domingo, 7 de junio de 2009

El sábado pasó sin pena ni gloria.
Hasta la hora de mi salida.
De golpe y porrazo, aparecieron dos neozelandeses (una chica y un chico) en el hostel. Yo ya me iba, pero igual me quedé a hacerles las fichas. Hablaban inglés y, como soy la que mejor lo habla de todo el hostel, les indiqué cómo funcionaba el lugar.
Tomé el colectivo tarde, pero valió la pena.
A la mañana siguiente, cerca de treinta personas se sentaron, en tres tandas, a desayunar. Además de los neozelandeses había una delegación de mayores fanáticos del modelismo en miniatura, por lo que fue uno de los días más agitados en el desayuno. Todos se reían y flotaba en el aire la alegría general. Fue una pena que la mayoría se fuese después, ya que el resto del día transcurrió tan aburrido como el anterior.
De nuevo, hasta la hora de mi salida.
Los neozelandeses hablaban en inglés, por lo que no tuve problemas en comunicarme con ellos, y llegaron sin aviso dos daneses. Escucharlos hablar en su lengua natal era como estar viendo una película en Europa Europa o Eurochannel, pero sin los subtítulos. Eran dos rubios albinos altísimos, a los que no vi sonreír ni una vez, pese a que se estaban dando una vuelta por Europa, Asia y Sudamérica. Y no pisaron Japón, por desgracia.
Me fui encantada a casa.

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