jueves, 31 de diciembre de 2009

Llamada de año nuevo

-Hola Silvia, ¿cómo estas?-
-Bien, bien querida, ¿y vos?-
-Bárbaro-
-Decime, querida, ¿vos podrías venir el viernes a la mañana?-
-¿El primero de Enero?-
-Sí-
-...Considerando que es feriado, podria ir si es bajo las condiciones del trabajo en un dia feriado. Creo que contaria como horas extras, ¿no?-
Silencio.
-...Este, bueno, Alicia, deja nomas-
-Feliz año nuevo, Silvia-
-Para vos también, querida-

domingo, 27 de diciembre de 2009

La alegría no es sólo brasileña

Ésta vez, al llegar al Hostel del Río me enteré que había cuatro brasileños de salida. Por lo general, la gente se imagina que los brasileños son todos de piel oscura, pero al realidad es que en Brasil abunda el mestizaje, al punto que no me sorprendió del todo el ver a los chicos en cuestión.
Más que de Brasil, parecían la clásica imagen que se tiene de jóvenes porteños de la noche, pelo cortado tipo casco y anteojos de sol gigantes incluidos. Si no hablaban, podrían haber pasado por argentinos sin problemas.
Y problemas fueron los que faltaron en el Hostel, ya que hoy nadie tenía ganas de levantarse temprano. Nadie bajó a desayunar, y los que se levantaron lo hicieron a las tres de la tarde, y se quedaron en sus habitaciones. Cuando llegaron las cuatro, nada había cambiado. A ver qué me trae el año que viene.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Caleidoscopio

Cuando era chica, un día encontré en casa de mis abuelos un antiguo libro de texto de los años sesenta, titulado "Caleidoscopio". En uno de los capítulos del susodicho, dos niños se maravillan ante la enorme diversidad de un país, y más aún al saber que lo que están viendo es la Argentina.
La razón por la que prefiero extranjeros a argentinos no es porque en mi país no haya variedad (y la he visto), ni porque nos paguen en euros (todos, excepto un mendocino que nos pagó en dólares, nos pagan con pesos), ni porque tenga nada en contra de mis compatriotas. Es sólo que los extranjeros hablan en otros idiomas y, a veces, traen consigo cosas extrañas que aquí no se consiguen.
Por ejemplo, hoy vinieron una pareja de holandeses. Paragon el uso diario y se quedaron en la salita, la chica mirando televisión y el chico usando algo que parecía una PC portátil, pero con la mitad del tamaño. En un momento sale de dicha portátil una voz en lo que parecía ser su mismo idioma, y la chica fue a saludad a quienquiera que fuese el muchacho del otro lado de la pantalla.
Los dos eran hermosos: la chica era alta, rubia, de ojos verdes y sonreía en todo momento. El chico era más alto aún, de pelo castaño claro y unos ojos celeste que voy a recordar por mucho tiempo. Pero lo que más me gustó fue oírlos hablar en ese idioma tan extraño, sabiendo que yo no los entendía.
Son momentos como esos los que hacen valer todo mi trabajo.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Flores rosarinas

Cuando me enteré que en el Hostel del río se alojaban un equipo de hockey femenino cordobés, pensé que no iba a ser tan malo. Después de todo, me dije, las chicas siempre causan menos desastre, equipo de deporte o no.
Ver a diez chicas haciendo cola para usar tres baños ya no es nuevo para mí, en especial desde que tomé este trabajo. Como tampoco me sorprendió que dejasen los baños secos y con olor a champú del bueno (cordobesas o no, eran mujeres) Lo que sí me sorprendió fue ver la inmensa cantidad de barras de cereal que habían consumido dentro del dormi (no se puede comer, tomar o fumar en las habitaciones) Incluso había envases de barras de cereal en el cenicero del solar, y hasta un par de barras en sus paquetes, sin tocar.
Por fortuna se fueron rápido, y pude dejar presentable el dormi antes de almorzar. La sobredosis de trabajo en la mañana se compensó con la absoluta calma de la tarde; sólo a las tres y media se despertaron los otros dos inquilinos que vi, un padre rosarino y su hijo ídem.
Los rosarinos son ideales para cualquier chica que quiera levantarse el ánimo (no sé si pasara lo mismo con las mujeres, o con los homosexuales de Rosario), y este hombre no fue la excepción. Munido de lo que parecía un disfraz en una bolsa con percha incluida, y un sombrero hecho de gomaespuma, me levantó en dos minutos el ánimo que venía medio a la baja por el cordobazo de barras de cereal.
Creo que un día de estos me voy de visita a Rosario.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Sexteto porteño

Desde que empecé a trabajar, derrumbé varios mitos con respecto a ciertas personas, ya fuese por su procedencia o preferencia. Y hoy no fue la excepción.
Teníamos veinte personas y sólo dos se iban a quedar, lo que quería decir más de medio Hostel para arreglar. Lo bueno fue que se despertaron a distintas horas, por lo que no tuve que hacer todo el trabajo al mismo tiempo. Y sabía que había un francés, ya que había revisado las fichas para asegurarme quién se iba y a quiénes les tenía que cobrar. Como estaba acostumbrada a gente europea del tipo que te alegra la vista, sufrí una dosis de realidad al ver a este muchacho.
En principio pensé que no podía ser, ya que parecía más un artesano argentino con pinta hippie que otra cosa, con barba y bigote incluidas, y rastas casi hasta la cintura. Pero el acento lo delató. Según me enteré en las idas y vueltas que hice mientras arreglaba el Hostel, vivía del seguro de desempleo, y cada tanto iba a buscar trabajo, trabajaba unos días y después se iba, para seguir viviendo del seguro. Si no fuese por el acento, sólo por eso, diría que es de esos argentinos vagos que hacen que los que de verdad trabajamos o estudiamos quisiéramos darles un sopapo en la nuca.
Pero una encantadora sorpresa fueron seis porteños.
A primera vista, no tenían casi nada en común, salvo que todos eran hombres mayores de treinta. Eran seis hombres extraños; parecían de diversas partes del país, o hasta del mundo. Pasaré a describir cómo eran:
-Varón A: bajito, pasado de peso, pelo negro corto enrulado, con dos dientes sobresaliéndole del labio superior. Parecía un topo simpático en sus simples remera blanca y vaqueros.
-Varón B: alto, atlético, de pelo negro, pintón y deportista (había traído una raqueta de tenis y dos tubos de pelotas, uno de ellos premium). No desentonaría en una revista de cantantes latinos románticos, en especial porque tenía la camisa negra arremangada y los dos primeros botones desabrochados.
-Varón C: alto, algo pasado de peso, rubio, con ropa beige, bebedor de cerveza y callado. Nada más puedo decir de él.
-Varón D: pasado de peso, pelo castaño, camisa normal y pantalón de vestir. Parecía uno de esos profesionales (médico, abogado, ingeniero, etc.) ya asentados en su profesión como alguien de confianza.
-Varón E: tenía la cabeza afeitada pero se notaba que estaba quedándose pelado. No dejó de sonreír en ningún momento, y por cómo modulaba la voz parecía ser locutor o periodista.
-Varón F: de lejos parecía patovica o bañero, y la musculosa y el short que usaba pareciaron darme la razón. Los comentarios que oí también.
Cuando se despertaron y pasé a hacerle la boleta, el Varón B, según dijeron los otros, contador, pasó a pagar lo que debían, y me dijo que guardase el cambio. Mientras abría el portón para que sacasen los dos autos en los que habían venido, el Varón D me preguntó si era hija de árabes (soy nieta). Luego, el Varón E me preguntó si era periodista o algo similar, porque parecía una intelectual. Casi pensé que eran rosarinos, por las flores indirectas que me tiraban. Y lo que más me hizo reír fue que el Varón F me decía María todo el tiempo, pese a que les dije que me llamaba Alicia.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Dos potencias

En la República Argentina, dos provincias se destacan más que las otras: Buenos Aires y Córdoba. De ellas, la segunda es famosa por dos cosas dentro del país: se la considera la "capital cultural" y como la provincia que lleva la contra a las demás.
El tiempo me ha demostrado que los porteños están lejos de ser los desubicados que se cree que son, ya que los que más problemas han dado en el Hostel del Río son cordobeses. Temía el día en que tuviese el Hostel lleno con dos grandes grupos, uno de cada provincia, y pensé que sería el caos más grande de todos los que recordaría en mi historia laboral en el lugar.
Pero no.
Resultó que este domingo se habían hospedado un grupo familiar porteño y un equipo femenino cordobés. Rezándole a todas las deidades que conocía, empecé a preparar el desayuno, pensando en los problemas que iban a causar personas de semejantes potencias en un espacio tan reducido.
Pasaron las ocho, las nueve, las diez, levanté la mesa del desayuno que nadie había tomado, las once...
A las doce el equipo de las chicas, de no más de dieciséis años, se levantó y empezaron a hacer cola para los baños. Eran cerca de diez muchachas, contando a la entrenadora, y como parecía que no iban a terminar con sólo tres baños (los que están en la planta baja) les indiqué dónde estaba el baño de la escalera. De todos modos, me dije, nadie más lo estaba ocupando, y el grupo de porteños no mostraba señales de vida.
A los dos minutos, un integrante de dicho grupo golpeó la puerta del baño.
Una de las características de todo Hostel es que los baños son compartidos, por lo que no había problema en que se usase cualquiera dentro de las instalaciones. Pero el posible enfrentamiento entre una adolescente cordobesa y un adulto porteño me puso los pelos de punta. Gracias a la Diosa, no hubo incidentes y las chicas se tomaron tres remises para tomar su colectivo en la Terminal.
Como a las doce y media se levanta el grupo familiar, casi veinte personas contando los niños. Lo que realmente me molestó es que, pese a que les dije que si se demoraban tenía que cobrarles el uso diario, se tomaron su tiempo y pagaron de a tandas, preguntando a quién le faltaba pagar su parte. Un par de hombres, de treinta y largos, se puso a ver televisión cuando les dije que tenía que cobrarles el uso diario en cinco minutos. Dijeron algo así como "Uhh, bueno, ya vamos", lo que se traduce como "Tenemos fiaca, después vamos si tenemos ganas".
Una constante en casi todo grupo mixto que viaja, es que las que lavan los platos y organizan todo son las mujeres.
Este grupo no salió de esa regla.
Mientras veían tenis por la televisión, sus esposas arreglaban todo y organizaban el equipaje. Hace un tiempo tuve la idea de apagarles el cigarrillo a quienes fumaban en zonas prohibidas con un sifón. Pensé en cuánto me costaría sacar una botella de agua mineral y hacer algo parecido (y no hablo sólo del costo de la botella en sí) cuando el dúo de perezosos se movieron arrastrados por sus esposas hacia los autos que tenían en la cochera.
El resto del día transcurrió tranquilo, ya que si bien tuve que acomodar casi todo el Hostel, el hecho que un grupo se hubiese ido antes me dio el tiempo para arreglar una gran parte antes de abarcar la otra.
Y así fue como sobreviví al choque de dos potencias.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Un viejo conocido

Cuando llegué, me encontré con el Hostel a un tercio de su capacidad, y a todos durmiendo. Al parecer, habían salido algunas de un casamiento y otros de un boliche, por lo que no me sorprendí demasiado cuando llegaron las diez y nadie había despertado para desayunar. Las primeras señales de vida empezaron a las once y cuarto, cuando vi salir del dormi de hombres a un muchacho. Y entonce puse en práctica mis dotes de actriz.
Nunca tuve entrenamiento formal, pero sé disimular muchas cosas. Algunas porque sé que no deberían ser motivo para tratar distinto a una persona (como una discapacidad, por ejemplo, aunque a veces no es tan sencillo acostumbrarme a la primera) y, muy pocas veces, porque sé que es mucho mejor para mí.
Algunas personas olvidan a sus compañeros de clase, pero yo tengo muy presentes las caras, y muchas veces los nombres completos, de muchos de los imbéciles a los que me vi forzada a llamar "compañeros de clase" sólo porque estaban en la misma aula que yo. Había uno especialmente molesto, que esperaba a que yo dijese la respuesta correcta de una pregunta para gritarla más fuerte, y luego decir que él había sido el primero, y que dejase de mentir. Terminó de usar ese método cuando dije una burrada tan grande que sólo él lo diría, ganándose una risa general en el aula y el reto de la maestra, y desde ese momento me dejó en paz. También recuerdo, esta vez con tristeza, a las buenas chicas que me acompañaron durante mi educación escolar, a las que les veía poco futuro, cayendo en las trampas de los imbéciles de los compañeros de clase varones, que de seguro iban a embarazarlas y abandonarlas apenas se aburriesen. Me enteré que muchas siguieron este camino. Y no me sorprendió para nada enterarme que la inmensa mayoría de ellas eran de las que se oponían a que se enseñase salud sexual y reproductiva, por doctores que no fuesen objetores de conciencia. La excusa, por supuesto, era que fomentaba la promiscuidad (todas católicas seguidoras del Papa y que habían tomado comunión y confirmación, por supuesto)
No necesité leer la ficha para reconocer a ese molesto muchacho que tuve que soportar toda la primaria. Pero ni en las más malignas de mis predicciones esperé verlo, a los veintipocos, tan feo, tan estúpido, tan pelado, tan gordo y tan pobre como lo vi.
Parecía un hombre de cuarenta años mal llevados, con el estómago hinchado de cerveza y mala comida, la pelada prematura y el poco pelo que le quedaba empezaba a llenarse de canas. Era un milagro que la ropa que llevaba no se desgarrase por el simple peso de la tela, y como todo equipaje llevaba una bolsa de una de las tiendas de ropa de ese pueblo, llena hasta el tope y a punto de romperse. Hablaba como si no hubiese aprobado tercer grado, tenía varios dientes menos, no sabía sumar bien y, lo mejor de todo, ni siquiera me reconoció. Gracias a la Diosa que mi acento cambió , y mi aspecto también (como muestra, desde que llegué aquí sólo me enfermé una vez en seis años, mientras que en ese pueblo me enfermaba una o dos veces al año, así de feliz estoy en la Ciudad del Río), y ni hablar de la ropa y el pelo. Por un momento me sentí como una de esas modelos que posan desde un poster en una vidriera, frente a un indigente que la mira desde el otro lado del vidrio.
Sentí lástima por él.
Pero igual cumplí con mis obligaciones, y sólo después que cerré la puerta de calle tras él me sentí algo culpable. No porque pensase que no se merecía lo que le había pasado: simplemente siguió el proceso lógico que él mismo se estaba trazando, ayudado en gran parte por su familia. No era mi culpa que estuviese así, pero por lo que había escuchado de su propia boca, había embarazado a dos de mis ex-compañeras, dos chicas buenas y estudiosas que iban a quedar ancladas en ese pueblo por culpa de ese imbécil. Sentí culpa por no haber hecho más por ellas, para hacer que no arruinasen su futuro, repitiendo la misma historia que sus madres y abuelas, hace décadas, en ese pueblo.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Caos en el Hostel

Cuando llegué al Hostel del Río, vi un colectivo de dos pisos con patente uruguaya estacionado enfrente del edificio. Pensaba que, después de dos semanas de lleno completo, no iba a haber una tercera, y me equivoqué de medio a medio.
Había treinta y cinco pasajeros, treinta y dos con reserva y tres que intentaron meter de incógnito los turistas uruguayos. Por supuesto que fueron descubiertos, y tuvieron que pagar el alojamiento como cualquier otro inquilino. Pero si pensé que este grupo de uruguayos no eran del todo educados sólo por intentar colar gente, volví a equivocarme.
En un dormi había dos o tres muchachos que venían de Santa Fe. A uno de ellos no sólo le sacaron sus cosas de la cama que estaba ocupando, sino que le usurparon la misma cama. A parecer, fue otro muchacho del grupo de viaje de Uruguay (lo cual es extraño, ya que en casi medio año de trabajar aquí, es la primera vez que tenemos tantos problemas con un grupo de ese país) y cuando el legítimo ocupante llegó, empezaron a discutir. La cosa no pasó a mayores porque le dieron una habitación privada que se había desocupado la noche anterior, y el santafecino se fue a dormir rumiando su justificada bronca.
El caos absoluto llegó apenas puse un pie en el Hostel del Río. Los treinta y tres uruguayos se iban a las diez de la mañana, y como Silvia no estaba, tvimos que arreglárnoslas solos entre Jorge y yo. Lo peor de todo no fue tener que atender sola a más de treinta personas que te llamaban, te consultaban, te pedían y hasta demandaban que estuvieses para todos, ni el hacer el desayuno a todos, sino el escuchar a ciertas personas que murmuraban sobre lo malo que era el servicio. Incluso tuvimos que poner a desayunar a la gente en la mesa de afuera, ya que no había más lugar, y muchos tenían diversas exigencias: que ya no quiero té, que la leche está fría, que se acabó la mermelada, que este azúcar no es de buena calidad, que si no servíamos submarinos, que si no hay edulcorante y un larguísimo etc. Había una señora mayor que estuvo especialmente pesada, ya que cada cinco minutos pedía algo, y a veces me alegraba de tener tanto trabajo porque así tenía una excelente excusa para dejarla hablando sola.
A las dos horas se habían ido, algunos todavía protestando.
Jorge se ocupó de las cobranzas y me dio una enorme mano, ya que sin él lo más probable hubiese sido que me encerrase con llave en un baño para no explotar, esperando que cada uno se hiciese su desayuno y me dejasen en paz. Puedo con diez, o hasta veinte personas, pero treinta demandándote es demasiado.
Con el Hostel casi vacío y de nuevo en silencio, empecé a ordenar el desastre que había quedado: lavar platos, tazas y cubiertos, guardar lo que no había sido consumido, barrer, cambiar las sábanas, controlar baños, etc. Como se habían ido todos juntos, pude hacerlo todo en poco más de una hora y media.
Pero el drama no terminó allí.
A la una menos cuarto, se levantó el santafecino y le pregunté si una bolsa con zapatos y champú era suya (la habían dejado en el dormi). Me dijo que sí, y preguntó por un vaqero que había dejado en el dormi. Lo buscamos en todo el Hostel, pero el dichoso vaquero no aparecía. Descartadas otras opciones, tuvimos que aceptar que los uruguayos lo habían hecho desaparecer, ya fuese llevándoselo o escondiendolo de alguna otra forma. No encontramos ni rastro de la dichosa prenda, y el santafecino se fue a comer, enfurruñado (y con razón).
La paz que siguió en las horas qe restaban de mi turno fue bien recibida. Sólo tuve un par de llamadas para hacer reservas, y una de Silvia. Le dije que era muy, muy necesaria en el Hostel. Ella se rió.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Reglas de Hostel

No es lo mismo alojarse en un hotel que en un hostel.
Y no me refiero a diferencia de precios, de servicios, de relaciones entre inquilinos, de baños privados o de tamaño de las habitaciones. Me refiero a cierta cultura implícita en los hosteles, y que se espera que toda persona que se aloje en establecimientos de ese tipo respete.
Por ejemplo, los baños; en los hoteles, por lo general, se tienen baños privados, pero en un hostel se comparten. Eso quiere decir que, si hay varios inquilinos, no tenés derecho a quedarte tres horas en el baño. Otro ejemplo es la heladera: todos los inquilinos ponen sus alimentos perecederos allí, por lo que se espera que el resto respete las pertenencias de los demás.
Cuando llegué al Hostel del Río, con todas las plazas ocupadas, se estaban alojando allí un grupo de rugbiers cordobeses, un chica colombiana, y un grupo de viaje uruguayo. Los deportistes (todos de treinta y cortos) se despertaron muy sobre la hora, y de los diez que eran, sólo alcanzaron a desayunar tres. Luego, al despertarse cerca de las diez y media, preguntaron si no podía hacerles el desayuno, incluso después de que les habíamos dicho que era hasta las diez de la mañana. Enseguida se hizo evidente que estaban en plan de levante, ya que era la chica más joven (en edad legal) de todas las que estaban bajo el techo del hostel. En un momento, uno de los rugbiers me pregunta qué es un "locker", y le expliqué que son los casilleros donde los huéspedes pueden poner sus pertenencias bajo candado, si quieren. Debí sospechar de inmediato cuando me preguntó si la heladera era un "locker", a lo que le contesté que el respetar las cosas de los demás estaba en la buena voluntad de cada quien, pero como estaba demasiado ocupada ordenando, limpiando y sirviendo, no le di importancia.
El grupo de uruguayos, en cambio, se portó tan bien como siempre. Eran parejas jóvenes con hijos pequeños, pero no hubo ni un llanto, aunque hubo algo de caos cuando estaban los padres calentando mamaderas mientras preparábamos el desayuno (Silvia es una inestimable ayuda cuando tenemos que hacer el desayuno con el hostel lleno), pero nada más. Me pregunté si la colombiana ya había bajado, cuando vi descender por las escaleras a una hermosa morena. Le dije que estábamos sirviendo el desayuno (como los uruguayos, había bajado a horario) y le pregunté que prefería (té, café, mate cocido). Además de tener la piel color chocolate puro con un toque de negro ónice, tenía el pelo negro atado en trencitas, y una vincha de tela mantenía su pelo alejado de su cara. Usaba ropa suelta y cómoda, y al terminar de desayunar fue a lavar su taza, como casi todos los miembros del grupo uruguayo.
Al mediodía se habían ido casi todos, salvo un par de chicas que estaban en una de las habitaciones privadas. Con todo el trabajo que había que hacer, sólo pude sentarme a comer a la una y media, y fue allí cuando descubrí lo que había pasado. No fue mala idea haber llevado ensalada de frutas como postre, pero sí lo fue el llevarla ese día. Porque cuando abrí al heladera, tanto el mini-tupper como la ensalada de frutas habían desaparecido.
Me sentí tan indignada que le mandé un mensaje de texto a Silvia, informándole del agravio. Cuando terminé de comer, tuve que conformarme con algunos caramelos que tenía en mi bolso, y luego volví a revisar habitaciones y baños (el dormi donde estaban los rugbiers cordobeses estaba hecho un asco, ya que habían llevado bebidas a la habitación -que está prohibido- y habían volcado mucho en el piso, por lo que tuvimos que limpiar el piso además de barrerlo). Cuando pensé que no iba a venir nadie más, llegó una muchacha que había dicho (a la mañana, por teléfono) que iba a llegar a la siesta. Le mostré el dormi y le dije que eligiese la cama que más le gustase, ya que no había nadie más en el dormi de mujeres en ese momento.No aguanté y le conté lo del robo de la ensalada de frutas, y la chica me dijo que, sin duda, esos tipos no tenían el mas mínimo respeto por la cultura de los hosteles.
Me gustaría que viniese, para variar, un grupo de cordobeses honesto.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Siempre con pruebas

Como todos los que trabajen en cualquier cosa relacionada con el turismo saben, hay temporadas altas y bajas. Pero, también, a veces hay circunstancias bajo las cuales se reune mucha gente en detemrinado lugar, sin que sea necesariamente temporada alta.
Por ejemplo, este domingo se juntaron un torneo de fútbol infantil, un concurso de baile provincial y un grupo de viaje. El primer grupo era de varones y el coordinador, mas unas parejas de padres con hijos, cordobeses, el segundo eran en su mayoría chicas con un par de maestras, porteñas, y el tercero eran varias familias, un grupo de viaje de uruguayos.
El Hostel del Río estaba lleno a rebosar.
Desde hace casi un mes, hemos tenido que rechazar gente que pedían hospedarse en esos días, ya que no había más lugar ni para poner colchones en el piso (además, el grupo de viaje era cerrado) y las reservas confirmadas tienen prioridad. Por lo que el desayuno fue una romería de turnos para poder acomodar a treinta y cinco personas en una mesa donde caben diez, más algunas que temrinaron en la mesita ratona que está frente a la televisón gigante de pantalla plana, junto a los sillones y el sofá. Silvia, que estaba allí para que el barco no naufragase entre tanto caos, me comentó que había vuelto a pasar.
Habían vuelto a meter colados.
De nuevo tres niños, hijos de quienes habían reservado, y por lo que pude ver (ya que estuve toda la mañana sirviendo desayunos, mientras Silvia hacía otras tareas) comían como desesperados. No parecían, ni de lejos, gente necesitada, y decidí recurrir a un método de investigación que utilizo desde hace tiempo.
Me fijé en sus fichas.
Siempre que afirmo algo, intento tener, al menos, pruebas sólidas para dar fundamento a lo que digo. Ya comenté que tanto el grupo de hombres que hicieron un desastre de los grandes en el dormi de hombres, como el grupo anterior de personas que colaron niños, eran de Córdoba. Y, en las fichas de esta pareja que coló a tres hijos, en la provincia de origen brillaba con tinta azul de la Bic: "Córdoba".
Me alegré de no estar en la piel deSilvia.
No sé cómo hace esa mujer para mantener su casa, la agencia de viajes al lado del Hostel, y el Hostel del Río sin explotar. Parece una de esas Mujeres Maravillas de lo noventa, que hace todo y no muere antes de los cuarenta y cinco. Porque sé que yo no tengo ni el carácter ni la experiencia ni la astucia ni la diplomacia para lidiar con gente que cola nenes, se quiere ir sin pagar y discute hasta el precio de las camas más baratas de toda la ciudad.
El coordinados del equipo de fútbol había pedido un par de camas para los dos choferes, uno de los cuales parecía compartir nuestra odisea de lidiar con pasajeros desubicados. Confirmó algunas de nuestras afirmaciones y añadió otras, y luego se fue a dormir la siesta, ya que a la noche tenía que volver a su provincia con diez adolescentes y un adolescente tardío que resultó ser más molesto que cualquiera de los chicos a los que, en teoría, coordinaba. A las once y media la mayoría se fue a buscar un lugar donde comer, y el chofer pensó que iba a poder dormir tranquilo. Este buen hombre me dio la razón para terminar con un dolor de cabeza.
Quien tenga la mala suerte de saber lo que es estar al frente de un grupo de adolescentes en plena edad del pavo, sabe bien lo ruidosos que son. Cuando volvieron de comer, a las tres de la tarde, se sentaron en el solar a fumar, escuchar música a volumen alto y hablaban a los gritos. Entonces, com mi mejor sonrisa les pedí que por favor no hiciesen tanto ruido, ya que su chofer estaba durmiendo y, visto y considerando que iban a poner su seguridad en las manos de ese hombre por varias horas, iba a ser mucho mejor para ellos el que ese señor estuviese bien descansado.
El ruido bajó cincuenta decibeles.
Después armaron los bolsos y se fueron, ya que volvían a su Buenos Aires querido en pocas horas y querían recorrer la ciudad. Dejaron su equipaje en la cochera y, después de arreglar todas las camas y habitaciones que quedaron vacías, comprobar que no faltase papel highiénico ni toallas secas en los baños, y de revisar otros detalles, me senté a esperar a Mariana, mi reemplazo.
Cuando llegó, después que la puse al corriente de todo lo que pasaba por el Hostel, siguió un diálogo más o menos así:
-Mariana, no sabés cuánto agradezco que estés de vuelta- empecé.
-¿Ah sí?- me miró -¿Por qué?-
-Porque el domingo anterior me tocaba esperar a Pedro, y el muy desgraciado no vino. Tuve que llamar a Silvia al final porque tenía que irme y me estaba esperando una amiga en la puerta para irnos, y teníamos un horario-
-Ah, ese-
Algo en su tono me dijo que no era la única a la que le había hecho eso.
-¿Qué pasó con Padro?-
-Ese tipo demora siempre. Fijate que hace unos días me tocaba el turno tarde, y como a las once tenía que venir él y no venía, me tuve que quedar a esperarlo. El muy caradura vino a la una y media de la noche, diciendome que lo disculpase y que ya me podía ir-
-¿Y qué pasó entonces?- pregunté, alucinada por semejante desfachatez. Pero luego agregué -¿Sufrió un imprevisto? ¿Al menos te dijo por qué se había demorado?-
-Le dije que se fuera, que ya me había quedado más de dos horas y media y que ya me quedaba. No le iba regalar laplata de las horas que trabajé cuando él debía haber estado. Y, por lo que le pude oler en el aliento, tenía varias cervezas encima y no aprecía ni arrepentido ni preocupado-
Silencio.
Nos miramos la una a la otra, ella tras el escritorio con la caja revisada en una mano y el cuaderno donde anotamos el dinero que hay en dicha caja al comienzo de cada turno en la otra, y yo parada, con el bolsito listo para irme.
-Creo que es hora de emplear a alguien que cuide mejor su trabajo- dije al fin, y entonces nos despedimos.

domingo, 25 de octubre de 2009

Estudio de la sociedad humana

Como han de suponer, no tomé este trabajo por el dinero (ya que me pagan muchísimo menos que a una empleada doméstica), ni tampoco porque lo quisiese (al menos, no hasta escuchar a dos extranjeros hablando en otro idioma). Lo tomé, en parte, para conocer distintos tipos de personas, en parte, para tener experiencia laboral y, en parte, para saber cómo manejarme con muchas más personas de las que veo usualmente.
No esperaba encontrarme con problemas en el primer día, aunque temía meter la pata y causar un daño real a mi empleadora o a mi. Lo de los ninjas corbodeses fue una forma rara y fuerte de experimentarlo. Pero hoy, además de enfrentarme con un nuevo problema, encontré un nuevo tipo de huésped.
El Hostel estaba a poco menos que media capacidad, lo que quiere decir que había quince personas alojadas. Al llegar, los inquilinos no daban mi señales de despertarse, por lo que Silvia me enseñó algunas de las reglas oficiales de los hosteles. Por ejemplo, que un inquilino no puede estar más de seis o siete días alojado en un hostel. Y hete aquí que había un muchacho cordobés que llevaba dos semanas alojado, y se escabullía cada vez que veía a Silvia. Y como había tres autos en la cochera, las rejas estaban abiertas, ya que el tercero tenía media trompa fuera del portal. Así que este muchacho salió por ahí y no volvió sino hasta las dos de la tarde.
En ese momento estaba sola, ya que el resto de los inquilinos había salido a comer y aún no regresaban. Cuando le dije el monto que tenía que cobrarle, al muchacho le pareció excesivo. Por un segundo tení que se pusiese violento (en estos días es bastante común la violencia por nimiedades, o como una forma de librarte de una ley consensuada hace años), pero tal cosa no sucedió. Le expliqué que ése era el monto calculado por Silvia, y le mostré cómo se había llegado a tal resultado. Incluso usé el teléfono del Hostel del Río, que tiene llamadas gratis al teléfono de Silvia, para que lo hablase con ella. Entonces le dije que, si consideraba de verdad que el precio era excesivo,podía reclamar en defensa del consumidor, pero la idea no pareció gustarle. Al final, después de mucho decir que me iba a pagar, pero que el precio le parecía excesivo, pagó la totalidad de la cuenta y le hice la boleta. Suspiré aliviada después de cerrar la puerta de calle.
Pero mi estudio de la sociedad humana no había terminado.
A las cuatro de la tarde, una amiga me esperaba fuera dle Hostel para ir a un evento. El evento tenía hora acordada, y nos quedaba poco y nada de tiempo para llegar a horario, considerando que yo salgo a las cuatro de la tarde. Como las reglas del Hostel dicen que no pueden entrar extraños al edificio, pero no dice nada sobre la vereda o el porche, le dije a mi amiga que se sentase en el banco que tenemos bajo una de las ventanas que da a la calle, y le di algo de agua fría, ya que el calor era agobiante, y esperamos por Pedro, mi reemplazo.
Esperamos quince minutos, y Pedro no llegaba.
Algunas de las cosas que más admiro de los japoneses es su honestidad, su cultura del trabajo, el ahorro y el esfuerzo, y su respeto por los demás, demsotrado en, por ejemplo, su puntualidad. En un texto que leí, en el que se transcribía una conferencia dictada por un japonés, dicha persona mencionaba el respeto pro el tiempo de las demás personas. Ya sea porque ese tiempo podría utilizado en algo más productivo que en esperar a quien llegue tarde, o porque el tiempo es, en algunos casos, literalmente dinero. Como por ejemplo, cuando tu reemplazo no llega y cobra como si hubiese trabajado el tiempo en que tuviste que esperarlo (y, por consiguiente, trabajar más sin que te paguen, tiempo que le será pagado a otro como si hubiese trabajado, y sin que tú cobres un centavo de más pese a haber trabajado horas que no te correspondían)
Llamé a Silvia, le conté lo que pasó y que tenía que irme porque me esperaban otras personas, además de mi amiga, para ir al evento. Silvia subió rauda y veloz a su auto, y en cinco minutos estaba en el Hostel. Allí me contó que no era la primera vez que Pedro llegaba tarde, y que dudaba si seguir llamánolo para cubrir turnos o no.
Al evento llegamos a tiempo.

