mayor. Eran un equipo de hockey con su entrenador que venían a disputar un partido. Se quedaban cinco días, más si ganaban, pero yo supe que no iban a llegar muy lejos.
En el equipo había un chico de procedencia española, y lo molestaban mucho. Me recordó a cierta muchachita que soñaba con el día que proyectasen en su pueblo natal la versión cinematográfica de una de sus obras, y recordé la película "Bang, bang, hombre muerto". Si tenían esa unidad de equipo, ¿cómo iban a ganar? Casi se lo digo cuando se subieron a la camioneta que los llevaba al partido, pero el muchacho que venía a relevarme me advirtió que eso les entra por un oído y les sale por el otro. No me extrañó.
Silvia me dijo que no voy a tener un día más ocupado que ayer.
Menos mal, porque nos la pasamos a los saltos contrarreloj.
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domingo, 24 de mayo de 2009
Asado con papas fritas
El domingo pasado, me dijo Silvia, había sido muy inusual por lo tranquilo. Y, al llegar hoy al Hostel Del Río, entendí lo que me quiso decir.
En la cocina me encontré con el hijo de Silvia, quien tenía el turno del sábado a la noche hasta la mañana del domingo, y había dos rosarinos sentados en el piso. Estaban borrachos y se la pasaron hablando de la relatividad del ser, del tiempo y de mil cosas más, hasta que uno me propuso casamiento.
Cuando Silvia me dijo que los rosarinos tienen esa forma de ser, tirarle flores a toda fémina, no pensé que llegasen a tanto.
Ni siquiera borrachos.
Después de un rato, se fueron a dormir y hubo calma. Una hora después empezaron a despertarse los primeros huéspedes, y comenzó todo el trajín del desyuno. Llegaron a reunirse hasta diez personas en la mesa del patio, y eso que se despertaban en tandas: algunos desayunaron a las nueve, otros a las diez, y los rosarinos a las once. Un equipo de rugbiers se levantó casi completo, después de una fiesta con asado que habían hecho en el quincho del hostel. Luego, la mayoría se fue a pasear por la ciudad, y recibí una llamada de otro hostel. Unos cordobeses iban a ir y necesitaban una habitación doble: corrieron con suerte, ya que sólo quedaba una sola en todo el edificio.
Lo que no me gustó fue que unas horas después llamase un hombre, con un acento extranjero notorio, y preguntase si había habitaciones privadas libres. Y fueron los extranjeros la razón por la cual tomé este trabajo. Me dolió el negarle el hospedaje, pero no teníamos lugar: y no sólo por él, sino porque todos los demás hosteles de la ciudad estaban ocupados hasta el techo. Fin de semana largo, por supuesto.
Y eso no fue nada.
Cuando al fin el grupo de los rugbiers (todos del interior de la provincia) se despertaron, Silvia vino a ayudarme. Y necesité toda la ayuda posible, ya que el desastre que dejaron fue de antología.
Lo de ver camas destendidas es comprensible.
Lo que no es comprensible para nada es ver calzoncillos olvidados, pantalones, encendedores, cajas de cigarrillos vacías tiradas por el piso, y, lo mejor de todo, un montón de papas fritas de paquete tiradas en el piso, como si se les hiubiese caído la mayoría y utilizacen el resto para hacer guerre de comida.
Pensaba almorzar a meidodía.
Incluso con la ayuda de Silvia, terminé a la una y media.
Tuve que tender sola las diez camas, ya que Silvia tenía que irse a hacer otras cosas, y al final estaba cansada y casi sin hambre, pero igual me senté a comer mi almuerzo. Comida, bebida y postre, en la mesa de vidrio del comedor, frente al gigantesco televisor con pantalla plana. Lo pensé sólo un poco y prendí el televisor, y justo enganché una película de esas que me gustan. Después de limpiar y guardar todo, me senté en uno de los sillones y miré televisión por un buen rato, hasta que llegó la mitad del grupo de cordobeses.
