La semana pasada los inquilinos se la pasaron durmiendo hasta las tres de la tarde, y luego merodearon como sonámbulos, por lo que poco y nada tengo para contar de la semana pasada. Pero esta semana vinieron una pianista de Mendoza y un abogado de San Juan.
La mujer, de unos cuarenta y cortos, había pasado los últimos veinte años fuera de la provincia, y volvía para reencontrarse con sus ex compañeros de secundaria. El detalle fue que trajo el auto, y había otro entre su vehículo y la puerta del garage. Como es estrecho, no podía salir ni soñando por el costado, así que llamé al chico que estaba antes (la mujer dijo que era de él), pero me dijo que ese auto no era suyo. Fui a ver al sanjuanino, quien estaba acostado pero despierto, y me dijo que tempoco era de él. Estaba empezando a desesperarme cuando llegó Silvia, quien sacó el auto (era de ella, al final) y la pianista siguió su rumbo.
En cambio, el abogado se tomó su tiempo. Tomó la portátil y se instaló en la mesa donde servimos el desayuno, con una taza de café con leche en una mano y el ratón en la otra. Le ofrecí la Pc con internet, peor él rehusó y se puso a revisar su correo en su computadora. Se quedó ahí por horas, sin decir palabra, por lo que aproveché para poner orden en el hostel. Este muchacho se iba a la mañana, por lo que sólo tuve que ordenar una cama de un dormi y la de la habitación de la pianista. Incluso tomándome mi tiempo y barriendo un poco las hojas del patio, demoré poco, por lo que revisé los baños y el hostel en general.
El resto del día transcurrió tranquilo, y cuando llegó mi hora de salida Silvia me puso frente a uno de mis mayores miedos.
Una de las cosas que siempre temí fue el hacer tan mal algo en un trabajo que me hiciese mala fama y me despidieran, o me redujesen el sueldo, lo cual es un detalle menor si lo comparo con la mala fama que me haría. Pero Silvia me aumentó el sueldo, así que me fui tranquila a casa.
Un miedo menos, por ahora.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario