El domingo pasado, me dijo Silvia, había sido muy inusual por lo tranquilo. Y, al llegar hoy al Hostel Del Río, entendí lo que me quiso decir.
En la cocina me encontré con el hijo de Silvia, quien tenía el turno del sábado a la noche hasta la mañana del domingo, y había dos rosarinos sentados en el piso. Estaban borrachos y se la pasaron hablando de la relatividad del ser, del tiempo y de mil cosas más, hasta que uno me propuso casamiento.
Cuando Silvia me dijo que los rosarinos tienen esa forma de ser, tirarle flores a toda fémina, no pensé que llegasen a tanto.
Ni siquiera borrachos.
Después de un rato, se fueron a dormir y hubo calma. Una hora después empezaron a despertarse los primeros huéspedes, y comenzó todo el trajín del desyuno. Llegaron a reunirse hasta diez personas en la mesa del patio, y eso que se despertaban en tandas: algunos desayunaron a las nueve, otros a las diez, y los rosarinos a las once. Un equipo de rugbiers se levantó casi completo, después de una fiesta con asado que habían hecho en el quincho del hostel. Luego, la mayoría se fue a pasear por la ciudad, y recibí una llamada de otro hostel. Unos cordobeses iban a ir y necesitaban una habitación doble: corrieron con suerte, ya que sólo quedaba una sola en todo el edificio.
Lo que no me gustó fue que unas horas después llamase un hombre, con un acento extranjero notorio, y preguntase si había habitaciones privadas libres. Y fueron los extranjeros la razón por la cual tomé este trabajo. Me dolió el negarle el hospedaje, pero no teníamos lugar: y no sólo por él, sino porque todos los demás hosteles de la ciudad estaban ocupados hasta el techo. Fin de semana largo, por supuesto.
Y eso no fue nada.
Cuando al fin el grupo de los rugbiers (todos del interior de la provincia) se despertaron, Silvia vino a ayudarme. Y necesité toda la ayuda posible, ya que el desastre que dejaron fue de antología.
Lo de ver camas destendidas es comprensible.
Lo que no es comprensible para nada es ver calzoncillos olvidados, pantalones, encendedores, cajas de cigarrillos vacías tiradas por el piso, y, lo mejor de todo, un montón de papas fritas de paquete tiradas en el piso, como si se les hiubiese caído la mayoría y utilizacen el resto para hacer guerre de comida.
Pensaba almorzar a meidodía.
Incluso con la ayuda de Silvia, terminé a la una y media.
Tuve que tender sola las diez camas, ya que Silvia tenía que irse a hacer otras cosas, y al final estaba cansada y casi sin hambre, pero igual me senté a comer mi almuerzo. Comida, bebida y postre, en la mesa de vidrio del comedor, frente al gigantesco televisor con pantalla plana. Lo pensé sólo un poco y prendí el televisor, y justo enganché una película de esas que me gustan. Después de limpiar y guardar todo, me senté en uno de los sillones y miré televisión por un buen rato, hasta que llegó la mitad del grupo de cordobeses.
Llegaron casi sobre mi hora de salida, por lo que pensé que era Silvia. Pero resultaron ser un grupo de cuatro cordobeses ecléctico, de esos grupos raros que me gustan. Los hice pasar, diciéndoles cómo funcionaba el hostel, y enseguida se prendieron a laPC con Internet gratis. Después, dos se pusieron a ver carreras de autos, por lo que ya se habían instalado y estaban cómodos. Recordé el desastre que habían dejado los rugbiers, y mientras escuchaba el acento cordobés de los muchachos pensé que todo el esfuerzo había valido la pena.
Lo que no me terminó de gustar fue saber que iban a hacer asado a la noche.
Espero que no les guste el rugby.
domingo, 24 de mayo de 2009
Asado con papas fritas
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