Cuando era chica, un día encontré en casa de mis abuelos un antiguo libro de texto de los años sesenta, titulado "Caleidoscopio". En uno de los capítulos del susodicho, dos niños se maravillan ante la enorme diversidad de un país, y más aún al saber que lo que están viendo es la Argentina.
La razón por la que prefiero extranjeros a argentinos no es porque en mi país no haya variedad (y la he visto), ni porque nos paguen en euros (todos, excepto un mendocino que nos pagó en dólares, nos pagan con pesos), ni porque tenga nada en contra de mis compatriotas. Es sólo que los extranjeros hablan en otros idiomas y, a veces, traen consigo cosas extrañas que aquí no se consiguen.
Por ejemplo, hoy vinieron una pareja de holandeses. Paragon el uso diario y se quedaron en la salita, la chica mirando televisión y el chico usando algo que parecía una PC portátil, pero con la mitad del tamaño. En un momento sale de dicha portátil una voz en lo que parecía ser su mismo idioma, y la chica fue a saludad a quienquiera que fuese el muchacho del otro lado de la pantalla.
Los dos eran hermosos: la chica era alta, rubia, de ojos verdes y sonreía en todo momento. El chico era más alto aún, de pelo castaño claro y unos ojos celeste que voy a recordar por mucho tiempo. Pero lo que más me gustó fue oírlos hablar en ese idioma tan extraño, sabiendo que yo no los entendía.
Son momentos como esos los que hacen valer todo mi trabajo.
domingo, 20 de diciembre de 2009
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