Llegaron casi sobre mi hora de salida, por lo que pensé que era Silvia. Pero resultaron ser un grupo de cuatro cordobeses ecléctico, de esos grupos raros que me gustan. Los hice pasar, diciéndoles cómo funcionaba el hostel, y enseguida se prendieron a laPC con Internet gratis. Después, dos se pusieron a ver carreras de autos, por lo que ya se habían instalado y estaban cómodos. Recordé el desastre que habían dejado los rugbiers, y mientras escuchaba el acento cordobés de los muchachos pensé que todo el esfuerzo había valido la pena.
Lo que no me terminó de gustar fue saber que iban a hacer asado a la noche.
Espero que no les guste el rugby.
En la cocina me encontré con el hijo de Silvia, quien tenía el turno del sábado a la noche hasta la mañana del domingo, y había dos rosarinos sentados en el piso. Estaban borrachos y se la pasaron hablando de la relatividad del ser, del tiempo y de mil cosas más, hasta que uno me propuso casamiento.
Cuando Silvia me dijo que los rosarinos tienen esa forma de ser, tirarle flores a toda fémina, no pensé que llegasen a tanto.
Ni siquiera borrachos.
Después de un rato, se fueron a dormir y hubo calma. Una hora después empezaron a despertarse los primeros huéspedes, y comenzó todo el trajín del desyuno. Llegaron a reunirse hasta diez personas en la mesa del patio, y eso que se despertaban en tandas: algunos desayunaron a las nueve, otros a las diez, y los rosarinos a las once. Un equipo de rugbiers se levantó casi completo, después de una fiesta con asado que habían hecho en el quincho del hostel. Luego, la mayoría se fue a pasear por la ciudad, y recibí una llamada de otro hostel. Unos cordobeses iban a ir y necesitaban una habitación doble: corrieron con suerte, ya que sólo quedaba una sola en todo el edificio.
Lo que no me gustó fue que unas horas después llamase un hombre, con un acento extranjero notorio, y preguntase si había habitaciones privadas libres. Y fueron los extranjeros la razón por la cual tomé este trabajo. Me dolió el negarle el hospedaje, pero no teníamos lugar: y no sólo por él, sino porque todos los demás hosteles de la ciudad estaban ocupados hasta el techo. Fin de semana largo, por supuesto.
Y eso no fue nada.
Cuando al fin el grupo de los rugbiers (todos del interior de la provincia) se despertaron, Silvia vino a ayudarme. Y necesité toda la ayuda posible, ya que el desastre que dejaron fue de antología.
Lo de ver camas destendidas es comprensible.
Lo que no es comprensible para nada es ver calzoncillos olvidados, pantalones, encendedores, cajas de cigarrillos vacías tiradas por el piso, y, lo mejor de todo, un montón de papas fritas de paquete tiradas en el piso, como si se les hiubiese caído la mayoría y utilizacen el resto para hacer guerre de comida.
Pensaba almorzar a meidodía.
Incluso con la ayuda de Silvia, terminé a la una y media.
Tuve que tender sola las diez camas, ya que Silvia tenía que irse a hacer otras cosas, y al final estaba cansada y casi sin hambre, pero igual me senté a comer mi almuerzo. Comida, bebida y postre, en la mesa de vidrio del comedor, frente al gigantesco televisor con pantalla plana. Lo pensé sólo un poco y prendí el televisor, y justo enganché una película de esas que me gustan. Después de limpiar y guardar todo, me senté en uno de los sillones y miré televisión por un buen rato, hasta que llegó la mitad del grupo de cordobeses.
Llegaron casi sobre mi hora de salida, por lo que pensé que era Silvia. Pero resultaron ser un grupo de cuatro cordobeses ecléctico, de esos grupos raros que me gustan. Los hice pasar, diciéndoles cómo funcionaba el hostel, y enseguida se prendieron a laPC con Internet gratis. Después, dos se pusieron a ver carreras de autos, por lo que ya se habían instalado y estaban cómodos. Recordé el desastre que habían dejado los rugbiers, y mientras escuchaba el acento cordobés de los muchachos pensé que todo el esfuerzo había valido la pena.
Lo que no me terminó de gustar fue saber que iban a hacer asado a la noche.
Espero que no les guste el rugby.
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Silvia
viernes, 22 de mayo de 2009
Primer día
Primer día de trabajo, día domingo, el más raro para comenzar.