lunes, 19 de octubre de 2009

Igualdad de acceso

Silvia me dijo que, en el Hostel, los viernes, sábados y domingos eran los días más movidos de todos. A veces, los jueves también. Por eso, este lunes fue el más tranquilo de todos los días que me han tocado, ya que sólo había un inquilino que se fue cerca de la una.
Lo que sí fue más movido fueron las reservas: hay un evento cultural y otro deportivo el último fin de semana de Octubre, por lo que ya estaba lleno un mes atrás. Llamaron no menos de cinco veces pidiendo lugares para esas fechas, y no eran una o dos por vez, ya que una quería lugar para diez y otra para quince personas. Tuve que rechazarlas a todas, ya que no había lugar ni para un alfiler (incluso con la gente que había aceptado dormir en colchones en el piso, ya que quería venir como fuese) Revisé los días anteriores y posteriores, y no me sorprendí de encontrar casi todos los días de semana vacíos.
Después, a media mañana, cuando Silvia pasaba para ver cómo iba todo, llamó una persona por teléfono, y atendió ella. El diálogo fue algo más o menos así:
Silvia: Hostel del Rio, buenos días (...) ¿Para qué días quisieran?Ajá (...) Sí, tenemos lugar para esos días (...) Lamentablemente no, tenemos escalera, perot ambién hay habitaciones en el piso de abajo (...) En ese caso no va a poder acceder a los baños, tienen puertas angustas (...) Lo siento mucho, entonces.
Ahí caí en la cuenta que el Hostel del Río no tenía facilidades para personas en sillas de ruedas.

domingo, 18 de octubre de 2009

Día de chicas

Hoy salí al mediodía, en vez de a las cuatro de la tarde, ya que Silvia iba a festejar el día de la Madre en el Hostel del Río e iba a usar la parrilla. Vino a las ocho de la mañana, cuando estábamos haciendo la caja y el inventario, y ayudó a preparar el desayuno.
Había seis chicas de Rosario en el dormi de mujeres, y todas se despertaron a tiempo para desayunar. De veintimedios a veintilargos, las chcias demostraorn que no sólo los varones de su ciudad pueden tirar flores, aunque ellas se limitaban a palabras amables en vez de intentos sutiles de conquista. O, quizás, no tuvieron buenas experiencias antes en otras hospederías. Se fueron después del desayuno, y dejaron sus bolsos en el garage, junto con las bicicletas que alquilamos (y que nunca supe que alguien alquilase alguna), los cajones de botellas de cerveza y cachivaches varios, ya que su colectivo salía a las seis de la tarde.
Eran de formas variadas: una rubia tenía la cara larga y me hizo acordar a un caballo, además de parecerse mucho a una ex-compañera de escuela de un grado superior. Otra, de pelo corto, negro y de aspecto algo aniñado, habría estado en sua mbiente con un vestido de lolita gótica. Y una tercera era muda, así que tuve que pedirle que me señalase lo que quería desayunar.
También habían venido una familia compuesta por los padres y los tres hijos (una joven, un adoelscente prematuro y una nena) que se habían repartido en dos habitaciones. Cuando fui a ponerlas en condiciones, me di cuenta que no había fundas para el colchón de la más grande (del tamaño King), así que le puse el cubrecama y volví sin tenderla, avisándole a Silvia lo que había pasado.
En el medio del desayuno, Silvia me contó de lo que me perdí la semana anterior. Al parecer, habían venido dos delegaciones de jugadores de volei, quienes habían reservado casi todo el Hostel del Rio. En principio vino una tanda, y luego la otra, y el primer día (viernes) pasó sin problemas, pese a que ya le habían avisado desde la asociación hotelera (o una entidad con nombre similar) le habían advertido que este equipo porteño tenía fama de causar problemas.
Y los problemas no tardaron en llegar.
Cuando amaneció el sábado, los equipos tenían un partido en un club que estaba algo lejos, por lo que se iban a ir en combi. En ese momento estaba Silvia, quien, si bien no tiene memoria fotográfica, sabe bien quiénes están alojados y quiénes no en el Hostel. Mientras servía el desayuno, apareció sentada a la mesa una mujer con una nena de unos tres años, que se asustó al ver a Silvia. Enseguida notó que ella y la nena no estaba alojados en el Hostel, por lo que no les correspondía el desayuno, y cuando la coordinadora vino a reclamar, Silvia le preguntó cuántas personas venían en total. La coordinadora fue vaga, pero Silvia puso ene videncia que habían dejado entrar a personas ajenas al Hostel, para las cuales no había lugar ni drecho de usar las instalaciones. La coordinadora no sólo lo negó, sino que se ofendió y dijo que no correspondía pagar más de lo que ya había pagado (cuando se hace una reserva, se adelanta la mitad) Dejaorn los bolsos en el garage y se fueron. Silvia les retuvo el equipaje hasta que pagaron lo que debían, y se fueron bufando a sus maridos, contándole la historia desde su punto de vista.
Al parecer, pretendían irse sin pagar por la mujer, la nena y otra persona más que se había colado. Y no era un equipo de adolescentes quienes hicieron esto, sino mujeres de cuarenta y más años, algunas de ellas con sus hijos alojados en el mismo Hostel del Río. Eso fue lo que más me sorprendió, más que nada porque le estaban dando un terrible ejemplo a sus hijos. La Diosa quiera que encuentren mejores antes que sea demasiado tarde.

sábado, 17 de octubre de 2009

Una salvada (por ahora)

Este sábado fue bastante más movido que el viernes.
Para empezar, vino una alemana que estudia español. Rubia y con acento característico, dijo que prefería hablar en castellano, cuando le dije en inglés que podía hablarle en esa lengua. Tuve que servirle el desayuno en la mesa del solar, ya que estaban limpiando el piso adentro y la muchacha estaba muy por sobre la hora. De veintimedios años, la alemana era simpática y salió poco después de desayunar, contenta que le hubiese confesado que, excepto por algún que otro detalle menor y el acento, hablaba el castellano a la perfección.
Entonces empezaron a salir los demás huéspedes. Un muchacho de Neuquén buscaba alojamiento en la ciudad, pero le aconsejé una localida cercana, a la que se podía llegar en colectivo urbano. Al parecer, venía de Neuquén en busca de trabajo de guardavidas, y parecía haber pasaod por mucho en sus treinta años (aunque podría ser más joven y haber pasado por más de lo que pensé)
También había una pareja extraña; ella era una abogada de Córdoba, pero él era un muchacho de Concordia, en el interior de Entre Ríos. El primero en llegar fue él, y le entregué la llave correspondiente a su habitación privada. Después llegó ella, al parecer de un curso para abogados, y ambos se llevaron la comida a la habitación (pese a que no se permite hacerlo, y se lo dije con sutileza) Luego ella se volvió a ir, y el muchacho se fue una hora después.
Poco después se fue la muchacha de "ese lugar". Resultó que había estado sólo un año allí, por lo que aún no había adaptado esas características tan detestables, aún está a tiempo de salvarse. Muestra de ello es que no conocía ni mi apellido ni a mí, por lo que me guardé mis planes y me senté a esperar.
A los cinco minutos llamaron veinte personas para reservar lugar para fin de mes. Va a ser un fin de semana movidito.

viernes, 16 de octubre de 2009

Del viejo pueblo

Yo no viví toda mi vida en la ciudad del Río.
Nací aquí, pero por diversas circunstancias del destino terminé cursando desde el jardín de infantes hasta la secundaria en un pueblo de la misma provincia. En ese pueblo viví rodeada de gente que veía la diversidad, la originalidad y el pensamiento propio como un pecado mortal, y cuando dejé atrás la infancia y empecé a pensar por mí misma, me di cuenta que ese lugar no me gustaba. Ayudó mucho el constante rechazo a mis ideas, y a cualquiera que saliese de la mediocridad general, por ejemplo el resto de mi familia. Cada vez que venía a la Ciudad del Río, soñaba con vivir aquí, donde sabía que había seres de mi "especie". Y fue esa una de las razones por las que trabajo en el Hostel del Río: para ver diversidad.
El domingo pasado pedí el día franco, ya que había un evento muy importante para uno de mis abuelos, y quería que toda su familia estuviese presente. Esta semana, la chica que viene los viernes, el sábado y el lunes se fue de viaje, por lo que me dieron el turno a mí. Más trabajo, pero también más dinero y un acercamiento a una semana laboral de cinco días de ocho horas (o sea, iba a tener una idea de lo que es una semana laboral en serio). Casi a mi salida llegó una mujer de la misma profesión de mis padres, del pueblo que tantos malos recuerdos me dio.
Mañana le pregunto si se acuerda de nosotros.
Y, sabiendo lo chusmas que son las personas en los pueblos chicos, le voy a poner al corriente de todos mis progresos. Las desgracias de quienes me hicieron la vida miserable ya las conozco, y voy a saber cómo siguen sus patéticas vidas.
Dulce venganza japonesa...

