Lo que más me gusta de mi trabajo es que se pueden ver muchas personas diferentes, hablar en otros idiomas y, sobre todo, escucharlos. Hoy, por ejemplo, estaban bajo un mismo techo una pareja de fumadores empedernidos, un abogado divorciándose, un DJ de una provincia vecina y dos muchachos ingleses.
La pareja y el abogado se levantaron antes de las diez, les serví el desayuno y, como se retiraban esa mañana, les hice los recibos y les cobré lo que debían. El abogado era de la Ciudad del Río, mientras que la pareja eran artesanos cordobeses; pero me llamó la atención que tuviesesn la llave de la habitación 5 en vez de la habitación 4, en la que se habían alojado.
Al llegar a la habitación 5, noté que parecía no haber sido tocada. Sospechando, fui a la habitación 4, y apenas abrí diez centímetros la puerta supe que esa era su habitación.
Apestaba a cigarrillo.
Tenemos un cenicero gigante en el hostel, uno que siempre está en la mesa del solar, fuera del edificio. Esta pareja lo había agarrado y se había fumado un paquete entero de cigarrillos, pese a que una de las reglas del hostel es la de no fumar en lugares cerrdos (como las habitaciones, privadas o no) Abrí la ventana y la puerta de la habitación, sin importarme el frío del invierno, y dejé que el aire corriese mientras arreglaba la habitación.
Cuatro horas después, aún no se había ido el olor.
Las siguientes horas fueorn tranquilas: el DJ terminó levantándose a las dos de la tarde, y como estaba medio dormido le serví una taza de café caliente. Me comentó que había venido invitado a un evento en el que había batalla de DJs, pero que cuando se iba para su alojamiento los organizadores le dijeron que se habían olvidadod e reservarle un lugar. Así que llegó a las siete de la mañana al Hostel del Río, donde teníamos lugares disponibles, y durmió como un tronco. Poco después que se levantase, llegó una muchacha que, lo supe enseguida, venía a buscarlo. Su aspecto gritaba "vida nocturna" de lejos: tenía aros de plástico fosforescente, anteojos de sol fosforescentes, collar de cuentas de colores brillantes, remera con brillo y pantalones ajustados.
Casi al final de mi turno se levantaorn los ingleses. Fue una suerte, ya que llegué a pensar que se habían muerto (no daban señales de vida). El DJ (de veinticortos) dijo que estaban vivos, o al menos lo habían estado hasta que se fue del dormi. Fue muy agradable ver la deliciosa vista de una espalda masculina inglesa desnuda tras la ventana al lado de la PC, donde estaba sentada. Me alegré que hubiese dos baños del lado de afuera. Los ingleses no hablaban español muy bien, por lo que nos comunicamos en su idioma natal y se fueorn enseguida.
A ver qué me espera la semana que viene.
domingo, 2 de agosto de 2009
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