Hay días en que el Hostel explota, y en el que se necesita más de una persona para mantener la situación bajo control (en especial, durante el desayuno). Y hay otros en que hay poca gente, o están tan dormidos que nadie asoma ni la nariz.
El día parecía tranquilo. Diez inquilinos, todos argentinos, aunque vinieron un par de mujeres (una de Puerto Rico y la otra de Inglaterra) que estaban de visita y se iban a ir en unos días a Córdoba. Contenta, serví el desayuno a las cuatro chcias que se despertaron, y arreglé las habitaciones de las tres que se fueron del Hostel. Un par de llamados pidiendo reservas, como casi todos los domingos.
Entonces, volvieron las dos mujeres.
Habían ido a la costanera, que estaba inundada por las lluvias torrenciales de los dos días pasados. Negocios cerrados, playas desaparecidas, pocas cosas que hacer y muy poco alentador. Decidieron irse a Córdoba, así que tomaron sus mochilas y siguieron viaje.
El resto del día pasó lento y tranquilo. Al menos, vi a dos porteñas que parecían francesas.
Seba llegó diez minutos antes de las cuatro.
domingo, 7 de febrero de 2010
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