Como todos los que trabajen en cualquier cosa relacionada con el turismo saben, hay temporadas altas y bajas. Pero, también, a veces hay circunstancias bajo las cuales se reune mucha gente en detemrinado lugar, sin que sea necesariamente temporada alta.
Por ejemplo, este domingo se juntaron un torneo de fútbol infantil, un concurso de baile provincial y un grupo de viaje. El primer grupo era de varones y el coordinador, mas unas parejas de padres con hijos, cordobeses, el segundo eran en su mayoría chicas con un par de maestras, porteñas, y el tercero eran varias familias, un grupo de viaje de uruguayos.
El Hostel del Río estaba lleno a rebosar.
Desde hace casi un mes, hemos tenido que rechazar gente que pedían hospedarse en esos días, ya que no había más lugar ni para poner colchones en el piso (además, el grupo de viaje era cerrado) y las reservas confirmadas tienen prioridad. Por lo que el desayuno fue una romería de turnos para poder acomodar a treinta y cinco personas en una mesa donde caben diez, más algunas que temrinaron en la mesita ratona que está frente a la televisón gigante de pantalla plana, junto a los sillones y el sofá. Silvia, que estaba allí para que el barco no naufragase entre tanto caos, me comentó que había vuelto a pasar.
Habían vuelto a meter colados.
De nuevo tres niños, hijos de quienes habían reservado, y por lo que pude ver (ya que estuve toda la mañana sirviendo desayunos, mientras Silvia hacía otras tareas) comían como desesperados. No parecían, ni de lejos, gente necesitada, y decidí recurrir a un método de investigación que utilizo desde hace tiempo.
Me fijé en sus fichas.
Siempre que afirmo algo, intento tener, al menos, pruebas sólidas para dar fundamento a lo que digo. Ya comenté que tanto el grupo de hombres que hicieron un desastre de los grandes en el dormi de hombres, como el grupo anterior de personas que colaron niños, eran de Córdoba. Y, en las fichas de esta pareja que coló a tres hijos, en la provincia de origen brillaba con tinta azul de la Bic: "Córdoba".
Me alegré de no estar en la piel deSilvia.
No sé cómo hace esa mujer para mantener su casa, la agencia de viajes al lado del Hostel, y el Hostel del Río sin explotar. Parece una de esas Mujeres Maravillas de lo noventa, que hace todo y no muere antes de los cuarenta y cinco. Porque sé que yo no tengo ni el carácter ni la experiencia ni la astucia ni la diplomacia para lidiar con gente que cola nenes, se quiere ir sin pagar y discute hasta el precio de las camas más baratas de toda la ciudad.
El coordinados del equipo de fútbol había pedido un par de camas para los dos choferes, uno de los cuales parecía compartir nuestra odisea de lidiar con pasajeros desubicados. Confirmó algunas de nuestras afirmaciones y añadió otras, y luego se fue a dormir la siesta, ya que a la noche tenía que volver a su provincia con diez adolescentes y un adolescente tardío que resultó ser más molesto que cualquiera de los chicos a los que, en teoría, coordinaba. A las once y media la mayoría se fue a buscar un lugar donde comer, y el chofer pensó que iba a poder dormir tranquilo. Este buen hombre me dio la razón para terminar con un dolor de cabeza.
Quien tenga la mala suerte de saber lo que es estar al frente de un grupo de adolescentes en plena edad del pavo, sabe bien lo ruidosos que son. Cuando volvieron de comer, a las tres de la tarde, se sentaron en el solar a fumar, escuchar música a volumen alto y hablaban a los gritos. Entonces, com mi mejor sonrisa les pedí que por favor no hiciesen tanto ruido, ya que su chofer estaba durmiendo y, visto y considerando que iban a poner su seguridad en las manos de ese hombre por varias horas, iba a ser mucho mejor para ellos el que ese señor estuviese bien descansado.
El ruido bajó cincuenta decibeles.
Después armaron los bolsos y se fueron, ya que volvían a su Buenos Aires querido en pocas horas y querían recorrer la ciudad. Dejaron su equipaje en la cochera y, después de arreglar todas las camas y habitaciones que quedaron vacías, comprobar que no faltase papel highiénico ni toallas secas en los baños, y de revisar otros detalles, me senté a esperar a Mariana, mi reemplazo.
Cuando llegó, después que la puse al corriente de todo lo que pasaba por el Hostel, siguió un diálogo más o menos así:
-Mariana, no sabés cuánto agradezco que estés de vuelta- empecé.
-¿Ah sí?- me miró -¿Por qué?-
-Porque el domingo anterior me tocaba esperar a Pedro, y el muy desgraciado no vino. Tuve que llamar a Silvia al final porque tenía que irme y me estaba esperando una amiga en la puerta para irnos, y teníamos un horario-
-Ah, ese-
Algo en su tono me dijo que no era la única a la que le había hecho eso.
-¿Qué pasó con Padro?-
-Ese tipo demora siempre. Fijate que hace unos días me tocaba el turno tarde, y como a las once tenía que venir él y no venía, me tuve que quedar a esperarlo. El muy caradura vino a la una y media de la noche, diciendome que lo disculpase y que ya me podía ir-
-¿Y qué pasó entonces?- pregunté, alucinada por semejante desfachatez. Pero luego agregué -¿Sufrió un imprevisto? ¿Al menos te dijo por qué se había demorado?-
-Le dije que se fuera, que ya me había quedado más de dos horas y media y que ya me quedaba. No le iba regalar laplata de las horas que trabajé cuando él debía haber estado. Y, por lo que le pude oler en el aliento, tenía varias cervezas encima y no aprecía ni arrepentido ni preocupado-
Silencio.
Nos miramos la una a la otra, ella tras el escritorio con la caja revisada en una mano y el cuaderno donde anotamos el dinero que hay en dicha caja al comienzo de cada turno en la otra, y yo parada, con el bolsito listo para irme.
-Creo que es hora de emplear a alguien que cuide mejor su trabajo- dije al fin, y entonces nos despedimos.
domingo, 1 de noviembre de 2009
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