Apenas me enteré que teníamos el Hostel casi lleno, empecé a pensar en cómo iba a hacer con todo el trabajo que se me venía encima. Empecé por lo básico: controlé la caja y el inventario, tendí la mesa y empecé a preparar el desayuno.
Dos o tres familias completas (hijas, padres y abuelas) vinieron desde Uruguay para hacer un tour por la ciudad y las cercanías. Por algún extraño motivo, no teníamos Internet, por lo que se echaron en el sofá y los sillones a ver televisión hasta que se hiciera hora de salir de nuevo. Las muchachas habían intentado salir de noche, pero sus padres le habían dicho al encargado que no les daban permiso, por lo que se vieron frustradas y con mala cara apenas amanecieron, deambulando de un lado al otro buscando un baño libre (de los cuatro que tenemos)
Por suerte, se despertaron por tandas, por lo que pudimos acomodar a los treinta inquilinos en la mesa del desayuno por turnos. Mientras tanto, yo iba de aqíapra allá tendiendo camas y atendiendo pedidos de la mesa, preguntando si querían té, café o amte cocido o si necesitaban algo más. Por suerte, se quedaban un par de díasmás, por lo que no tuve que cambiar treinta camas, sólo tenderlas.
Como es costumbre, a las dos de la tarde no se veía un alma en el Hostel, ya que por lo general los inquilinos salen a comer y, después se iban a una excursión. Como ya había hecho todo lo que tenía que hacer, me puse a leer el libro que siempre llevo al trabajo, con las tarjetas de colectivo adentro (para que las resguarde, y me sirve para no aburrirme durante la espera y el viaje)
Atendí un par de llamados, que preguntaban por lugares apra el próximo fin de semana alrgo. Y estábamos lenos, por lo que tuvieron que buscarse otro lugar. AL menos, cuanod llegó mi reemplazo, el Hostel estaba limpio y ordenado.
Poco más pasó este día.
domingo, 20 de septiembre de 2009
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