domingo, 27 de septiembre de 2009

Familia femenina

Este fin de semana estuvo bastante tranquilo. Había cinco inquilinas, cuatro de ellas eran una familia (abuela, tía, madre y nene de un año) y el otro era un chico de Mendoza que me recordaba a Chayanne. El muchacho llegó sobre la hora al desayuno, y me dijo que había soñado que estaba desayunando, pero que su estómago le había avisado que era sólo un sueño y que tenía hambre.
Las muchachas, de Jujuy, merodearon por el Hostel hasta que la llovizna (que había empezado a la madrugada) dejó de ser una amenaza. La madre calentó la mamadera para el bebé, y al final terminé almorzando viendo Bob el constructor. Lo bueno es que el nene no lloró ni se puso caprichoso; entre tres fue más sencillo cuidarlo. A las tres y media vino un auto a buscarlas, y se fueron de paseo por la Ciudad del Río.
Y me olvidé el paraguas en el Hostel.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Familia uruguaya

Apenas me enteré que teníamos el Hostel casi lleno, empecé a pensar en cómo iba a hacer con todo el trabajo que se me venía encima. Empecé por lo básico: controlé la caja y el inventario, tendí la mesa y empecé a preparar el desayuno.
Dos o tres familias completas (hijas, padres y abuelas) vinieron desde Uruguay para hacer un tour por la ciudad y las cercanías. Por algún extraño motivo, no teníamos Internet, por lo que se echaron en el sofá y los sillones a ver televisión hasta que se hiciera hora de salir de nuevo. Las muchachas habían intentado salir de noche, pero sus padres le habían dicho al encargado que no les daban permiso, por lo que se vieron frustradas y con mala cara apenas amanecieron, deambulando de un lado al otro buscando un baño libre (de los cuatro que tenemos)
Por suerte, se despertaron por tandas, por lo que pudimos acomodar a los treinta inquilinos en la mesa del desayuno por turnos. Mientras tanto, yo iba de aqíapra allá tendiendo camas y atendiendo pedidos de la mesa, preguntando si querían té, café o amte cocido o si necesitaban algo más. Por suerte, se quedaban un par de díasmás, por lo que no tuve que cambiar treinta camas, sólo tenderlas.
Como es costumbre, a las dos de la tarde no se veía un alma en el Hostel, ya que por lo general los inquilinos salen a comer y, después se iban a una excursión. Como ya había hecho todo lo que tenía que hacer, me puse a leer el libro que siempre llevo al trabajo, con las tarjetas de colectivo adentro (para que las resguarde, y me sirve para no aburrirme durante la espera y el viaje)
Atendí un par de llamados, que preguntaban por lugares apra el próximo fin de semana alrgo. Y estábamos lenos, por lo que tuvieron que buscarse otro lugar. AL menos, cuanod llegó mi reemplazo, el Hostel estaba limpio y ordenado.
Poco más pasó este día.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Frikis sobre ruedas

Cuando hay un fin de semana largo, una fecha importante o un evento importante, el Hostel del Río se llena hasta desbordar. Y hoy fue uno de esos días, con dos eventos importantes en el mismo día. Y reconocí de inmediato qué personas iba a qué eventos.
La media docena de motos también ayudó; en una localidad cercana se llevó a cabo un motoencuentro, uno de los más grandes de toda Latinoamérica, y fue sencillo identificar quiénes iban: si no le veías los borceguíes, parecían hombres en sus cuarenta y cincuenta de lo más normales, pero al ver esas botas con suela de tractor se notaba bien cuál era su pasión. Las pulseritas de colores fluorescentes que indicaban quién era conductor y quién acompañante también ayudaron.
Por otro lado, en la misma Ciudad del Río se llevaba a cabo, el mismo día, un evento de Anime y cultura japonesa. Al ver a las tres chicas vestidas con ropa original (una de ellas gótica pura) del tipo que sólo un friki puede hacer -y usar- por lo creativa, junto con el muchacho con el buzo de Star Wars, supe que iban al evento.
Fue uno de los días más tranquilos que tuve, ya que luego de tomar el desayuno todos se fueron a sus respectivos eventos. Tres motos más llegaron al unísono para acompañar a los motoqueros, y el resto del día me la pasé revisando que todo estuviera en orden.
En el medio, el gato del Hostel cayó en desgracia. Desde la semana pasada casi no toca la comida que le dejo, por lo que decidí que alguien debía estar alimentándolo, junto con el gato nuevo, uno gris atigrado, que se nota que tiene dueño. Y parece que mal no se llevan, por lo que decidí dejarlos en paz hasta que mostrasen que necesitaban mi ayuda de nuevo.

martes, 8 de septiembre de 2009

Sirenitos

Apenas Silvia me dijo que en el Hostel del Río había un equipo porteño de chicos, le pregunté "¿Son del tipo insoportables?". Bastante había tenido que aguantar a esos energúmenos (de varios lugares) pero por suerte, no sólo eran bien educados, sino que venían un par de padres y la entrenadora.
Eran cinco o seis, de diez a quince años, y se portaron bien durante todo mi turno. Por supuesto, acapararon la Pc y la televisión (pantalla plana de un metro, y más de medio de lado) pero se mantuvieron tranquilos durante toda su estadía. Hasta reconocí la música de los videojuegos que jugaban (y eso que no lo jugaba desde casi una década)
Todos los dormis estaban ocupados, por lo que teníamos a casi veinte personas en todo el Hostel. El desayuno fue escalonado; se despertaron casi todos antes de las diez (cuando dejamos de servirlo) y cuando se levantaba una persona, venía a sentarse otra antes de que pasasen dos minutos. El día se me fue entre un constante ir y venir del equipo, ya que no todos competían en el mismo horario y algunos iban de mañana y otros de tarde.
Se notaba a qué se dedicaban los chicos; encontré varios trajes de baño masculinos en los respaldos de las camas y muchas toallas, cuando fui a tenderlas. Y uno de ellos tenía una almohada anti estrés, de esas que son tan suaves y agradables que no quieres dejar de tocarla. En contra de mi política, no pude resistir la tentación y me pasé bastante tiempo sin hacer otra cosa que abrazar la almohada. Sé que es horrible tocar cosas que no son tuyas (en especial cuando depositan su confianza en vos para que las cuides y arregles), y lo más que he hecho fue mover las pertenencias de los inquilinos cuando tengo que tender las camas, pero esta vez fue más fuerte que yo.
A la noche viene un grupo de mendocinos a festejar un aniversario. Son quince, y algunos van a ir a las camas de los sirenitos. Por lo que entendí, sond el tipo fiestero. Me reemplazó Mariana.
Pobre Mariana...

domingo, 30 de agosto de 2009

Uno de mis mayores miedos

La semana pasada los inquilinos se la pasaron durmiendo hasta las tres de la tarde, y luego merodearon como sonámbulos, por lo que poco y nada tengo para contar de la semana pasada. Pero esta semana vinieron una pianista de Mendoza y un abogado de San Juan.
La mujer, de unos cuarenta y cortos, había pasado los últimos veinte años fuera de la provincia, y volvía para reencontrarse con sus ex compañeros de secundaria. El detalle fue que trajo el auto, y había otro entre su vehículo y la puerta del garage. Como es estrecho, no podía salir ni soñando por el costado, así que llamé al chico que estaba antes (la mujer dijo que era de él), pero me dijo que ese auto no era suyo. Fui a ver al sanjuanino, quien estaba acostado pero despierto, y me dijo que tempoco era de él. Estaba empezando a desesperarme cuando llegó Silvia, quien sacó el auto (era de ella, al final) y la pianista siguió su rumbo.
En cambio, el abogado se tomó su tiempo. Tomó la portátil y se instaló en la mesa donde servimos el desayuno, con una taza de café con leche en una mano y el ratón en la otra. Le ofrecí la Pc con internet, peor él rehusó y se puso a revisar su correo en su computadora. Se quedó ahí por horas, sin decir palabra, por lo que aproveché para poner orden en el hostel. Este muchacho se iba a la mañana, por lo que sólo tuve que ordenar una cama de un dormi y la de la habitación de la pianista. Incluso tomándome mi tiempo y barriendo un poco las hojas del patio, demoré poco, por lo que revisé los baños y el hostel en general.
El resto del día transcurrió tranquilo, y cuando llegó mi hora de salida Silvia me puso frente a uno de mis mayores miedos.
Una de las cosas que siempre temí fue el hacer tan mal algo en un trabajo que me hiciese mala fama y me despidieran, o me redujesen el sueldo, lo cual es un detalle menor si lo comparo con la mala fama que me haría. Pero Silvia me aumentó el sueldo, así que me fui tranquila a casa.
Un miedo menos, por ahora.

domingo, 16 de agosto de 2009

Fiesta de disfraces

Si pensé que el fin de semana con los cordobeses y porteños del asado con papas fritas iba a ser el más ocupado, me equivoqué de medio a medio.
Hoy a la noche se celebra uno de los eventosm más importantes de la ciudad: la fiesta de disfraces. El Hostel estaba colmado al punto que tuvimos que poner colchones en el piso porque la gente no se quería ir. Rechazamos gente a diesta y siniestra, porque no había más lugar, y estuve todo el día yendo y viniendo atendiendo pedidos y arreglando habitaciones.
Una de ellas fue el dormi de varones.
Despacio, fui y tendí las dos camas, preguntándome qué pensaríaan una docena de muchachos al ver a una chica tender una cama en su misma habitación. Mi nerviosismo disminuyó al ver, sobre una de las mesas, una planchita para el pelo. Sólo las mujeres las usan. Confirmé mis sospechas al llegar Silvia, quien me dijo que todo el dormi de hombres estaba ocupado por mujeres.
El grupo era de jóvenes de no más de veintilargos; ingenierons en sistemas, actores de teatro (lo reconocí enseguida), estudiantes universitarios, deportistas, trabajadores y un larguísimo etc., vinieron para la fiesta. Como la mayoría se despertó a las dos de la tarde (algunos incluso volvieron de bailar, tomaron el desayuno y se fueron a dormir) se hizo una campaña para organizarse y usar la cocina por turnos. Los más jóvenes no le dieron tantas vueltas, se compraron pan de panchos y salchicas y se llenaron la panza con torres de panchos. Cuando me llegó el fin de turno, toda la sala común estaba llena al punto que no había asiento libre, y los helados volaron.
Y eso que es invierno.

