-Hola Silvia, ¿cómo estas?-
-Bien, bien querida, ¿y vos?-
-Bárbaro-
-Decime, querida, ¿vos podrías venir el viernes a la mañana?-
-¿El primero de Enero?-
-Sí-
-...Considerando que es feriado, podria ir si es bajo las condiciones del trabajo en un dia feriado. Creo que contaria como horas extras, ¿no?-
Silencio.
-...Este, bueno, Alicia, deja nomas-
-Feliz año nuevo, Silvia-
-Para vos también, querida-
jueves, 31 de diciembre de 2009
domingo, 27 de diciembre de 2009
La alegría no es sólo brasileña
Ésta vez, al llegar al Hostel del Río me enteré que había cuatro brasileños de salida. Por lo general, la gente se imagina que los brasileños son todos de piel oscura, pero al realidad es que en Brasil abunda el mestizaje, al punto que no me sorprendió del todo el ver a los chicos en cuestión.
Más que de Brasil, parecían la clásica imagen que se tiene de jóvenes porteños de la noche, pelo cortado tipo casco y anteojos de sol gigantes incluidos. Si no hablaban, podrían haber pasado por argentinos sin problemas.
Y problemas fueron los que faltaron en el Hostel, ya que hoy nadie tenía ganas de levantarse temprano. Nadie bajó a desayunar, y los que se levantaron lo hicieron a las tres de la tarde, y se quedaron en sus habitaciones. Cuando llegaron las cuatro, nada había cambiado. A ver qué me trae el año que viene.
Más que de Brasil, parecían la clásica imagen que se tiene de jóvenes porteños de la noche, pelo cortado tipo casco y anteojos de sol gigantes incluidos. Si no hablaban, podrían haber pasado por argentinos sin problemas.
Y problemas fueron los que faltaron en el Hostel, ya que hoy nadie tenía ganas de levantarse temprano. Nadie bajó a desayunar, y los que se levantaron lo hicieron a las tres de la tarde, y se quedaron en sus habitaciones. Cuando llegaron las cuatro, nada había cambiado. A ver qué me trae el año que viene.
domingo, 20 de diciembre de 2009
Caleidoscopio
Cuando era chica, un día encontré en casa de mis abuelos un antiguo libro de texto de los años sesenta, titulado "Caleidoscopio". En uno de los capítulos del susodicho, dos niños se maravillan ante la enorme diversidad de un país, y más aún al saber que lo que están viendo es la Argentina.
La razón por la que prefiero extranjeros a argentinos no es porque en mi país no haya variedad (y la he visto), ni porque nos paguen en euros (todos, excepto un mendocino que nos pagó en dólares, nos pagan con pesos), ni porque tenga nada en contra de mis compatriotas. Es sólo que los extranjeros hablan en otros idiomas y, a veces, traen consigo cosas extrañas que aquí no se consiguen.
Por ejemplo, hoy vinieron una pareja de holandeses. Paragon el uso diario y se quedaron en la salita, la chica mirando televisión y el chico usando algo que parecía una PC portátil, pero con la mitad del tamaño. En un momento sale de dicha portátil una voz en lo que parecía ser su mismo idioma, y la chica fue a saludad a quienquiera que fuese el muchacho del otro lado de la pantalla.
Los dos eran hermosos: la chica era alta, rubia, de ojos verdes y sonreía en todo momento. El chico era más alto aún, de pelo castaño claro y unos ojos celeste que voy a recordar por mucho tiempo. Pero lo que más me gustó fue oírlos hablar en ese idioma tan extraño, sabiendo que yo no los entendía.
Son momentos como esos los que hacen valer todo mi trabajo.
La razón por la que prefiero extranjeros a argentinos no es porque en mi país no haya variedad (y la he visto), ni porque nos paguen en euros (todos, excepto un mendocino que nos pagó en dólares, nos pagan con pesos), ni porque tenga nada en contra de mis compatriotas. Es sólo que los extranjeros hablan en otros idiomas y, a veces, traen consigo cosas extrañas que aquí no se consiguen.
Por ejemplo, hoy vinieron una pareja de holandeses. Paragon el uso diario y se quedaron en la salita, la chica mirando televisión y el chico usando algo que parecía una PC portátil, pero con la mitad del tamaño. En un momento sale de dicha portátil una voz en lo que parecía ser su mismo idioma, y la chica fue a saludad a quienquiera que fuese el muchacho del otro lado de la pantalla.
Los dos eran hermosos: la chica era alta, rubia, de ojos verdes y sonreía en todo momento. El chico era más alto aún, de pelo castaño claro y unos ojos celeste que voy a recordar por mucho tiempo. Pero lo que más me gustó fue oírlos hablar en ese idioma tan extraño, sabiendo que yo no los entendía.
