Yo no viví toda mi vida en la ciudad del Río.
Nací aquí, pero por diversas circunstancias del destino terminé cursando desde el jardín de infantes hasta la secundaria en un pueblo de la misma provincia. En ese pueblo viví rodeada de gente que veía la diversidad, la originalidad y el pensamiento propio como un pecado mortal, y cuando dejé atrás la infancia y empecé a pensar por mí misma, me di cuenta que ese lugar no me gustaba. Ayudó mucho el constante rechazo a mis ideas, y a cualquiera que saliese de la mediocridad general, por ejemplo el resto de mi familia. Cada vez que venía a la Ciudad del Río, soñaba con vivir aquí, donde sabía que había seres de mi "especie". Y fue esa una de las razones por las que trabajo en el Hostel del Río: para ver diversidad.
El domingo pasado pedí el día franco, ya que había un evento muy importante para uno de mis abuelos, y quería que toda su familia estuviese presente. Esta semana, la chica que viene los viernes, el sábado y el lunes se fue de viaje, por lo que me dieron el turno a mí. Más trabajo, pero también más dinero y un acercamiento a una semana laboral de cinco días de ocho horas (o sea, iba a tener una idea de lo que es una semana laboral en serio). Casi a mi salida llegó una mujer de la misma profesión de mis padres, del pueblo que tantos malos recuerdos me dio.
Mañana le pregunto si se acuerda de nosotros.
Y, sabiendo lo chusmas que son las personas en los pueblos chicos, le voy a poner al corriente de todos mis progresos. Las desgracias de quienes me hicieron la vida miserable ya las conozco, y voy a saber cómo siguen sus patéticas vidas.
Dulce venganza japonesa...
viernes, 16 de octubre de 2009
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