domingo, 22 de noviembre de 2009

Un viejo conocido

Cuando llegué, me encontré con el Hostel a un tercio de su capacidad, y a todos durmiendo. Al parecer, habían salido algunas de un casamiento y otros de un boliche, por lo que no me sorprendí demasiado cuando llegaron las diez y nadie había despertado para desayunar. Las primeras señales de vida empezaron a las once y cuarto, cuando vi salir del dormi de hombres a un muchacho. Y entonce puse en práctica mis dotes de actriz.
Nunca tuve entrenamiento formal, pero sé disimular muchas cosas. Algunas porque sé que no deberían ser motivo para tratar distinto a una persona (como una discapacidad, por ejemplo, aunque a veces no es tan sencillo acostumbrarme a la primera) y, muy pocas veces, porque sé que es mucho mejor para mí.
Algunas personas olvidan a sus compañeros de clase, pero yo tengo muy presentes las caras, y muchas veces los nombres completos, de muchos de los imbéciles a los que me vi forzada a llamar "compañeros de clase" sólo porque estaban en la misma aula que yo. Había uno especialmente molesto, que esperaba a que yo dijese la respuesta correcta de una pregunta para gritarla más fuerte, y luego decir que él había sido el primero, y que dejase de mentir. Terminó de usar ese método cuando dije una burrada tan grande que sólo él lo diría, ganándose una risa general en el aula y el reto de la maestra, y desde ese momento me dejó en paz. También recuerdo, esta vez con tristeza, a las buenas chicas que me acompañaron durante mi educación escolar, a las que les veía poco futuro, cayendo en las trampas de los imbéciles de los compañeros de clase varones, que de seguro iban a embarazarlas y abandonarlas apenas se aburriesen. Me enteré que muchas siguieron este camino. Y no me sorprendió para nada enterarme que la inmensa mayoría de ellas eran de las que se oponían a que se enseñase salud sexual y reproductiva, por doctores que no fuesen objetores de conciencia. La excusa, por supuesto, era que fomentaba la promiscuidad (todas católicas seguidoras del Papa y que habían tomado comunión y confirmación, por supuesto)
No necesité leer la ficha para reconocer a ese molesto muchacho que tuve que soportar toda la primaria. Pero ni en las más malignas de mis predicciones esperé verlo, a los veintipocos, tan feo, tan estúpido, tan pelado, tan gordo y tan pobre como lo vi.
Parecía un hombre de cuarenta años mal llevados, con el estómago hinchado de cerveza y mala comida, la pelada prematura y el poco pelo que le quedaba empezaba a llenarse de canas. Era un milagro que la ropa que llevaba no se desgarrase por el simple peso de la tela, y como todo equipaje llevaba una bolsa de una de las tiendas de ropa de ese pueblo, llena hasta el tope y a punto de romperse. Hablaba como si no hubiese aprobado tercer grado, tenía varios dientes menos, no sabía sumar bien y, lo mejor de todo, ni siquiera me reconoció. Gracias a la Diosa que mi acento cambió , y mi aspecto también (como muestra, desde que llegué aquí sólo me enfermé una vez en seis años, mientras que en ese pueblo me enfermaba una o dos veces al año, así de feliz estoy en la Ciudad del Río), y ni hablar de la ropa y el pelo. Por un momento me sentí como una de esas modelos que posan desde un poster en una vidriera, frente a un indigente que la mira desde el otro lado del vidrio.
Sentí lástima por él.
Pero igual cumplí con mis obligaciones, y sólo después que cerré la puerta de calle tras él me sentí algo culpable. No porque pensase que no se merecía lo que le había pasado: simplemente siguió el proceso lógico que él mismo se estaba trazando, ayudado en gran parte por su familia. No era mi culpa que estuviese así, pero por lo que había escuchado de su propia boca, había embarazado a dos de mis ex-compañeras, dos chicas buenas y estudiosas que iban a quedar ancladas en ese pueblo por culpa de ese imbécil. Sentí culpa por no haber hecho más por ellas, para hacer que no arruinasen su futuro, repitiendo la misma historia que sus madres y abuelas, hace décadas, en ese pueblo.

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