El levantarme temprano para llegar a las ocho de la mañana no es problema, aunque viva a media hora en colectivo del centro, donde está el hostel. Lo que de verdad me costó fue no salir con un garrote a romperle el estéreo a mi vecino, quien nos obsequió con música variada desde las doce de la noche del sábado hasta la una. Cuando me niegan un derecho tan elemental como el poder dormir en mi casa sin molestias externas, me pongo furiosa, y si no hubiesen cortado la música de seguro hubiese hecho algo (y no sé si me hubiese arrepentido después)
Al llegar me encontré con el hijo de Silvia, cuyo nombre no recuerdo, quien había hecho el turno del sábado a la noche, junto con Silvia y el marido de ella. Si bien el día anterior, sábado, fui a la mañana a ver a Mariana (quien tiene ese turno) para que me mostrase dónde estaba todo, un repaso más profundo no venía nada mal. Lo que más me costó fue el aprender cómo funcionaba la cafetera (me llevó minuto y medio, ya que nunca había usado una) y luego de unas cuantas explicaciones más, me dejaron tras el escritorio.
Soy empleadao del Hostel Del Río.
Atiendo llamadas, anoto cuentas y cobro a los huéspedes, además de de brindarles toda la información que pueda a y mantener limpio el lugar. La mañana transcurrío tranquila, ya que había sólo dos habitaicones ocupadas: la triple (donde se hospedaban una pareja y su hijita de dos años) y la doble (ocupada por una pareja de no más de veintipico) Lo único que tuve que limpiar ese día fueron unas migas que habían quedado en el piso del comedor. La pareja joven se quedaba un día más, y lo único que tuve que hacer fue cobrarle a la pareja con la nena. Y ahí fue donde sucedió EL problema del día: no sabía cómo abrir la reja de la cochera. Menos mal que esta gente era comprensiva, ya que me ayudó hasta que encontré el botón para abrir y cerrar la puerta.
Luego, vino Silvia a media mañana. De entrada me cayó simpática, y más al saber por qué llevaba el hostel. Le habían dicho que no podría hacerlo, y ella dijo que en X tiempo habría tres hosteles en la ciudad. Hasta ahora hay dos. Por eso no me molestó para nada el ayudar con algunas cosas de su mudanza, ya que estaba trasladando su oficina a una habitación del hostel, con vista a la calle. Había otros dos muchachos allí, Pedro y Jorge, quienes ayudaron con la mudanza, y acomodamos todo como pudimos, en especial porque no cabía todo lo que Silvia tenía en su oficina.
Al mediodía preparé mi comida y me senté en la emsa del comedor. Jorge estaba mirando un partido de tenis en la pantalla plana de la sala-comedor, junto con el marido de Silvia. Después de esperar los tres minutos de rigor apra el ramen instantáneo, empecé a comer despacio y mirando la pantalla sin muchas ganas. Luego comí un par de pedazos de torta que había llevado, junto con la botellita de jugo que me habíapreparado la noche anterior. Comoe s de suponer, limpié todo lo que había usado antes de volver al trabajo.
Mi primer día terminó a las dos de la tarde. Me llevé mi platita en el bolsillo y una excelente impresión del Hostel Del Río. Y en el transcurso de la semana siguiente, Silvia me preguntó si podría ir los lunes también, en el mismo horario.
Y así empezó la aventura.
El levantarme temprano para llegar a las ocho de la mañana no es problema, aunque viva a media hora en colectivo del centro, donde está el hostel. Lo que de verdad me costó fue no salir con un garrote a romperle el estéreo a mi vecino, quien nos obsequió con música variada desde las doce de la noche del sábado hasta la una. Cuando me niegan un derecho tan elemental como el poder dormir en mi casa sin molestias externas, me pongo furiosa, y si no hubiesen cortado la música de seguro hubiese hecho algo (y no sé si me hubiese arrepentido después)
Al llegar me encontré con el hijo de Silvia, cuyo nombre no recuerdo, quien había hecho el turno del sábado a la noche, junto con Silvia y el marido de ella. Si bien el día anterior, sábado, fui a la mañana a ver a Mariana (quien tiene ese turno) para que me mostrase dónde estaba todo, un repaso más profundo no venía nada mal. Lo que más me costó fue el aprender cómo funcionaba la cafetera (me llevó minuto y medio, ya que nunca había usado una) y luego de unas cuantas explicaciones más, me dejaron tras el escritorio.