Son momentos como esos los que hacen valer todo mi trabajo.
domingo, 13 de diciembre de 2009
Flores rosarinas
Cuando me enteré que en el Hostel del río se alojaban un equipo de hockey femenino cordobés, pensé que no iba a ser tan malo. Después de todo, me dije, las chicas siempre causan menos desastre, equipo de deporte o no.
Ver a diez chicas haciendo cola para usar tres baños ya no es nuevo para mí, en especial desde que tomé este trabajo. Como tampoco me sorprendió que dejasen los baños secos y con olor a champú del bueno (cordobesas o no, eran mujeres) Lo que sí me sorprendió fue ver la inmensa cantidad de barras de cereal que habían consumido dentro del dormi (no se puede comer, tomar o fumar en las habitaciones) Incluso había envases de barras de cereal en el cenicero del solar, y hasta un par de barras en sus paquetes, sin tocar.
Por fortuna se fueron rápido, y pude dejar presentable el dormi antes de almorzar. La sobredosis de trabajo en la mañana se compensó con la absoluta calma de la tarde; sólo a las tres y media se despertaron los otros dos inquilinos que vi, un padre rosarino y su hijo ídem.
Los rosarinos son ideales para cualquier chica que quiera levantarse el ánimo (no sé si pasara lo mismo con las mujeres, o con los homosexuales de Rosario), y este hombre no fue la excepción. Munido de lo que parecía un disfraz en una bolsa con percha incluida, y un sombrero hecho de gomaespuma, me levantó en dos minutos el ánimo que venía medio a la baja por el cordobazo de barras de cereal.
Creo que un día de estos me voy de visita a Rosario.
Ver a diez chicas haciendo cola para usar tres baños ya no es nuevo para mí, en especial desde que tomé este trabajo. Como tampoco me sorprendió que dejasen los baños secos y con olor a champú del bueno (cordobesas o no, eran mujeres) Lo que sí me sorprendió fue ver la inmensa cantidad de barras de cereal que habían consumido dentro del dormi (no se puede comer, tomar o fumar en las habitaciones) Incluso había envases de barras de cereal en el cenicero del solar, y hasta un par de barras en sus paquetes, sin tocar.
Por fortuna se fueron rápido, y pude dejar presentable el dormi antes de almorzar. La sobredosis de trabajo en la mañana se compensó con la absoluta calma de la tarde; sólo a las tres y media se despertaron los otros dos inquilinos que vi, un padre rosarino y su hijo ídem.
Los rosarinos son ideales para cualquier chica que quiera levantarse el ánimo (no sé si pasara lo mismo con las mujeres, o con los homosexuales de Rosario), y este hombre no fue la excepción. Munido de lo que parecía un disfraz en una bolsa con percha incluida, y un sombrero hecho de gomaespuma, me levantó en dos minutos el ánimo que venía medio a la baja por el cordobazo de barras de cereal.
Creo que un día de estos me voy de visita a Rosario.
domingo, 6 de diciembre de 2009
Sexteto porteño
Desde que empecé a trabajar, derrumbé varios mitos con respecto a ciertas personas, ya fuese por su procedencia o preferencia. Y hoy no fue la excepción.
Teníamos veinte personas y sólo dos se iban a quedar, lo que quería decir más de medio Hostel para arreglar. Lo bueno fue que se despertaron a distintas horas, por lo que no tuve que hacer todo el trabajo al mismo tiempo. Y sabía que había un francés, ya que había revisado las fichas para asegurarme quién se iba y a quiénes les tenía que cobrar. Como estaba acostumbrada a gente europea del tipo que te alegra la vista, sufrí una dosis de realidad al ver a este muchacho.
En principio pensé que no podía ser, ya que parecía más un artesano argentino con pinta hippie que otra cosa, con barba y bigote incluidas, y rastas casi hasta la cintura. Pero el acento lo delató. Según me enteré en las idas y vueltas que hice mientras arreglaba el Hostel, vivía del seguro de desempleo, y cada tanto iba a buscar trabajo, trabajaba unos días y después se iba, para seguir viviendo del seguro. Si no fuese por el acento, sólo por eso, diría que es de esos argentinos vagos que hacen que los que de verdad trabajamos o estudiamos quisiéramos darles un sopapo en la nuca.
Pero una encantadora sorpresa fueron seis porteños.
A primera vista, no tenían casi nada en común, salvo que todos eran hombres mayores de treinta. Eran seis hombres extraños; parecían de diversas partes del país, o hasta del mundo. Pasaré a describir cómo eran:
-Varón A: bajito, pasado de peso, pelo negro corto enrulado, con dos dientes sobresaliéndole del labio superior. Parecía un topo simpático en sus simples remera blanca y vaqueros.