domingo, 2 de agosto de 2009

Noche costera

Lo que más me gusta de mi trabajo es que se pueden ver muchas personas diferentes, hablar en otros idiomas y, sobre todo, escucharlos. Hoy, por ejemplo, estaban bajo un mismo techo una pareja de fumadores empedernidos, un abogado divorciándose, un DJ de una provincia vecina y dos muchachos ingleses.
La pareja y el abogado se levantaron antes de las diez, les serví el desayuno y, como se retiraban esa mañana, les hice los recibos y les cobré lo que debían. El abogado era de la Ciudad del Río, mientras que la pareja eran artesanos cordobeses; pero me llamó la atención que tuviesesn la llave de la habitación 5 en vez de la habitación 4, en la que se habían alojado.
Al llegar a la habitación 5, noté que parecía no haber sido tocada. Sospechando, fui a la habitación 4, y apenas abrí diez centímetros la puerta supe que esa era su habitación.
Apestaba a cigarrillo.
Tenemos un cenicero gigante en el hostel, uno que siempre está en la mesa del solar, fuera del edificio. Esta pareja lo había agarrado y se había fumado un paquete entero de cigarrillos, pese a que una de las reglas del hostel es la de no fumar en lugares cerrdos (como las habitaciones, privadas o no) Abrí la ventana y la puerta de la habitación, sin importarme el frío del invierno, y dejé que el aire corriese mientras arreglaba la habitación.
Cuatro horas después, aún no se había ido el olor.
Las siguientes horas fueorn tranquilas: el DJ terminó levantándose a las dos de la tarde, y como estaba medio dormido le serví una taza de café caliente. Me comentó que había venido invitado a un evento en el que había batalla de DJs, pero que cuando se iba para su alojamiento los organizadores le dijeron que se habían olvidadod e reservarle un lugar. Así que llegó a las siete de la mañana al Hostel del Río, donde teníamos lugares disponibles, y durmió como un tronco. Poco después que se levantase, llegó una muchacha que, lo supe enseguida, venía a buscarlo. Su aspecto gritaba "vida nocturna" de lejos: tenía aros de plástico fosforescente, anteojos de sol fosforescentes, collar de cuentas de colores brillantes, remera con brillo y pantalones ajustados.
Casi al final de mi turno se levantaorn los ingleses. Fue una suerte, ya que llegué a pensar que se habían muerto (no daban señales de vida). El DJ (de veinticortos) dijo que estaban vivos, o al menos lo habían estado hasta que se fue del dormi. Fue muy agradable ver la deliciosa vista de una espalda masculina inglesa desnuda tras la ventana al lado de la PC, donde estaba sentada. Me alegré que hubiese dos baños del lado de afuera. Los ingleses no hablaban español muy bien, por lo que nos comunicamos en su idioma natal y se fueorn enseguida.
A ver qué me espera la semana que viene.

martes, 28 de julio de 2009

Ninjas cordobeses

Desde mucho antes de empezar a trabajar, una de mis mayores inquietudes era el cometer un error grave. Uno que no sólo causara daño a quien me empleaba, sino que fuese una mancha que duraría para el resto de mi carrera laboral.
Eso me pasó el domingo.
Me dio tanta vergüenza que sólo ahora puedo sentarme y escribirlo, porque no fue una sola cosa, sino dos, y de las gordas.
La mañana prometía un buen día: cuatro franceses y una alemana se alojaban en los dormis, por lo que me deleité escuchándolos en su idioma natal. Los cuatro franceses se iban esa mañana, y cuando llegué, uno de ellos se estaba dando una ducha. Su habitación, lejos de lo que se pudiese pensar sin concer bien su cultura, olía a colonia y estaba tan limpia que parecía casi recién barrida. La alemana, que se alojaba el el dormi de mujeres, era una señora entrada en sus cuarenta y largos, amable y tranquila. Desayunó con cuatro tazas de café con leche y salió a comprar su almuerzo al supermercado que tenemos cerca. Sólo quedaban en el hostel un par de chicos de Córdoba de veinticortos, un hombre mayor porteño con sus hijos adolescentes y un par de docentes mendocinas, cada grupo en una habitación privada. Los cordobeses salieron poco después de las diez de la mañana.
Y no volvieron.
En ese momento no sabía lo que había pasado, y no tuve tiempo para averiguarlo entonces, ya que me llamaron dos personas que preguntaron si había habitaciones dobles libres. No sé por qué extraño motivo les dije que sí, sin consultar la planilla. Y ese fue el primer gran error.
Cuando llegaron, los guié hasta la primera habitación, pero al abrirla me di cuenta que estaba ocupada por las mendocinas, quienes habían salido poco antes. Avergonzada, les pedí disculpas a la pareja (que estaba en los cuarenta y tantos) y los llevé a la otra habitación, que no sólo estaba ocupada sino que estaba la pareja adentro, acostados en la cama. Sin poder mirar a la cara a los recién llegados, le pedí mil disculpas y les dije que la habitación que quedaba no estaba lista, ya que los acupantes anteriores se acababan de ir (el padre con sus dos hjios se había retirado cinco minutos antes). La mujer me preguntó cuándo podrían volver, y yo les dije que en una media hora la habitción estaría lista.
No volvieron.
Avergonzadísima, les pedí disculpas a la pareja de la habitación que había abierto sin su permiso. Se rieron y se olvidaron del tema enseguida, pero yo sabía que la pareja de cuarenta y tantos no iba a volver. Suspirando, decidí cumplir con mis deberes en la habitación de los cordobeses, y allí me llevé la segunda gran sorpresa del día.
No estaba su equipaje.
Habían tomado una de las habitaciones más caras, la de más arriba y con la mejor vista. Me habían dejado la llave, como correspondía cada vez que salían, pero como no llevaban su equipaje a cuestas, pensé que volverían. Pero no me llamó la atención que primero saliese uno de ellos y, después, el otro. Según me comentó Silvia, una de las vecinas de enfrente había llamado para avisarle que estaban tirando mochilas por la ventana.
El monto total, entre la habitación, las toallas y lo que habían comsunido de la heladera, ascendía a más de trescientos pesos. Se habían escapado como ninjas; silenciosos y efectivos, cuando nos dimos cuenta de lo que había pasado, era tarde y ya estaban lejos. Me sentí tan mortificada que pensé que ese iba a ser mi último día en el hostel.
Silvia comprendió.
Nunca había visto semejante despliegue, y avisó a otros hosteles locales y en ciudades cercanas. Y resultó que no era la primera vez que pasaba.
Al menos, el mal trago ya pasó.

domingo, 19 de julio de 2009

El equipo de las chicas

Desde que empecé a trabajar en el hostel he visto muchas personas ir y venir. Gente del país, del continente o del mundo. Mi círculo de amistades, que si bien es reducido es uno muy bueno, han escuchado varias anécdotas, algunas de las cuales he puesto aquí.
Y aquí va otra.
Hace unos días, mientras caminaba con un amigo, le comenté que me habían ofrecido el turno de la noche del jueves al viernes. Pese a que Silvia me dijo que estuviese tranquila, que sólo había un grupo de veinte jugadoras de básquet, me rehusé. Mi amigo me miró con una cara que conozco bien y me preguntó si no podía ir él a hacer el turno.
Cuando llegué al hostel, empecé a reírme.
El equipo en cuestión era una veintena de mujeres de cuarenta a sesenta años, que venían por un torneo de básquet de mayores. Como se habían quedado jugando a las cartas hasta las seis y media, se tomaron un café bien cargado antes de salir a jugar el partido que les tocaba, a las once de la mañana. Eran de Tucumán, un grupo amable, tranquilo y simpático de señoras, que a primera vista no parecían atléticas, o quizás fuese por las capas de ropa que se usan en invierno. Pero cuando las ví con su equipo deportivo mi opinión cambió. Y si me quedaba alguna duda, volvieron victoriosas y contentas cuando estaba por terminar mi turno.
El grupo era amable y considerado: en vez de tirar la basura al piso, usaban las bolsas del supermercado en el que compraban su comida, cada una lavó todo lo que usó en el desayuno y hasta nos dejaron unas empanadas tucumanas de dulce de batata.
Me reí mucho cuando le comenté sobre el equipo de las chicas a mi amigo.

domingo, 12 de julio de 2009

De a poco

La paranoia empezó, de a poco, a ceder paso al sentido común. Prueba de ello es que hoy hubo dos personas de Tucumán en el hostel, y dos muchachas llamaron pidiendo reservas.
La parejita de tucumanos era tranquila, desayunaron sin prisas y se fueron a visitar a unos familiares, dejando el equipaje en la cochera (el equipaje lo pueden dejar sin costo).
El mcuhacho era tranquilo al punto que tuve que mirar si todavía estaba sentado a la mesa donde tomaban el desayuno (dicho mueble está a cinco metros, sin obstáculos pra la vista). Se quedó muy quieto por más de medio minuto, y entonces volvió a moverse, como si se acordase que podía. Me dio la impresión de un cura novato, de ésos que creen que la iglesia es tan santa como quieren hacernos creer. Me cayó simpático de entrada, aunque sólo intercambiamos diez palabras.
La muchacha, en cambio, sonreía más (además de ser más de veinte centímetros más baja que su pareja) y parecía tener algo de artista. Pidió que le hiciese la factura a su nombre y salieron poco después.
Limpié y preparé la habitación, repasé la cocina y el comedor, y entonces esperé.
Pasaron horas y horas, pasó mi almuerzo, pasé la escoba por el patio (justo cuando barría la última hojita un viento traidor dejó caer las hojas de ficus que faltaban, así que barrí de nuevo), y pasó el gato del hostel.
Este gato, si bien no es "oficialmente" del hostel, se ha pasado varias veces por la puerta ventanal que da al solar, a la parrilla y al patio trasero. La primera vez que lo ví me gustó, por lo que siempre que aparece le doy pan o lo que tenga a mano (hoy, además, se comió unas tostadas) No hay ni rastros de collar, y con ver su pelaje se nota que es un gato de la calle. A veces se pasea frente a la puerta ventanal, del lado de afuera, mientras estoy en la PC, y le doy algo de comida.
Hoy me dio un susto. Acababa de barrer por segunda vez las hojas del ficus y del gomero, cuando escucho unos ladridos y un maullido, seguido de una conmoción que hace caer hojas del gomero y mueve varias ramas. Al salir, escoba en mano, veo al gato subido al gomero, a diez metros de altura. Por supuesto, no me respondió que hacía por ahí, pero al verlo sano y salvo me alivié.
Al volver a entrar sonó el teléfono, pero no el fijo, sino el celular. Y no era una llamada, sino un mensaje: unas chicas de Formosa se vienen a la tarde. Después llamó otra muchacha diciendo que iba a quedarse un buen tiempo, y que tenía un trato especial con Silvia. Le dije que ella no estaba, y como no quiso dejar un mensaje, le sugerí que la llamase a su celular, después de las cinco.
De a poco, de a poco, la vida continúa.

