Hace cosa de un mes, estaba la que escribe caminando por una calle cercana a la peatonal, cuando escuché algo que me hizo parar en seco. Escuché hablar a una pareja en un idioma que no conocía, y los vi entrar en un local que nunca había visto antes: Hostel Del Río. Entré movida por la curiosidad, y me enteré de qué se trataba: un "hotel" más parecido a una casa, donde se pagaba la noche a precios mucho más económicos que los hoteles tradicionales.
Pregunté qué se necesitaba para trabajar allí.
Unos días después, llevé mi currículum a la oficina de Silvia, la dueña del hostel, y empecé a trabajar un par de días después. El horario no era el más común (domingo de ocho de la mañana a cuatro de la tarde) ni el sueldo alto, pero yo quería hacer ese trabajo. Me había enterado que esa pareja de muchachos eran australianos, y yo siempre adoré la variedad humana, en especial por haber crecido en un pueblo del interior en donde casi todos eran copias unos de los otros.
Por eso empecé a trabajar en el Hostel del Río.
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