Una de las cosas por las que tomé este trabajo es por la cantidad de gente variada que viene al hostel. No un montón de gente de un grupo determinado, sino un popurri de personas. De otras provincias y, en especial, de otros países.
Uno de los requisitos para trabajar en un hostel es dominar el inglés. Y hoy, al enterarme que entre los huéspedes teníamos a un español y una francesa que venían viajando juntos, me emocioné. Después del desayuno me puse a hablar con ellos, y como la chica no hababa bien el castellano y yo con suerte sé unas dos palabras en francés, hablamos e inglés.
Resulta que esta muchacha se vino a la Argentina porque en su Francia natal no encontraba trabajo, así que se dijo "¿Por qué no?" y se subió al avión. Al parecer, mal no le fue, ya que en este país los inmigrantes europeos son bienvenidos, y más si vienen de países como España, Francia, Italia, Alemania o Inglaterra.
La chica debía tener unos veintilargos, como el español, pero a diferencia de él, no era una estudiante de ingeniería acústica. El muchacho me dijo que estudiaba esa carrera, y que sus conocimientos se utilizaban en los cines, teatros y boliches (para dar uns ejemplos) para aprovechar al máximo la potencia del sonido.
Ambos parecían muy simpáticos y querían seguir viaje a una ciudad vecina, en otra provincia, separada por el río que le da nombre al hostel. Preguntaron cómo podían ir a la terminal, pero yo les avisé que a una cuadra y media había una parada del colectivo que iba a dicha ciudad. Salieron a dar una última vueltita por la ciudad (el muchacho me dijo que, si apareciese allí de repente, pensaría que estaba en España, ya que la arquitectura es muy española) y, una media hora después, acalorados por el veranito que nos perseguía aún a un mes del invierno, volvieron al hostel, diciéndome que estaba todo cerrado. Creo que nadie les había avisado que era feriado nacional (veinticinco de Mayo), por lo que había poco y nada abierto. Fue una suerte que la noche anterior unos cordobeses hubiesen dejado varias botellas de gaseosa en el hostel (si no se las llevaban quedaban para el personal) y que yo ya hubiese vaciado mi botellita de jugo de mi almuerzo. Les llené la botellita con gaseosa fría y se fueron contentos.
Los que no se fueron contentos fue una pareja joven. No averigüé sus nombres, pero el muchacho era la viva imagen de Fito Páez, y la chica era una hippie declarada. Según me contó Silvia (y algo escuché mientras cambiaba las sábanas) no tenían plata para pagar el último día que se habían quedado, por lo que dejaron el documento de la chica y prometieorn volver después con la plata. No me extrañó que no fuese el del muchacho, ya que me enteré que distaba de ser una persona considerada: ni siquiera agradecía cuando se le abría la puerta (con llave) y hasta manipuló el módem con el que nos conectamos a Internet. Servicio incluido en el precio de la estadía, pero no al punto de poder ser manipulado por un huésped de esa forma, trabaja en Internet o no. Por medio día no tuvimos servicio, y eso fue la punta del témpano, según supe después.
Al poco tiempo, llegaron unos cinco o seis chicos de catorce años con un mayor. Eran un equipo de hockey con su entrenador que venían a disputar un partido. Se quedaban cinco días, más si ganaban, pero yo supe que no iban a llegar muy lejos.
En el equipo había un chico de procedencia española, y lo molestaban mucho. Me recordó a cierta muchachita que soñaba con el día que proyectasen en su pueblo natal la versión cinematográfica de una de sus obras, y recordé la película "Bang, bang, hombre muerto". Si tenían esa unidad de equipo, ¿cómo iban a ganar? Casi se lo digo cuando se subieron a la camioneta que los llevaba al partido, pero el muchacho que venía a relevarme me advirtió que eso les entra por un oído y les sale por el otro. No me extrañó.
Silvia me dijo que no voy a tener un día más ocupado que ayer.
Menos mal, porque nos la pasamos a los saltos contrarreloj.
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