sábado, 4 de julio de 2009

Gracias, Cristina

Hoy me llamó Silvia:
Ella: "No vengas mañana al hostel. No hay nadie"
Yo: "Se lo tenemos que agradecer a Cristina"
Ella "Sí, con un monumento"

Dos semanas de aislamiento social es coherente por la gripe A.
Dictarlas después de las elecciones, y que haya cien veces más casos de lo que decían los datos oficiales, no es coherencia.
Es genocidio.

domingo, 28 de junio de 2009

Elecciones

Hoy hay elecciones, y se sienten.
Cuando fui a votar, a la salida del trabajo, había poca gente votando. En el hostel había una pareja joven con su hijo de cinco años, que estaba calculando a dónde tenían que irse para tener 500 kilómetros de distancia entre ellos y el lugar donde votaban. El fraude o los candidatos es lo de menos: la certeza que se ocultan datos sobre la gripe a es fuerte.
Los inquilinos se quedan un día más, y como eran los únicos, lo único que tuve que hacer fue tender sus camas y barrer tres veces la hojas del patio. Me la pasé la mayoría del tiempo frente a la PC, y nadie puede decir que desuidé mis obligaciones.
Creo que las semanas siguientes van a ser muuuuy tranquilas.

PD: un par de días después de las elecciones, salió a la luz que no había mil quinientos casos de infectados, sino más de trescientos mil. Antes decían que había cuerenta y cuatro muertos, ahora ni hablan. Por lo que por dos semanas se clausuran eventos que reunan a mucha gente en espacios cerrados.

domingo, 21 de junio de 2009

Y todo por la leche

El grupo de españolas siguen en el hostel, pero al parecer algo les han dicho, ya que el desorden, si bien en grande, dista de ser lo que llegó a ser. Además, como todos los inquilinos restantes ya se retiraron (vinieron otras tres españolas, una pareja y otra muchacha que venía aparte, además de un muchacho de la capital de una provincia vecina) había poco por hacer hoy.
Pero, según me contó Silvia, el jueves transcurrió la siguiente escena entre ella y la española nueva:
Chica: ¿Dónde están mi pan y mi leche?
Silvia: ¿Dónde estaban?
C: En tal y tal lugar.
S: Esos no eran tu pan y tu leche. Son del hostel, y los usamos para preparar el desayuno.
C: ¡Son míos!
S: Acá contamos todo lo que tenemos y todo lo que nos falta. Y, desde que guardamos la leche en la heladera con candado y el pan en otro lugar, han dejado de desaparecer.
C: (Silencio)
Por otra parte, la pareja de españoles que vinieron son un mundo diferente. Quizás por ser de Zaragoza, quizás por ser más maduros que el grupo de chicas y chico de su mismo país (pero de Barcelona y Cataluña) han demostrado ser unos ejemplos de inquilinos. Lo que más noté fue que hablaban acentuando más la zeta que los de Barcelona o Cataluña, y que les gustaba el mate más que a los daneses.
En principio se iban a ir hoy, pero al final decidieron quedarse un día más. Fueron al supermercado que hay a un par de cuadras, y al volver prendieron un shaumerio en la cocina (el mismo que habían colocado en su dormitorio, según comprobé al cambiar las sábanas) y empezaron a cocinar entre los dos. Al poco rato ya estaban sentados a la mesa, tomando vino y hablando con una compatriota. Lavaron y secaron todo lo que utilizaron, y limpiaron la mesada. Después de comer, volvieron a la PC.
Por motivos que comprendo muy bien, cuando viene una persona de otro continente, se la pasan pegados a la PC. A veces no la dejan libre ni siquiera para comer, ya que algunos se sientan con la taza de café al lado, o se turnan. Con un grupo de españolas y español de veinticortos, es fácil imaginar lo que sucedería.
Por otro lado, al ir a tender la cama del chico de la provincia vecina, noté que era muy ordenado. Al descubrir una partitura sobre su mesa de luz confirmé lo que sospechaba: era músico. Tenía un aire de artista, pero no de pintor, sino que emanaba cierta aura conocida. Era tímido y amable, y se puso algo nervioso cuando le pregunté por las partituras. Es sencillo para mí imaginarme cómo fue este muchacho en su infancia y adolescencia, y por eso me agradó de entrada. Hasta dejó las sábanas usadas dobladitas, junto con las frazadas y el cubrecama.
Si todos los inquilinos fuesen como estos tres, nuestro trabajo sería una fiesta.

domingo, 14 de junio de 2009

Nueve chicas españolas y un español

En los noventa y, en especial, después de la crisis del 2001, España fue unos de los destinos más codiciados por aquellos argentinos que buscaban un mejor futuro en otros países. Y si bien estoy lejos de ser de esa clase de personas, siempre me causó curiosidad el cómo era la gente de otros países, por ejemplo, España.
La semana pasada no tuvo nada en especial, por lo que no valía la pena una entrada: al ser fin de semana largo, la mayoría de los inquilimos durmieron toda la mañana y se despertaron a la tarde. Esta vez pasó lo mismo, pero condimentado por otras cositas.
Para empezar, como había gente que no salió de parranda, tuvimos que servir el desayuno varias veces. Y fue al abrir la heladera que Silvia (quien siempre viene a echar una mano para hacer el desayuno) se llevó una desagradable sorpresa. Y no es que esperáramos una heladera ordenada, con diez chicas (un chico incluido) españolas, ninguna mayor de veinticinco, pero hay ciertas reglas en los hosteles que hay que cumplir.
Como, por ejemplo, no consumir lo que no es tuyo.
La leche, la margarina y la mermelada son propiedad del hostel, ya que nosotras las compramos y con eso hacemos el desayuno, pero alguien había dispuesto de la leche como propia. Al descubrir un paquete de cacao en polvo en las estanterías donde se ponen los alimentos no perecederos, descubrimos parte del misterio. Así que, después de preparar el desayuno, Silvia guardó la leche en la heladera con candado, donde guardamos todos los alimentos para vender que tenemos en el hostel. Duro pero justo.
Luego del desayuno (en el que Silvia fue a comprar corriendo lo que faltaba) empezamos a limpiar la heladera: había unos puñados de arroz y fideos en boles grandísimos (quizás para no tener que lavarlos) que ya tenían una semana y pico.
Ah, las españolas se levantaron a las tres de la tarde, y llamaron por teléfono a Pedro, quien las había invitado a un partido de fútbol. Pero como no llegaba, las chicas lo llamaron, y ahí se enteraron de lo que pasó: al aprecer, la noche anterior había salidod e fiesta, y seis borrachos lo agarraron a trompadas y patadas. Terminó en el hospital con diez puntos en la cabeza, pero al menos está estable.

domingo, 7 de junio de 2009

El sábado pasó sin pena ni gloria.
Hasta la hora de mi salida.
De golpe y porrazo, aparecieron dos neozelandeses (una chica y un chico) en el hostel. Yo ya me iba, pero igual me quedé a hacerles las fichas. Hablaban inglés y, como soy la que mejor lo habla de todo el hostel, les indiqué cómo funcionaba el lugar.
Tomé el colectivo tarde, pero valió la pena.
A la mañana siguiente, cerca de treinta personas se sentaron, en tres tandas, a desayunar. Además de los neozelandeses había una delegación de mayores fanáticos del modelismo en miniatura, por lo que fue uno de los días más agitados en el desayuno. Todos se reían y flotaba en el aire la alegría general. Fue una pena que la mayoría se fuese después, ya que el resto del día transcurrió tan aburrido como el anterior.
De nuevo, hasta la hora de mi salida.
Los neozelandeses hablaban en inglés, por lo que no tuve problemas en comunicarme con ellos, y llegaron sin aviso dos daneses. Escucharlos hablar en su lengua natal era como estar viendo una película en Europa Europa o Eurochannel, pero sin los subtítulos. Eran dos rubios albinos altísimos, a los que no vi sonreír ni una vez, pese a que se estaban dando una vuelta por Europa, Asia y Sudamérica. Y no pisaron Japón, por desgracia.
Me fui encantada a casa.

domingo, 31 de mayo de 2009

De Asia con amor

Pesqué un resfriado.
No fui al trabajo.
Silvia me dijo que vinieron al Hostel una china y un japonés.









¡¡¡Maldito resfriado!!!

