Primer día de trabajo, día domingo, el más raro para comenzar.
El levantarme temprano para llegar a las ocho de la mañana no es problema, aunque viva a media hora en colectivo del centro, donde está el hostel. Lo que de verdad me costó fue no salir con un garrote a romperle el estéreo a mi vecino, quien nos obsequió con música variada desde las doce de la noche del sábado hasta la una. Cuando me niegan un derecho tan elemental como el poder dormir en mi casa sin molestias externas, me pongo furiosa, y si no hubiesen cortado la música de seguro hubiese hecho algo (y no sé si me hubiese arrepentido después)
Al llegar me encontré con el hijo de Silvia, cuyo nombre no recuerdo, quien había hecho el turno del sábado a la noche, junto con Silvia y el marido de ella. Si bien el día anterior, sábado, fui a la mañana a ver a Mariana (quien tiene ese turno) para que me mostrase dónde estaba todo, un repaso más profundo no venía nada mal. Lo que más me costó fue el aprender cómo funcionaba la cafetera (me llevó minuto y medio, ya que nunca había usado una) y luego de unas cuantas explicaciones más, me dejaron tras el escritorio.
Soy empleadao del Hostel Del Río.
Atiendo llamadas, anoto cuentas y cobro a los huéspedes, además de de brindarles toda la información que pueda a y mantener limpio el lugar. La mañana transcurrío tranquila, ya que había sólo dos habitaicones ocupadas: la triple (donde se hospedaban una pareja y su hijita de dos años) y la doble (ocupada por una pareja de no más de veintipico) Lo único que tuve que limpiar ese día fueron unas migas que habían quedado en el piso del comedor. La pareja joven se quedaba un día más, y lo único que tuve que hacer fue cobrarle a la pareja con la nena. Y ahí fue donde sucedió EL problema del día: no sabía cómo abrir la reja de la cochera. Menos mal que esta gente era comprensiva, ya que me ayudó hasta que encontré el botón para abrir y cerrar la puerta.
Luego, vino Silvia a media mañana. De entrada me cayó simpática, y más al saber por qué llevaba el hostel. Le habían dicho que no podría hacerlo, y ella dijo que en X tiempo habría tres hosteles en la ciudad. Hasta ahora hay dos. Por eso no me molestó para nada el ayudar con algunas cosas de su mudanza, ya que estaba trasladando su oficina a una habitación del hostel, con vista a la calle. Había otros dos muchachos allí, Pedro y Jorge, quienes ayudaron con la mudanza, y acomodamos todo como pudimos, en especial porque no cabía todo lo que Silvia tenía en su oficina.
Al mediodía preparé mi comida y me senté en la emsa del comedor. Jorge estaba mirando un partido de tenis en la pantalla plana de la sala-comedor, junto con el marido de Silvia. Después de esperar los tres minutos de rigor apra el ramen instantáneo, empecé a comer despacio y mirando la pantalla sin muchas ganas. Luego comí un par de pedazos de torta que había llevado, junto con la botellita de jugo que me habíapreparado la noche anterior. Comoe s de suponer, limpié todo lo que había usado antes de volver al trabajo.
Mi primer día terminó a las dos de la tarde. Me llevé mi platita en el bolsillo y una excelente impresión del Hostel Del Río. Y en el transcurso de la semana siguiente, Silvia me preguntó si podría ir los lunes también, en el mismo horario.
Y así empezó la aventura.
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