-Varón B: alto, atlético, de pelo negro, pintón y deportista (había traído una raqueta de tenis y dos tubos de pelotas, uno de ellos premium). No desentonaría en una revista de cantantes latinos románticos, en especial porque tenía la camisa negra arremangada y los dos primeros botones desabrochados.
-Varón C: alto, algo pasado de peso, rubio, con ropa beige, bebedor de cerveza y callado. Nada más puedo decir de él.
-Varón D: pasado de peso, pelo castaño, camisa normal y pantalón de vestir. Parecía uno de esos profesionales (médico, abogado, ingeniero, etc.) ya asentados en su profesión como alguien de confianza.
-Varón E: tenía la cabeza afeitada pero se notaba que estaba quedándose pelado. No dejó de sonreír en ningún momento, y por cómo modulaba la voz parecía ser locutor o periodista.
-Varón F: de lejos parecía patovica o bañero, y la musculosa y el short que usaba pareciaron darme la razón. Los comentarios que oí también.
Cuando se despertaron y pasé a hacerle la boleta, el Varón B, según dijeron los otros, contador, pasó a pagar lo que debían, y me dijo que guardase el cambio. Mientras abría el portón para que sacasen los dos autos en los que habían venido, el Varón D me preguntó si era hija de árabes (soy nieta). Luego, el Varón E me preguntó si era periodista o algo similar, porque parecía una intelectual. Casi pensé que eran rosarinos, por las flores indirectas que me tiraban. Y lo que más me hizo reír fue que el Varón F me decía María todo el tiempo, pese a que les dije que me llamaba Alicia.
Teníamos veinte personas y sólo dos se iban a quedar, lo que quería decir más de medio Hostel para arreglar. Lo bueno fue que se despertaron a distintas horas, por lo que no tuve que hacer todo el trabajo al mismo tiempo. Y sabía que había un francés, ya que había revisado las fichas para asegurarme quién se iba y a quiénes les tenía que cobrar. Como estaba acostumbrada a gente europea del tipo que te alegra la vista, sufrí una dosis de realidad al ver a este muchacho.
En principio pensé que no podía ser, ya que parecía más un artesano argentino con pinta hippie que otra cosa, con barba y bigote incluidas, y rastas casi hasta la cintura. Pero el acento lo delató. Según me enteré en las idas y vueltas que hice mientras arreglaba el Hostel, vivía del seguro de desempleo, y cada tanto iba a buscar trabajo, trabajaba unos días y después se iba, para seguir viviendo del seguro. Si no fuese por el acento, sólo por eso, diría que es de esos argentinos vagos que hacen que los que de verdad trabajamos o estudiamos quisiéramos darles un sopapo en la nuca.
Pero una encantadora sorpresa fueron seis porteños.
A primera vista, no tenían casi nada en común, salvo que todos eran hombres mayores de treinta. Eran seis hombres extraños; parecían de diversas partes del país, o hasta del mundo. Pasaré a describir cómo eran:
-Varón A: bajito, pasado de peso, pelo negro corto enrulado, con dos dientes sobresaliéndole del labio superior. Parecía un topo simpático en sus simples remera blanca y vaqueros.
-Varón B: alto, atlético, de pelo negro, pintón y deportista (había traído una raqueta de tenis y dos tubos de pelotas, uno de ellos premium). No desentonaría en una revista de cantantes latinos románticos, en especial porque tenía la camisa negra arremangada y los dos primeros botones desabrochados.
-Varón C: alto, algo pasado de peso, rubio, con ropa beige, bebedor de cerveza y callado. Nada más puedo decir de él.
-Varón D: pasado de peso, pelo castaño, camisa normal y pantalón de vestir. Parecía uno de esos profesionales (médico, abogado, ingeniero, etc.) ya asentados en su profesión como alguien de confianza.
-Varón E: tenía la cabeza afeitada pero se notaba que estaba quedándose pelado. No dejó de sonreír en ningún momento, y por cómo modulaba la voz parecía ser locutor o periodista.
-Varón F: de lejos parecía patovica o bañero, y la musculosa y el short que usaba pareciaron darme la razón. Los comentarios que oí también.
Cuando se despertaron y pasé a hacerle la boleta, el Varón B, según dijeron los otros, contador, pasó a pagar lo que debían, y me dijo que guardase el cambio. Mientras abría el portón para que sacasen los dos autos en los que habían venido, el Varón D me preguntó si era hija de árabes (soy nieta). Luego, el Varón E me preguntó si era periodista o algo similar, porque parecía una intelectual. Casi pensé que eran rosarinos, por las flores indirectas que me tiraban. Y lo que más me hizo reír fue que el Varón F me decía María todo el tiempo, pese a que les dije que me llamaba Alicia.
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