lunes, 25 de mayo de 2009

El español, la francesa, y la novia hippie de Fito Páez

Una de las cosas por las que tomé este trabajo es por la cantidad de gente variada que viene al hostel. No un montón de gente de un grupo determinado, sino un popurri de personas. De otras provincias y, en especial, de otros países.
Uno de los requisitos para trabajar en un hostel es dominar el inglés. Y hoy, al enterarme que entre los huéspedes teníamos a un español y una francesa que venían viajando juntos, me emocioné. Después del desayuno me puse a hablar con ellos, y como la chica no hababa bien el castellano y yo con suerte sé unas dos palabras en francés, hablamos e inglés.
Resulta que esta muchacha se vino a la Argentina porque en su Francia natal no encontraba trabajo, así que se dijo "¿Por qué no?" y se subió al avión. Al parecer, mal no le fue, ya que en este país los inmigrantes europeos son bienvenidos, y más si vienen de países como España, Francia, Italia, Alemania o Inglaterra.
La chica debía tener unos veintilargos, como el español, pero a diferencia de él, no era una estudiante de ingeniería acústica. El muchacho me dijo que estudiaba esa carrera, y que sus conocimientos se utilizaban en los cines, teatros y boliches (para dar uns ejemplos) para aprovechar al máximo la potencia del sonido.
Ambos parecían muy simpáticos y querían seguir viaje a una ciudad vecina, en otra provincia, separada por el río que le da nombre al hostel. Preguntaron cómo podían ir a la terminal, pero yo les avisé que a una cuadra y media había una parada del colectivo que iba a dicha ciudad. Salieron a dar una última vueltita por la ciudad (el muchacho me dijo que, si apareciese allí de repente, pensaría que estaba en España, ya que la arquitectura es muy española) y, una media hora después, acalorados por el veranito que nos perseguía aún a un mes del invierno, volvieron al hostel, diciéndome que estaba todo cerrado. Creo que nadie les había avisado que era feriado nacional (veinticinco de Mayo), por lo que había poco y nada abierto. Fue una suerte que la noche anterior unos cordobeses hubiesen dejado varias botellas de gaseosa en el hostel (si no se las llevaban quedaban para el personal) y que yo ya hubiese vaciado mi botellita de jugo de mi almuerzo. Les llené la botellita con gaseosa fría y se fueron contentos.
Los que no se fueron contentos fue una pareja joven. No averigüé sus nombres, pero el muchacho era la viva imagen de Fito Páez, y la chica era una hippie declarada. Según me contó Silvia (y algo escuché mientras cambiaba las sábanas) no tenían plata para pagar el último día que se habían quedado, por lo que dejaron el documento de la chica y prometieorn volver después con la plata. No me extrañó que no fuese el del muchacho, ya que me enteré que distaba de ser una persona considerada: ni siquiera agradecía cuando se le abría la puerta (con llave) y hasta manipuló el módem con el que nos conectamos a Internet. Servicio incluido en el precio de la estadía, pero no al punto de poder ser manipulado por un huésped de esa forma, trabaja en Internet o no. Por medio día no tuvimos servicio, y eso fue la punta del témpano, según supe después.
Al poco tiempo, llegaron unos cinco o seis chicos de catorce años con un mayor. Eran un equipo de hockey con su entrenador que venían a disputar un partido. Se quedaban cinco días, más si ganaban, pero yo supe que no iban a llegar muy lejos.
En el equipo había un chico de procedencia española, y lo molestaban mucho. Me recordó a cierta muchachita que soñaba con el día que proyectasen en su pueblo natal la versión cinematográfica de una de sus obras, y recordé la película "Bang, bang, hombre muerto". Si tenían esa unidad de equipo, ¿cómo iban a ganar? Casi se lo digo cuando se subieron a la camioneta que los llevaba al partido, pero el muchacho que venía a relevarme me advirtió que eso les entra por un oído y les sale por el otro. No me extrañó.
Silvia me dijo que no voy a tener un día más ocupado que ayer.
Menos mal, porque nos la pasamos a los saltos contrarreloj.

domingo, 24 de mayo de 2009

Asado con papas fritas

El domingo pasado, me dijo Silvia, había sido muy inusual por lo tranquilo. Y, al llegar hoy al Hostel Del Río, entendí lo que me quiso decir.
En la cocina me encontré con el hijo de Silvia, quien tenía el turno del sábado a la noche hasta la mañana del domingo, y había dos rosarinos sentados en el piso. Estaban borrachos y se la pasaron hablando de la relatividad del ser, del tiempo y de mil cosas más, hasta que uno me propuso casamiento.
Cuando Silvia me dijo que los rosarinos tienen esa forma de ser, tirarle flores a toda fémina, no pensé que llegasen a tanto.
Ni siquiera borrachos.
Después de un rato, se fueron a dormir y hubo calma. Una hora después empezaron a despertarse los primeros huéspedes, y comenzó todo el trajín del desyuno. Llegaron a reunirse hasta diez personas en la mesa del patio, y eso que se despertaban en tandas: algunos desayunaron a las nueve, otros a las diez, y los rosarinos a las once. Un equipo de rugbiers se levantó casi completo, después de una fiesta con asado que habían hecho en el quincho del hostel. Luego, la mayoría se fue a pasear por la ciudad, y recibí una llamada de otro hostel. Unos cordobeses iban a ir y necesitaban una habitación doble: corrieron con suerte, ya que sólo quedaba una sola en todo el edificio.
Lo que no me gustó fue que unas horas después llamase un hombre, con un acento extranjero notorio, y preguntase si había habitaciones privadas libres. Y fueron los extranjeros la razón por la cual tomé este trabajo. Me dolió el negarle el hospedaje, pero no teníamos lugar: y no sólo por él, sino porque todos los demás hosteles de la ciudad estaban ocupados hasta el techo. Fin de semana largo, por supuesto.
Y eso no fue nada.
Cuando al fin el grupo de los rugbiers (todos del interior de la provincia) se despertaron, Silvia vino a ayudarme. Y necesité toda la ayuda posible, ya que el desastre que dejaron fue de antología.
Lo de ver camas destendidas es comprensible.
Lo que no es comprensible para nada es ver calzoncillos olvidados, pantalones, encendedores, cajas de cigarrillos vacías tiradas por el piso, y, lo mejor de todo, un montón de papas fritas de paquete tiradas en el piso, como si se les hiubiese caído la mayoría y utilizacen el resto para hacer guerre de comida.
Pensaba almorzar a meidodía.
Incluso con la ayuda de Silvia, terminé a la una y media.
Tuve que tender sola las diez camas, ya que Silvia tenía que irse a hacer otras cosas, y al final estaba cansada y casi sin hambre, pero igual me senté a comer mi almuerzo. Comida, bebida y postre, en la mesa de vidrio del comedor, frente al gigantesco televisor con pantalla plana. Lo pensé sólo un poco y prendí el televisor, y justo enganché una película de esas que me gustan. Después de limpiar y guardar todo, me senté en uno de los sillones y miré televisión por un buen rato, hasta que llegó la mitad del grupo de cordobeses.
Llegaron casi sobre mi hora de salida, por lo que pensé que era Silvia. Pero resultaron ser un grupo de cuatro cordobeses ecléctico, de esos grupos raros que me gustan. Los hice pasar, diciéndoles cómo funcionaba el hostel, y enseguida se prendieron a laPC con Internet gratis. Después, dos se pusieron a ver carreras de autos, por lo que ya se habían instalado y estaban cómodos. Recordé el desastre que habían dejado los rugbiers, y mientras escuchaba el acento cordobés de los muchachos pensé que todo el esfuerzo había valido la pena.
Lo que no me terminó de gustar fue saber que iban a hacer asado a la noche.
Espero que no les guste el rugby.

viernes, 22 de mayo de 2009

Primer día

Primer día de trabajo, día domingo, el más raro para comenzar.
El levantarme temprano para llegar a las ocho de la mañana no es problema, aunque viva a media hora en colectivo del centro, donde está el hostel. Lo que de verdad me costó fue no salir con un garrote a romperle el estéreo a mi vecino, quien nos obsequió con música variada desde las doce de la noche del sábado hasta la una. Cuando me niegan un derecho tan elemental como el poder dormir en mi casa sin molestias externas, me pongo furiosa, y si no hubiesen cortado la música de seguro hubiese hecho algo (y no sé si me hubiese arrepentido después)
Al llegar me encontré con el hijo de Silvia, cuyo nombre no recuerdo, quien había hecho el turno del sábado a la noche, junto con Silvia y el marido de ella. Si bien el día anterior, sábado, fui a la mañana a ver a Mariana (quien tiene ese turno) para que me mostrase dónde estaba todo, un repaso más profundo no venía nada mal. Lo que más me costó fue el aprender cómo funcionaba la cafetera (me llevó minuto y medio, ya que nunca había usado una) y luego de unas cuantas explicaciones más, me dejaron tras el escritorio.
Soy empleadao del Hostel Del Río.
Atiendo llamadas, anoto cuentas y cobro a los huéspedes, además de de brindarles toda la información que pueda a y mantener limpio el lugar. La mañana transcurrío tranquila, ya que había sólo dos habitaicones ocupadas: la triple (donde se hospedaban una pareja y su hijita de dos años) y la doble (ocupada por una pareja de no más de veintipico) Lo único que tuve que limpiar ese día fueron unas migas que habían quedado en el piso del comedor. La pareja joven se quedaba un día más, y lo único que tuve que hacer fue cobrarle a la pareja con la nena. Y ahí fue donde sucedió EL problema del día: no sabía cómo abrir la reja de la cochera. Menos mal que esta gente era comprensiva, ya que me ayudó hasta que encontré el botón para abrir y cerrar la puerta.
Luego, vino Silvia a media mañana. De entrada me cayó simpática, y más al saber por qué llevaba el hostel. Le habían dicho que no podría hacerlo, y ella dijo que en X tiempo habría tres hosteles en la ciudad. Hasta ahora hay dos. Por eso no me molestó para nada el ayudar con algunas cosas de su mudanza, ya que estaba trasladando su oficina a una habitación del hostel, con vista a la calle. Había otros dos muchachos allí, Pedro y Jorge, quienes ayudaron con la mudanza, y acomodamos todo como pudimos, en especial porque no cabía todo lo que Silvia tenía en su oficina.
Al mediodía preparé mi comida y me senté en la emsa del comedor. Jorge estaba mirando un partido de tenis en la pantalla plana de la sala-comedor, junto con el marido de Silvia. Después de esperar los tres minutos de rigor apra el ramen instantáneo, empecé a comer despacio y mirando la pantalla sin muchas ganas. Luego comí un par de pedazos de torta que había llevado, junto con la botellita de jugo que me habíapreparado la noche anterior. Comoe s de suponer, limpié todo lo que había usado antes de volver al trabajo.
Mi primer día terminó a las dos de la tarde. Me llevé mi platita en el bolsillo y una excelente impresión del Hostel Del Río. Y en el transcurso de la semana siguiente, Silvia me preguntó si podría ir los lunes también, en el mismo horario.
Y así empezó la aventura.

Cómo comenzó todo

Hace cosa de un mes, estaba la que escribe caminando por una calle cercana a la peatonal, cuando escuché algo que me hizo parar en seco. Escuché hablar a una pareja en un idioma que no conocía, y los vi entrar en un local que nunca había visto antes: Hostel Del Río. Entré movida por la curiosidad, y me enteré de qué se trataba: un "hotel" más parecido a una casa, donde se pagaba la noche a precios mucho más económicos que los hoteles tradicionales.
Pregunté qué se necesitaba para trabajar allí.
Unos días después, llevé mi currículum a la oficina de Silvia, la dueña del hostel, y empecé a trabajar un par de días después. El horario no era el más común (domingo de ocho de la mañana a cuatro de la tarde) ni el sueldo alto, pero yo quería hacer ese trabajo. Me había enterado que esa pareja de muchachos eran australianos, y yo siempre adoré la variedad humana, en especial por haber crecido en un pueblo del interior en donde casi todos eran copias unos de los otros.
Por eso empecé a trabajar en el Hostel del Río.