domingo, 31 de enero de 2010

Fin de la sequía

Esta vez, de veinte inquilinos, cuatro eran extranjeros.
Feliz, pude escuchar como un plomero aleman jubilado hablaba en inglés con un par de señoras mayores de Jujuy, y a la mujer mejicana con su hija charlando con el chileno.
Comprobé lo que había sospechado. Los alemanes comen mucho.
Como fuese, esa mañana se fueron la mayoría de las personas alojadas en el Hostel del río (y eso que no pude decirles ni hola a la familia peruana que se habia venido en combi y se fueron antes que yo llegase) pero quedó el chileno y un par de personas mas. Como se fueron en grupos, no fue tan pesada la tarea de arreglar las habitaciones.
Resultó que el chileno se había venido de su país en bicicleta, cruce de los Andes incluidos. Le comenté que había bicicendas en la costanera, y fue entonces que me enteré que en Chile las llamas "ciclosendas".
Nos quedamos hablando un rato más, hasta que se fue a almorzar, y después que yo comiese y limpiase todo, empecé a revisar el Hostel.
Hasta ese momento, todo iba perfecto.
Y fue entonces cuando me fije en las cartas que Silvia habia mencionado, en el corcho del Hostel. Había una carta, dijo, en la que nos agradecían por nuestras atenciones, a mí incluida. Y allí estaba, en efecto, la carta, pero me extraño que estuviese doblada, de forma que tapase parte del texto. Al desdoblarla (la cinta adhesiva estaba vieja) me encontré con una carta que halagaba a todos los miembros del Hostel, pero que decía que no habian percibido hospitalidad de mi parte, que era muy rigida y que mi servicio dejaba mucho que desear.
Al pie estaban los nombres de dos porteñas que yo recordaba muy bien. Hace unos meses, me preguntaron si podían entrar un par de chicos con ellas, y yo les expliqué que el reglamento del Hostel lo prohibía. Cuando se fueron encontré entre lo que habían dejado una cajita de fosforos de un conocido telo de la ciudad, especializado en turistas. Después de eso, pusieron música fuerte cuando había otros inquilinos durmiendo, entre ellos gente grande, y les pedí que bajasen el volumen. Lo subieron, y entonces recurrí a un truco que me enseñó Silvia.
Corté la luz.
Les dije a las chicas que a veces, en las horas de más calor, pasaba eso, y con disimulo desenchufé el grabador cuando no miraban y lo puse en apagado. Dejaban las tazas sucias y la mesa hecha un asco, pese a que les dije, con toda la diplomacia posible, que cada una se lavaba sus cosas. Pidieron descuento y que no les cobrase cosas que habian usado, a lo que me negué. Se fueron ofuscadas, y reaccionaron así. La primera carta con mi nombre como trabajadora del Hostel era una muy mala, escrita por dos maleducadas que pretendían un servicio de cinco estrellas exclusivo por el precio de un Hostel.
Algo que me molesta en Argentina es el *así nomas*. La mitad de quienes trabajan son inoperantes, y les dan mala fama a quienes de verdad trabajan. Esa cultura de la pereza y la falta de respeto se ha extendido al punto que, si alguien comete un error y te cobra de más, o hace algo mal y no lo quiere admitir, esta misma persona se siente ofendida si le reclamas que haga bien el trabajo o que cobre lo que es justo. Estas dos chicas eran de esa clase. Con turistas como esas, la mala fama que tenemos en el exterior tiene fundamento.
Ah, y Seba llegó a tiempo.

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