Soy empleadao del Hostel Del Río.
Atiendo llamadas, anoto cuentas y cobro a los huéspedes, además de de brindarles toda la información que pueda a y mantener limpio el lugar. La mañana transcurrío tranquila, ya que había sólo dos habitaicones ocupadas: la triple (donde se hospedaban una pareja y su hijita de dos años) y la doble (ocupada por una pareja de no más de veintipico) Lo único que tuve que limpiar ese día fueron unas migas que habían quedado en el piso del comedor. La pareja joven se quedaba un día más, y lo único que tuve que hacer fue cobrarle a la pareja con la nena. Y ahí fue donde sucedió EL problema del día: no sabía cómo abrir la reja de la cochera. Menos mal que esta gente era comprensiva, ya que me ayudó hasta que encontré el botón para abrir y cerrar la puerta.
Luego, vino Silvia a media mañana. De entrada me cayó simpática, y más al saber por qué llevaba el hostel. Le habían dicho que no podría hacerlo, y ella dijo que en X tiempo habría tres hosteles en la ciudad. Hasta ahora hay dos. Por eso no me molestó para nada el ayudar con algunas cosas de su mudanza, ya que estaba trasladando su oficina a una habitación del hostel, con vista a la calle. Había otros dos muchachos allí, Pedro y Jorge, quienes ayudaron con la mudanza, y acomodamos todo como pudimos, en especial porque no cabía todo lo que Silvia tenía en su oficina.
Al mediodía preparé mi comida y me senté en la emsa del comedor. Jorge estaba mirando un partido de tenis en la pantalla plana de la sala-comedor, junto con el marido de Silvia. Después de esperar los tres minutos de rigor apra el ramen instantáneo, empecé a comer despacio y mirando la pantalla sin muchas ganas. Luego comí un par de pedazos de torta que había llevado, junto con la botellita de jugo que me habíapreparado la noche anterior. Comoe s de suponer, limpié todo lo que había usado antes de volver al trabajo.
Mi primer día terminó a las dos de la tarde. Me llevé mi platita en el bolsillo y una excelente impresión del Hostel Del Río. Y en el transcurso de la semana siguiente, Silvia me preguntó si podría ir los lunes también, en el mismo horario.
Y así empezó la aventura.
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Cómo comenzó todo
Hace cosa de un mes, estaba la que escribe caminando por una calle cercana a la peatonal, cuando escuché algo que me hizo parar en seco. Escuché hablar a una pareja en un idioma que no conocía, y los vi entrar en un local que nunca había visto antes: Hostel Del Río. Entré movida por la curiosidad, y me enteré de qué se trataba: un "hotel" más parecido a una casa, donde se pagaba la noche a precios mucho más económicos que los hoteles tradicionales.
Pregunté qué se necesitaba para trabajar allí.
Unos días después, llevé mi currículum a la oficina de Silvia, la dueña del hostel, y empecé a trabajar un par de días después. El horario no era el más común (domingo de ocho de la mañana a cuatro de la tarde) ni el sueldo alto, pero yo quería hacer ese trabajo. Me había enterado que esa pareja de muchachos eran australianos, y yo siempre adoré la variedad humana, en especial por haber crecido en un pueblo del interior en donde casi todos eran copias unos de los otros.
Por eso empecé a trabajar en el Hostel del Río.
Pregunté qué se necesitaba para trabajar allí.
Unos días después, llevé mi currículum a la oficina de Silvia, la dueña del hostel, y empecé a trabajar un par de días después. El horario no era el más común (domingo de ocho de la mañana a cuatro de la tarde) ni el sueldo alto, pero yo quería hacer ese trabajo. Me había enterado que esa pareja de muchachos eran australianos, y yo siempre adoré la variedad humana, en especial por haber crecido en un pueblo del interior en donde casi todos eran copias unos de los otros.
Por eso empecé a trabajar en el Hostel del Río.
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